Kim Lawrence
Estrategia de seducción (2000)
Título Original: The seduction scheme (1999)
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Bianca 1139
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Ben Arden y Rachel French
Argumento:
Rachel se había equivocado con Ben. Había pensado que era un vagabundo
y resultó ser su nuevo jefe. Había creído que era un bromista y resultó ser
tremendamente serio, al menos en una cosa: en su idea de seducirla.
Ben hacía que se sintiera fuera de control. ¿Debería haber aceptado la
petición de matrimonio del sensato Nigel? Así al menos su hija habría
tenido un padre y su vida sería menos inestable… pero también menos
emocionante.
Capítulo 1
El camarero levantó la tapa de la sopera de plata con un ademán ostentoso. Él
sonrió de satisfacción cuando la joven atractiva sofocó un grito de sorpresa.
Rachel estaba sorprendida. Ya sabía que Nigel se iba a declarar aquella noche,
le había dado bastantes pistas, pero no esperaba un gesto tan teatral como aquel. Con
la boca ligeramente abierta se quedó mirando al diamante colocado sobre el cojín de
terciopelo como si pudiera saltar y darle un mordisco en cualquier momento.
Nigel Latimer se inclinó hacia delante plenamente satisfecho de la reacción de
su acompañante y despidió al camarero con una sonrisa de complicidad.
—No muerde —dijo tomándole la mano—. Pruébatelo —la animó—. Dios mío
Rachel, estás temblando.
Rachel siempre permanecía serena y controlada. Él estaba encantado y
sorprendido de que su esfuerzo hubiera causado semejante impacto.
Rachel desvió la mirada del anillo hacia su mano cubierta por la de Nigel.
—Estoy tan impresionada —mintió con voz temblorosa. Él se ofendería si
retiraba la mano.
Había resultado obvio durante semanas que llegaría aquel momento. Había
pensado mucho en ello, pero seguía sin tener la menor idea de qué decir. Vaya un
momento para estar indecisa.
Miró a Nigel, a su atractivo y seguro rostro, a sus facciones bien definidas, al
cabello gris que le daba ese toque distinguido que tan bien funcionaba con sus
pacientes. Todo él hablaba del cirujano competente y exitoso que era. ¿No sería la
excitación en lugar de la preocupación lo que hacía que su estómago sufriera
espasmos? Él esperaba que dijera que sí. Al fin y al cabo era la respuesta a las
plegarias de la mayoría de las mujeres: atractivo, amable y rico. A veces se
preguntaba cómo un hombre así seguía soltero a los cuarenta. Siempre esperaba
mucho de ella y ella sentía como si estuviera actuando para él. Las mujeres perfectas
siempre dicen la palabra justa en el momento apropiado. ¿Cómo reaccionaría si
descubriera sus imperfecciones?
Debía quererla con locura para perseguirla a pesar de la provocación extrema
de su hija Charlotte. ¿Lo quería ella? ¿Importaba? ¿No había cosas más importantes
como el compañerismo y la compatibilidad? Tenía treinta años y ya se le había
pasado la edad de ver cumplidos sus sueños de adolescente.
Cientos de pensamientos atravesaron su mente en un segundo. Sintió una gota
de sudor resbalándose por su espalda mientras intentaba responder lo que debía.
«¿Qué me está pasando?», se preguntó. Las primeras señales de preocupación
empezaron a aparecer en el rostro de Nigel cuando el camarero volvió disculpándose
para anunciar que había una llamada urgente para la señorita French.
El deseo desesperado de un respiro no fue lo único que la hizo levantarse de un
salto. La única persona que sabía que estaba allí era la canguro. «¿Qué le ocurría a
Charlie?», se preguntó alarmada.
Regresó poco después y era obvio que algo no iba bien.
—¿Qué ocurre, cariño? —preguntó Nigel poniéndose inmediatamente a su
lado. Rachel contuvo un sollozo.
—¡Charlie ha desaparecido!
—Ya estás aquí —dijo mientras Benedict Arden se encogía cuando un par de
bracitos se abrazaban a su cazadora de cuero—. ¿Lo ven? Les dije que no me había
perdido.
Ese último comentario iba dirigido a una pareja de mediana edad que lo
estaban examinando con indecisa desaprobación.
Como la mayor parte de sus treinta y cuatro años había tenido un aspecto que
haría que una pareja como aquella lo juzgara de un modo benevolente, Benedict se
permitió sonreír irónicamente al recordar la importancia de la primera impresión
antes de que su mente volviera al tema candente: ¿quién diablos era aquel niño?
—¿Es éste tu padre? —preguntó la mujer con una mezcla de pena y
escepticismo.
—¡Dios mío, no! —respondió Benedict con cierta repugnancia mientras echaba
un paso atrás.
Se sintió aliviado al comprobar que su cartera estaba donde debía, en el bolsillo
de su cazadora de aviador. La había heredado de su abuelo y era la prueba de que
además de los rasgos de aquel hombre a quien no había conocido también había
heredado su constitución.
La cazadora junto con un cabello lo bastante largo como para resultar
problemático además de una barba oscura incipiente le daban un aspecto casi
siniestro. A primera vista, Benedict sería el primero en admitir que no era la clase de
persona que cualquiera esperaría ver abrazando a un niño.
Aquellos brazos delgados se aflojaron y un par de ojos azules lo miraron con
reproche. Al observar aquel rostro delicado Benedict se dio cuenta de que no era un
niño sino una niña vestida con vaqueros y camiseta.
—Es mi hermano —explicó ella sin apartar los ojos azules de su cara—. Mi
hermanastro, mi padre se casó con su madre —se inventó suavizando el asunto.
Arrugó la frente mientras componía mentalmente la historia de su familia—. Su
padre ha muerto.
Benedict parpadeó perplejo. Aquella niña era increíble. Su descaro era digno de
admiración aunque podría estar loca o ser peligrosa o posiblemente ambas cosas.
—Probablemente fue la bebida.
Sintió la suave exhalación de alivio de la niña e inmediatamente se arrepintió de
su frívola respuesta mientras aquellos ojos azules le sonreían con aprobación. Quiso
protestar, lo último que quería hacer era animar a aquella criatura chiflada. Para ella
se había convertido en una especie de cómplice. Había sido tonto por dejar pasar la
oportunidad de negar que la conocía. ¡Pronto rectificaría! Tenía planes. Eso pensó
aunque era poco probable que Sabrina le hubiera esperado, a pesar de sus promesas,
y le había faltado la compañía femenina en la propiedad que su abuela le había
dejado en el campo de Australia.
—¿Cree que es responsable permitir que una niña vaya vagabundeando por la
ciudad a estas horas de la noche?
La mujer torció la boca disgustada mientras lo miraba de arriba abajo. La
expresión del hombre también reflejaba disgusto y prudencia. Mantenía una
distancia de seguridad respecto a aquel personaje de aspecto peligroso.
—No lo es —replicó Benedict con sinceridad. Compartía la opinión de la mujer.
Arrugó los ojos de enfado al pensar en los padres irresponsables que le robaban a los
niños su inocencia dejándolos vagar por las calles solos.
—Sí, bueno… —tartamudeó la mujer mientras se le bajaban los humos tanto
por el brillo de ira en sus ojos oscuros como por su inesperada afirmación.
—Intentaron que me fuera con ellos, Steven —la niña tenía una voz clara y
penetrante. El hombre parecía avergonzado y alarmado—. ¡Mamá dice que no debo
hablar con extraños!
—Solo queríamos llevarla a una comisaría.
Sintió una creciente compasión por aquella pareja de samaritanos. Quería ceder
la responsabilidad de aquella niña a alguien que estuviera más preparado y
dispuesto que él. La broma ya había durado demasiado. Cuando dio un paso hacia
ellos el hombre se echó hacia atrás.
—En fin, bien está lo que bien acaba —concluyó tomando a su mujer más reacia
del brazo con fuerza—. Buenas noches.
La mujer continuó lanzando miradas de sospecha por encima del hombro
mientras se alejaba. Benedict observó cómo se marchaban con consternación.
—Creí que no se iban a ir nunca —aseguró la niña soltándole la mano de
repente—. Has sido muy útil.
Benedict suspiró. La conciencia resultaba incómoda a veces.
—Solo estaban intentando ayudar. Eso es algo encomiable.
—Yo no necesito ayuda.
—La comisaría me parece una buena idea.
Por muy lista que pareciera la niña, no podía dejarla sola en una zona llena de
indeseables. Las siguientes palabras de la niña dejaron claro que le consideraba uno
de ellos.
—La policía les hubiera creído —afirmó señalando en la dirección donde la
pareja había sido engullida por la multitud que se agolpaba en las aceras—. La
policía no creería a alguien como tú. Te elegí porque pareces sucio y malo —le
explicó con franqueza—. Diría que habías intentado secuestrarme y que yo había
gritado muy fuerte. Me creerían, aquel hombre pensó que ibas a pegarlo —terminó
con tono triunfal.
Su razonamiento era perfecto y su serenidad asombrosa. Una mirada al cristal
de un escaparate le confirmó que ella tenía razón.
La reacción de su madre ante el aspecto de su hijo pequeño había sido
retroceder horrorizada. Su padre había sido menos reservado. «Dios mío, se ha
convertido en un indígena» y «Córtate esas greñas» era una selección de los consejos
más moderados que le había dado. La respuesta de su hermana adolescente había
sido menos predecible.
—Te acosarán las mujeres queriendo comprobar si eres un hombre sensible e
incomprendido bajo ese aspecto oscuro y peligroso. Seductoramente siniestro —
había concluido satisfecha de su aliteración.
Esa opinión hecha a tan tierna edad le había parecido preocupante.
Acostumbrado a la atención de las mujeres, ya se había percatado de esa sutil
diferencia desde que había vuelto a casa. Y hablando de precocidad tenía un
problema más inmediato del que preocuparse.
—Si no quieres ir a la comisaría… —intervino él. Quizá ya la conocían allí.
Sintió una punzada de furia ante la injusticia de que el futuro de alguien pudiera ser
tan deprimente y previsible—. ¿Y a tu casa? —sugirió. Dudó que casa significara lo
mismo para aquella niña que para él.
Ella seguía manteniendo la distancia pero su comentario la hizo detenerse.
—El taxista me dijo que no tenía suficiente dinero para llegar a mi casa. Iré
caminando. Quería haber vuelto antes pero… Estaré bien —aseguró mordiéndose el
labio.
A pesar de su aspecto sereno no pudo evitar que le temblara un poco la voz. Él
pensó que quizá no estaba tan de vuelta de todo como pretendía. Probablemente la
pobre cría estaba muerta de miedo.
—Te pagaré el taxi.
—¿Tú? —exclamó haciendo un mohín.
—¿Crees que no puedo hacerlo?
—No voy a entrar en un coche con un extraño.
—Me alegra oír eso. Yo no voy en tu dirección.
—¿Por qué quieres ayudarme?
Buena pregunta. Aquella niña tenía una habilidad desconcertante para ir al
grano.
—Tan joven y tan cínica —dijo y de repente recordó que estaba hablando con
una niña—. Cínica significa…
—Ya sé lo que es. Soy una niña no una idiota.
Él contuvo la necesidad de sonreír en respuesta a la interrupción desdeñosa de
la niña.
—Y yo soy tu ángel de la guarda así que lo tomas o lo dejas.
Hizo parecer que no le importaba un bledo.
—Creo que estás loco pero tengo una rozadura —replicó mirándose a los pies—
. Deportivas nuevas —añadió.
—¡Siga a ese taxi!
Al taxista no le importó obedecer una vez que Benedict le pagó. Hubiera
pagado más sólo para tener la oportunidad de decirle a aquellos malos padres lo que
pensaba de ellos. Algo en aquellos ojos había provocado que su instinto protector
clamara venganza.
El edificio frente al que se detuvo el taxista no estaba en el tipo de barrio que
había esperado. Villas victorianas se alineaban en las calles con un aire de tranquila
opulencia. Observó cómo la niña caminaba hacia la entrada del edificio mientras
salía del taxi.
Ella no le vio hasta que no metió la llave en la cerradura.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Me gustaría hablar con tu padre.
—Yo no tengo padre.
—Entonces con tu madre.
—Ha salido. No volverá hasta muy tarde —afirmó. Abrió la puerta, se coló
dentro como un duende y desapareció cerrando la puerta tras ella—. ¡Su novio le va
a pedir la mano esta noche!
Las últimas palabras quedaron casi ahogadas por el ruido de la puerta al
cerrarse.
La imagen de una mujer despiadada y egoísta tan preocupada por su propio
placer que descuidaba a su hija le indignó. Llamó al timbre no queriendo dejar pasar
la oportunidad de decirle a aquella mujer lo que pensaba de ella.
La canguro había empezado a gritar otra vez al nombrar a la policía.
—¿Policía? ¿De verdad es necesario, Rachel?
Rachel French se giró sobre los talones con los ojos grises llameando de ira.
—¡Necesario! Son las once y media de la noche, Nigel, y mi hija de diez años no
está en la cama ni siquiera en casa o en el edificio. ¡Podría estar en cualquier parte!
Teniendo en cuenta la discusión que habían mantenido Rachel tenía la ligera
sospecha de hacia donde había ido su hija. Saberlo solo incrementó el pánico que
amenazaba con reducirla a una idiota balbuceante. Observó a la canguro que se había
desplomado en el sofá. No podía permitírselo, ¡con una idiota era suficiente! Se hacía
dibujos con las uñas en las manos pero su expresión seguía siendo serena.
—No…no fu…fue culpa mía.
—No he dicho que lo fuera. Charlie es muy… ingeniosa. ¿Has dicho algo Nigel?
—preguntó con frialdad.
—Ingeniosa no es la palabra, se me ocurren otras cuantas…
Los planes frustrados que tan meticulosamente había planeado para aquella
noche le habían alterado haciéndole olvidar su habitual reserva.
—Me encantaría escuchar tu opinión pero en otro momento…
—Rachel, cariño, yo…
—Déjame —replicó con brusquedad mientras se desprendía del brazo protector
que le rodeaba los hombros—. ¿Susan, a qué hora la viste por última vez? No hablo
de oír música en su habitación sino de verla. Sé que estás disgustada pero es muy
importante.
Contuvo el impulso de sacarle la información con violencia y se obligó a
permanecer serena y razonable.
—Necesitamos saber cuánto hace que se marchó.
—No estoy… segura. Estaba repasando… tengo los finales la semana que viene.
Rachel contuvo una réplica mordaz que tenía en la punta de la lengua.
—Se te paga para que cuides de la niña no para que estudies —intervino Nigel.
Esa observación precisa pero a destiempo redujo a la muchacha a un mar de lágrimas
otra vez.
—Nigel, ¿por qué no te callas? —le soltó Rachel. El sonido incesante del timbre
la interrumpió—. ¡Charlie!
—¿Por qué no lo dejas y te marchas? —se la oyó decir. La puerta se abrió—. No
quería que Susan se enterara de que he estado…
—¡Charlie!
—¡Mamá!
La niña dejó de sujetar la puerta y Benedict aprovechó para abrirla. Un grito
surgió del fondo del pasillo. Rachel sujetaba su vestido de noche largo de color
lavanda con una mano y con la otra un teléfono móvil. Los dejó caer y uno se resbaló
por sus piernas y el otro le dio al distinguido caballero de cabello cano directamente
en la nariz.
—Yo a ti te mato, granuja —dijo cariñosamente. Su voz grave y áspera le
provocó una sensación como de dedos moviéndose por la espalda. La mujer había
caído de rodillas y la niña había caminado hacia sus brazos—. ¿Estás bien? ¿Cómo
has podido? —preguntó. Rachel sentía los mismos deseos de regañarla que de
besarla—. No digas nada, está bien —murmuró mientras el cuerpecillo se estremecía
entre sollozos.
Rachel se percató de la presencia del hombre por primera vez. ¡Qué lástima!
Instantáneamente se le ocurrió que era una pena que alguien tan guapo no tuviera ni
un destello de inteligencia en aquellos ojos casi negros de enormes pestañas. Apretó
la cara húmeda de su hija contra su pecho y observó aquel rostro ido. Poca
mandíbula, mirada vidriosa y vacía, él le devolvió la mirada. Seguro que era de
origen latino, aquella piel aceitunada y ese pelo negro no tenían nada de
anglosajones.
—¿Quién es, Charlie?
—Es… Steven. Me trajo a casa. Pensé que estaría de vuelta antes de que
Llegaras. ¿Cómo supiste…?
—Susan nos llamó.
—Susan nunca mira después de que llega John. ¡Qué mala suerte!
—¿John? —preguntó y se giró para mirar a la canguro que estaba temblorosa al
fondo.
—Mi novio. A veces viene a hacerme compañía. Tenía que irse pronto hoy.
Su rostro húmedo por las lágrimas enrojeció al intentar evitar la mirada de
Rachel.
—Qué suerte tenemos de que tuviera algo que hacer.
Rachel se apartó de la cara el mechón de pelo castaño que se le había escapado
del moño y el brillo de ira de sus ojos se difuminó. Podía permitirse ser magnánima
cuando su hija ya había vuelto. Sus dedos se deslizaron por el cabello sedoso y rubio
de Charlie y se relajó aliviada. Podía haber sido peor.
Volvió a mirar al tipo magnífico de la puerta. Un samaritano poco común,
pensó con los ojos llenos de gratitud.
Benedict esperó que su gruñido no se hubiera oído. ¡Qué ojos tan increíbles!
Una piel pálida casi translúcida y unos ojos almendrados hacían pasar por alto que
sus facciones no eran simétricas.
—Lo siento, señorita French. Es que John y yo no podemos vernos mucho.
Ambos trabajamos media jornada para completar la beca y…
La voz cansada de Rachel cortó por lo sano el balbuceo de la joven.
—No pongo ninguna objeción a que te acompañe tu novio, Susan. Pero no
quiero que descuides a Charlie. Ha sido una noche muy larga. Quizá deberías irte a
casa.
—Claro… Iré a buscar mis cosas.
Volvió a prestar atención a su hija advirtiendo signos de cansancio en su
delicado rostro.
—Y bien, señorita, ¿mereció la pena? La regañina y el castigo vendrían más
tarde.
—¿Sabes a dónde he ido?
—No soy adivina, cariño.
La discusión que habían mantenido sobre estar con hordas de fans jovencitas
frente a un local con la esperanza de ver a su grupo favorito llegando a una entrega
de premios había durado varios días. Charlie se había rendido demasiado rápido, eso
debió haberla alertado.
—Había tanta gente que no pude ver nada —confesó Charlie—. El taxista me
cobró de más y había aquella gente molesta…
—Una pequeña aventura —murmuró Rachel. Sabía que no haría ningún bien
reconcomiéndose con lo que podía haber pasado aquella noche pero era difícil
controlar su imaginación.
—¿Es eso todo lo que vas a decir? —preguntó Nigel con incredulidad.
Madre e hija se giraron para mirarlo con idéntico gesto. Aunque se parecían
poco en momentos como aquel su parentesco resultaba evidente. Rachel se enderezó
rodeando a su hija con los brazos, las dos haciendo de modo inconsciente frente
común.
—En este preciso momento, sí —respondió tranquilamente.
—La niña necesita un castigo, necesita saber que lo que hizo estuvo mal.
—¡No es asunto tuyo! —gritó Charlie apartando los brazos de su madre.
Rachel suspiró.
—No está bien que le hables así a Nigel. Estaba muy preocupado por ti.
—¡No lo estaba! Ni siquiera le gusto.
Rachel se estremeció cuando su hija cerró de golpe la puerta del salón.
—Lo siento, Nigel.
Ella advirtió con consternación la mirada cansada de su novio.
Aunque sabía que los comentarios inoportunos de Nigel eran fruto de sus
buenas intenciones, Rachel no podía evitar estar de acuerdo con su hija. Habían
estado las dos solas tanto tiempo que ella misma no podía evitar sentirse molesta a
veces por sus bienintencionados esfuerzos por compartir la responsabilidad.
«¿Quiero compartir esta responsabilidad?».
—¿De verdad? —preguntó y se pasó una mano por el cabello suspirando—. Lo
siento, Rachel —se disculpó—. Es que se suponía que esta noche iba a ser especial…
—No creo que podamos olvidarla —replicó ella—. Quizá sea mejor que
olvidemos que esta noche ha existido.
—¿Estás intentando decirme que no quieres casarte conmigo? —preguntó con
incredulidad.
—Claro que no.
«¿O sí?». Ese pensamiento la hizo sentirse culpable mientras observaba la
expresión dolida de Nigel.
Rachel se adelantó con la intención de besarlo. Se había quitado los zapatos de
tacón y la tela de seda de su vestido se enganchó en un zócalo.
—Maldita sea —murmuró mientras se rasgaba la tela—. Gracias.
Una mano grande y hábil había liberado la tela con una sorprendente
delicadeza. Ella advirtió que a pesar de su aspecto desaliñado las manos parecían
bien cuidadas. Mientras el joven se levantaba sus ojos oscuros la miraron
directamente a la cara. Su sonrisa se tensó ligeramente.
Ella borró mentalmente la etiqueta de tonto pero amable que le había colocado.
Su mirada no tenía nada de tonta ni de amable. Se le empezó a encoger el estómago y
esperó sin aliento a que la sensación parara. Nunca en su vida había estado tan cerca
de un hombre tan claramente masculino. El sonido lejano que zumbaba en sus oídos
se parecía bastante a una señal de alarma.
Aún le estaba agradecida pero su gratitud estaba atemperada por una cierta
precaución. Había inteligencia en aquellos ojos oscuros como la noche y una
seguridad que rozaba la arrogancia y que no asociaría a alguien preocupado por lo
que iba a comer al día siguiente.
Pensándolo bien, no parecía desnutrido, nada más lejos de eso. Sintió una
repentina oleada de calor al examinar su cuerpo musculoso pero delgado y sus
hombros anchos. No importaba cómo fuera vestido porque destacaría entre la
multitud. ¡De eso nada, la multitud se apartaría para dejarlo pasar!
—No sé cómo darle las gracias.
Enfadada porque algo tan insustancial como un muslo bien desarrollado
pudiera distraerla pensó que le había salido una voz muy cursi. «Por favor, Rachel,
¿ese hombre ha salvado a Charlie de vete tú a saber qué peligros y tú te comportas
como una esnob?».
¿Cómo agradecérselo? No debería ni pensarlo pero Benedict no pudo evitar
pensar en la respuesta obvia. Al menos podía volver a pensar otra vez aunque sus
pensamientos fueran demasiado groseros para compartirlos. Ya había sentido lujuria
a primera vista otras veces pero nunca algo que le paralizara el cerebro tanto como
haber puesto los ojos en aquella mujer, Rachel. Le gustó su nombre, le gustó…
—Por las molestias…
Benedict miró los billetes que su novio tenía en la mano y después lo miró a la
cara. Tendría unos cuarenta. ¿Qué había visto en él? Aparte del olor a dinero.
—No quiero su dinero.
Ni se molestó en ocultar su desprecio.
Rachel le dio un codazo a Nigel y le observó de reojo.
—Por favor no se ofenda —se disculpó rápidamente—. Nigel sólo quería…
—Salda la deuda y deshazte de él, baja de categoría al vecindario —comentó
Ben con sarcasmo.
—No, escucha es que…
No le sorprendía que Nigel no pareciera tan seguro como siempre. Aquella
sonrisa tensa y aquella mirada siniestra debilitarían la seguridad de cualquiera.
Rachel dudó que estuviera acostumbrado a que le respondieran con semejante
desprecio.
—¡Nigel! —protestó en un tono que traslucía más irritación que compasión. Se
estaba comportando como si aquella fuera su casa, su hija, su deuda. ¿No se daba
cuenta que había herido el orgullo de aquel hombre? Se conmovió por empatía—.
Quizá sea mejor que nos despidamos ahora. Charlie está…
—¿Me estás pidiendo que me vaya? Muy bien…
—No seas bobo, Nigel.
—Eres muy considerada con sus sentimientos —afirmó. Aquella acusación la
dejó sin aliento—. ¿Y yo qué? Una de las cosas que me gustan de ti es tu actitud
equilibrada, Rachel, pero a veces sería bueno obtener una respuesta que no fuera…
¡Olvídalo! —dijo apretando los labios y lanzando una última mirada al extraño—. Te
llamaré por la mañana, Rachel, y no te olvides que cenamos con los Wilson el martes.
Ponte un vestido un poco menos… —comentó observando con ojo crítico el escote
amplio y bajo de su vestido—. Revelador. Ya sabes lo conservadora que es Margaret.
Una disculpa murió en sus labios mientras Nigel se marchaba. Normalmente
podía ignorar sus comentarios sobre su ropa. Normalmente los expresaba en un tono
tan jocoso y sutil que no podían resultar ofensivos pero aquella vez no fue posible
obviar la crítica.
Miró hacia abajo con el ceño fruncido. Los tirantes finos habían hecho imposible
ponerse un sostén pero el escote no era demasiado amplio… ¡y tampoco había
mucho que lucir! Tiró del bajo del vestido y escudriñó el contorno de sus pechos
firmes.
—¡Maldita sea! —dijo en tono desafiante, dejando que la tela volviera a su sitio.
Intentar complacer a Charlie, intentar complacer a Nigel, estaba cansada de caminar
sobre la cuerda floja. También estaba harta de sentirse culpable constantemente.
La arruga que tenía entre las cejas arqueadas se hizo más profunda y echó la
cabeza hacia atrás mostrando la elegante curva de su maravilloso cuello. Por una
fracción de segundo Benedict se preguntó qué sucedería si la besaba en aquel punto
fascinante donde el pulso latía contra su clavícula. «Gritar, idiota», se respondió
poniendo fin a su estúpida fantasía.
—¿Ha sido culpa mía?
Ella parpadeó y él se dio cuenta de que había olvidado dónde estaba. Su pálido
rostro enrojeció al ser consciente. Lanzó una mirada nerviosa al vestido para
comprobar que seguía donde debía y Benedict apretó los labios.
—Claro que no. De verdad se lo agradezco mucho y me gustaría darle las
gracias sin…
—¿Herir mis sentimientos? —sugirió. Esas palabras la hicieron sonreír y que le
brillaran los ojos.
—¿Cómo podría…?
—Aún no he cenado por traer a Charlie a casa. ¿Qué tal un sándwich? —sugirió
acompañando sus palabras con la sonrisa que había derretido el corazón de las
mujeres desde que tenía cinco años.
¿Invitar a un hombre con ese aspecto a su casa? La cautela inculcada desde la
niñez luchaba contra un profundo sentido de gratitud maternal. Ella asintió casi
imperceptiblemente.
—Sígame.
Ya había probado que se podía confiar en él al traer a Charlie a casa. Parecía
peligroso con el pelo largo y la cara sin afeitar, por no mencionar aquellos seductores
ojos oscuros, pero todo eso era superficial y a Charlie le había advertido muchas
veces que no se debía juzgar por las apariencias. Aún así no podía evitar el pálpito de
duda en la boca del estómago. Era como invitar al lobo a tu casa en lugar de tapiar la
puerta.
Charlie apareció cuando entraron en el salón y a Rachel se le encogió el corazón
cuando advirtió el cansancio de su hija.
—¿Se ha ido? —preguntó cuando vio al hombre alto detrás de su madre—.
¿Qué estás haciendo aquí? —interrogó más curiosa que crítica.
—El señor… Steve tiene hambre.
—Yo también.
—Al baño y a la cama en ese orden —respondió. Para sorpresa de Ben se
encogió de hombros, sonrió y obedeció—. Siéntese —lo invitó Rachel.
Lo hizo y miró a su alrededor sin disimular su curiosidad.
—Bonita casa.
Si era cierto que una habitación reflejaba la personalidad de su propietario, el
precioso exterior de la señorita Rachel French albergaba un interior cálido y nada
pretencioso. Era más cómoda que su propia casa decorada por un diseñador al estilo
retro de los setenta. Estiró las piernas y suspiró satisfecho. Ya era demasiado tarde
para ir a casa de Sabrina de todos modos.
—¿Usted… tiene casa? —preguntó apartando la vista de las manchas de sus
vaqueros. Su imaginación febril había pensado en algún ocupa.
Él la miró a sus ojos grises llenos de preocupación. Ella parecía casi
avergonzada. Obviamente pensó que él estaba comparando su mala suerte con la
fortuna de ella.
—Tengo una casa —respondió. Pareció aliviada y él se sintió como una rata
pero no tanto como para sincerarse—. No tan bonita como esta —admitió con
sinceridad.
—No quería entrometerme pero es que hay tanta gente sin casa…
—¿Es una altruista, Rachel?
Inmediatamente ella fue consciente del modo informal en que pronunciaba su
nombre. Tenía una voz bonita, profunda y agradable, algo más que agradable.
Probablemente le sería muy útil para sus conquistas amorosas.
—Hace que parezca un insulto. Alguna gente se preocupa de verdad —dijo
seriamente—. Sé que tengo suerte y también que la lástima no es un sentimiento muy
constructivo.
—Pero es muy lógico —afirmó él. En algún momento de la conversación los
papeles se habían cambiado. ¿No se suponía que era ella quien debería tranquilizarlo
a él?
—Es un poco tarde para hablar de desigualdad social —comentó con ligereza—.
Le prepararé un sándwich.
De repente sintió la necesidad de huir de aquellos ojos castaños aterciopelados.
—¿La ayudo?
Rachel se asustó de que la siguiera a la pequeña cocina. Su presencia la hacía
incluso más reducida. Fuera cual fuera su situación doméstica su higiene personal
era perfecta. De no ser así lo hubiera notado en un espacio tan diminuto. ¡Gracias a
Dios no se bañaba en colonia para hombres como Nigel! Olía a hombre, pensó
respirando profundamente. De repente la espalda se le quedó rígida. «¿Qué estoy
haciendo?».
—No, está bien. ¿Le gusta el queso? No tengo mucho más, mañana es el día de
la compra.
¡Como si a él le importara! Sabía que estaba farfullando y no podía parar.
Era posible que estuviera acostumbrado al efecto que causaba en las mujeres,
probablemente lo utilizaba. Sabía cómo afectaba a la mente de las mujeres y a su
cuerpo también. De repente imaginó sus dedos largos y sensibles acariciando una
piel pálida y se estremeció.
—El queso está bien. Charlie me dijo que iba a casarse.
Se apoyó con los codos sobre la encimera. Rachel se agachó para recoger el
cuchillo que se le había caído ocultando así sus mejillas sonrojadas. ¿Qué más le
había confesado su hija a aquel extraño?, se preguntó alarmada. La alarma se
acrecentó al darse cuenta de que la piel que había visualizado era la suya. ¡La falta de
comida le estaba afectando al cerebro! Se metió un trozo de queso en la boca
esperando que así se le subiera el nivel de azúcar de la sangre.
—A los niños no se les escapa ni una —afirmó con la seguridad de quien sabe
mucho de niños. Aunque no era así. Su hermana se sentiría insultada si se la
incluyera en esa categoría y su sobrino era un bebé de diecisiete meses al que no
había visto más que dos veces en su corta existencia—. Y no pude evitar oír…
—A Charlie no se le escapa una —aseguró Rachel poniendo el cuchillo en el
fregadero y sacando uno limpio del cajón—. Es muy inteligente, tiene un coeficiente
intelectual que a veces me hace sentir inútil. En ocasiones es fácil olvidar la edad que
tiene.
Había empezado a preguntarse si había sido una buena idea ir a la ciudad para
estar más cerca del colegio especial para niños prodigio. Parecía que Charlie no se
estaba adaptando en absoluto.
—¿Va a casarse? —añadió él.
—No lo sé.
«¿Por qué le he dicho eso?». Quizá porque era una alivio hablar con alguien que
no tuviera un interés creado.
—Debe ser difícil criar a una hija sola —musitó—. Supongo que sería un alivio
encontrar a alguien con el que compartir esa responsabilidad, especialmente si está
forrado…
—No estoy buscando un padre para Charlie ni un bono de comida —replicó
sintiendo que saltaba a la defensiva. ¿Le estaba tomando el pelo o simplemente era
así de grosero?
Ella carraspeó audiblemente y él sonrió disculpándose.
—La falta de comunicación era evidente. Parece que ella no le puede ver ni en
pintura.
Rachel se encontró respondiendo con una sonrisa aunque se sentía un tanto
incómoda por la intimidad a la que estaba llegando la conversación con un completo
extraño.
—Charlie tiene sus propias ideas —admitió—. Pero por mucho que quiera a mi
hija no permito que juzgue a los hombres con los que salgo —explicó. Hombres hacía
que su vida social pareciera mucho más interesante de lo que era. ¿Cuántos había
habido en los últimos diez años? No necesitaba la calculadora—. ¿Mayonesa?
—Sí, por favor.
—Sírvase —dijo deslizando el plato hacia él.
—Gracias —respondió. Sacó uno de los taburetes de debajo de la encimera—.
¿No va a comer?
Se dio cuenta de que solo había dos taburetes no tres. Así que su novio no se
quedaba muy a menudo. Sintió un brote de satisfacción.
Rachel pensó en la cena que nunca llegó a tomar. He perdido el apetito en algún
momento entre la pérdida de mi hija y la discusión con mi novio.
Se miró el dedo y recordó que no llegó a tocar el anillo. Tampoco había dicho
que sí. No creía en el destino pero parecía que alguien le estaba queriendo decir algo.
Quizá aún le quedaba algo de romanticismo para creer que podía casarse con alguien
sin el que no quisiera vivir, alguien cuyo roce la marcara. Un hombre con el que
pudiera compartir sus sueños y sus temores, que la hiciera sentir completa.
¿Es para tanto?
Por una décima de segundo horrible creyó que había hablado en alto. Le costó
otros dos segundos de confusión darse cuenta de que se estaba refiriendo a sus
fantasías y después encontró la conexión con el momento anterior.
—No tengo por costumbre perder a Charlie.
«Qué noche. No me sorprende por qué no puedo concentrarme».
—Me refería a la pelea con su novio que ya no es ningún crío, ¿verdad?
Él le dio otro bocado al sándwich y observó que sus mejillas se sonrojaban.
Había dado en el clavo.
—Nigel tiene cuarenta y dos años —replicó tamborileando los dedos en la
encimera—. ¡No tengo ni idea por qué me estoy disculpando ante usted! —murmuró
para sí.
—No se preocupe…
—¡No estoy preocupada!
—Es probable que se sienta incómoda por la diferencia de edad.
—¡Diferencia de edad! —gritó. Aquel hombre estaba acabando con su gratitud
maternal—. Tengo treinta años.
—¿En serio? No lo parece.
Puede que el tiempo borrara su belleza en el futuro, pero con un rostro como el
suyo el tiempo sería generoso. Su mirada directa y oscura resultaba profundamente
inquietante.
—¿Debería sentirme halagada ? —le preguntó con agresividad para ocultar que
aquel hombre la estaba haciendo sentir más confusa y cohibida de lo que podía
recordar en años.
—Puedo hacerlo mejor…
—Seguro que sí.
—Pero no me atrevería.
Ella arqueó las cejas.
—Me cuesta creerlo.
Tenía el aspecto de atreverse con todo.
—¿Ha estado casado antes?
—No. ¡Y no es gay!
—Estoy seguro de que hizo bien en preguntar.
—¡No pregunté! Nigel es un hombre cauto y ha visto cómo la mayoría de los
matrimonios de sus amigos se rompían —replicó. Aunque no añadió que Nigel
siempre parecía más preocupado por los estragos financieros que suponían los
fracasos matrimoniales de sus amigos—. No hay nada malo en la cautela.
Ella se estremeció ante el tono defensivo de su voz. No había ninguna razón por
la que disculparse ante ese hombre.
—En absoluto. A no ser que hagas oídos sordos a tu instinto.
—Nigel no hace caso a su instinto —afirmó con sequedad. Se mordió el labio al
sentirse desleal por dar su opinión.
—¿Y usted?
—¿Cómo?
El tono gélido de la voz de Rachel no le avisó de que estaba siendo demasiado
personal.
—Supongo que hay momentos en los que una dama no puede escuchar a su
instinto —reflexionó lentamente. Ella lo miró con sospecha. Tenía razón, a pesar de
su gesto serio se estaba riendo de ella—. Quiero decir que no puede salir con
cualquier tipo que pase por la calle —continuó—, ¿tiene una lista con las profesiones
apropiadas, el sueldo, y todo eso?
—Si lo que quiere decir es que soy una esnob…
—No estoy seguro de lo que sea —confesó—. Estoy intentando descubrirlo.
—No quiero que lo descubra.
—Eso explica la cara de frustración de Nigel.
—Si ha terminado de comer… —insinuó. Pudo ver por su expresión que estaba
perdiendo el tiempo. Se levantó quedando por encima de él.
—¿Siempre han estado las dos solas?
—¿Siempre es tan curioso con los extraños?
—Charlie me hizo sentir como parte de la familia.
Él no le explicó la broma.
—¿De verdad? Ella no suele hacerlo.
—A veces pasa eso, ¿no cree? A veces conoces a alguien y parece como si lo
conocieras de toda la vida.
Su voz tenía una cualidad táctil cuando la bajaba a ese nivel suave e íntimo. Ella
desterró esa idea molesta porque pensar que aquel hombre la tocara la alteraba.
—Intento no tomar decisiones precipitadas. Estoy segura de que usted se lanza
más que yo…
Pensó que podía ser un error intercambiar indirectas sexuales con alguien a
quien quería mantener a distancia. No quería dar una impresión equivocada.
Él soltó una carcajada.
—Pues parece que ahora ha hecho un juicio precipitado sobre mí.
—No quería decir que… —empezó horrorizada. Se detuvo, aquello era
exactamente lo que quería decir. Tenía el aspecto de usar su carisma con el sexo
opuesto. Una mujer sensata desconfiaría de un hombre con una carga sexual tan
evidente.
—Muchos atletas sexuales se esconden tras unas gafas y un aspecto de tontos —
advirtió divertido—. ¿Qué es lo que la hecha para atrás de mí, mi posición social o mi
aspecto físico?
Él fingía que aquella conversación no era personal. Aunque le gustaba que la
gente hablara claro ella se sintió golpeada por la adrenalina y deseó encerrarse en
una habitación.
—No me divierte esta clase de conversaciones.
—No recuerdo haber tenido jamás una conversación como esta.
—Mamá, ya he terminado.
Rachel se giró con una expresión de falso entusiasmo. Por primera vez Charlie
acababa pronto.
—De acuerdo —dijo. Se le llenó el pecho de amor en cuanto la vio. ¿Cómo se
podía enfadar con una niña que la miraba con unos ojos como los de Charlie? Sobre
todo cuando tenía ojeras de cansancio—. Dale las gracias al señor…
—Steve está bien.
Un hombre que se llamaba Steve no ha nacido precisamente entre algodones y
no estaba abrumado por las obligaciones familiares. Le ofreció la mano y al subirse la
manga de la cazadora se le vio el Rolex. Se bajó el puño. Un par de ojos azules
brillantes siguieron ese movimiento.
—Gracias… ¿Steve?
Unos dedos pequeños y delicados agarraron los suyos. Su mirada astuta era
cómplice y ligeramente engreída.
—Iré a acostar a Charlie por segunda vez esta noche.
Benedict observó pensativo cómo se iban. Charlie no pasaba una.
Rachel había imaginado que sería difícil deshacerse de su invitado. Había
estado ensayando formas sutiles de hacer que se marchara. Se sintió ligeramente
desinflada y aliviada al encontrarlo de pie en el salón esperando para irse cuando ella
volviera de la habitación de Charlie.
—Gracias por el sándwich.
—No me ha dicho dónde y cómo encontró a Charlie…
No le había dicho gran cosa. Era ella quien había hablado todo el tiempo.
—Se puede decir que fue ella quien me encontró —respondió. La frase le hizo
sonreír por algún motivo.
—Nunca olvidaré lo que ha hecho.
—¿Se olvidará de mí?
Ella decidió ignorar el desafío. Darle un beso sería dejar vía libre a los malos
entendidos así que le dio la mano.
—No se puede imaginar el alivio que sentí al oír el timbre. No me cabe duda de
que cree que soy la peor madre del mundo.
Él estaba mirando sus manos con una expresión extraña así que ella se la soltó.
—Durante dos segundos pero la primera impresión puede ser errónea.
Ella malinterpretó el significado de sus palabras.
—Supongo que a usted le pasa mucho. Con ese aspecto que lleva —comentó
cerrando los ojos y respirando profundamente—. Aunque no hay nada malo en
vestir así.
No podía resistir intentar reparar el daño.
—Tampoco hay nada malo en su aspecto diga lo que diga su novio —replicó
más divertido que ofendido—. Un hombre que te dice qué ponerte es probable que
también te diga lo que tienes que pensar en cuanto tenga la oportunidad. Buenas
noches, Rachel.
—No dejaré que nadie me diga eso.
—Buena chica.
Le tomó la mejilla y la besó en los labios. Si aquella despedida casta pretendía
hacer que ella deseara más, funcionó. El impacto sexual dejó su cuerpo tan tenso que
podría haber respondido como una tonta hambrienta de sexo si la hubiera tocado
otra vez. Pero no lo hizo.
—No diré adiós. Creo que nos volveremos a ver muy pronto.
Rachel le observó mientras se marchaba con una expresión confusa. Sabía que
era sólo un decir, pero no pudo evitar preguntarse qué haría si se presentaba en su
casa otro día.
Capítulo 2
—Bueno, si me la cede Albert al menos será agradable a la vista —comentó
Benedict haciendo una mueca de insatisfacción. No le gustaba la idea de trabajar con
una desconocida—. De todos modos, Mags, creo que es malvado por tu parte
abandonarme el primer día que vuelvo al trabajo.
—Podría quedarme a agarrarte de la mano si tu estancia en Australia te hubiera
vuelto más amable. No entiendo una palabra de alemán pero podría parecer
inteligente —replicó su secretaria lanzándole una mirada poco comprensiva mientras
continuaba hojeando el informe—. ¡Aquí está! —exclamó rescatando un fajo de
papeles—. Quiero dejarlo todo preparado para Rachel.
El recuerdo de aquel nombre familiar le dibujó una sonrisa soñadora en los
labios.
—¿Lo harías por mí, cancelarías tus vacaciones? No, estoy deseando huir de
este lugar —respondió con franqueza.
—Es agradable comprobar que a alguien le gusta su trabajo.
—Mira quien fue a hablar. No he visto que te dieras mucha prisa por volver.
Además… —se detuvo para subirse las modernas gafas por la nariz respingona—.
Soy la secretaria de un abogado no una esclava, sé que es una diferencia muy sutil
pero…
Benedict se sentó en el borde de la mesa.
—Ayudante personal suena mucho más dinámico.
—No me siento muy dinámica ahora.
—¿De verdad prefieres tumbarte en una playa tropical con tu marido a
quedarte aquí? —preguntó con incredulidad.
—Llámame rara si quieres… Hola, ¿eres Rachel? ¡Pasa! —gritó al escuchar un
sonido en el despacho de al lado—. Rachel French, éste es Benedict Arden.
Seguramente aún no os habíais conocido. Creo que estaba fuera cuando empezaste.
La incredulidad congeló la sonrisa amable de Rachel. Descartó rápidamente la
posibilidad de haber conocido a su clónico o a su gemelo perdido… era «él».
Rachel no estaba segura de cuánto había durado la sorpresa ni cuándo se
convirtió en una furia incontenible. Una oleada de humillación avivó las llamas de su
ira. Todas sus preguntas acababan con un gran interrogante. ¿Era una broma
pesada…? Fuera lo que fuera se lo había tragado.
—Bueno, os dejo en ello. Ya le he enseñado a Rachel la organización y le he
advertido que serás su sombra cuando esté trabajando. Al contrario que yo necesita
todo el dinero que gana. Así que sé amable con ella.
Miró a su jefe con afecto a pesar de su actitud punzante.
—Lo haré, Mags.
Podría funcionar bien, o quizá no, pensó al encontrarse con la mirada gélida de
hostilidad de su nueva ayudante.
—Trabaja tanto que no se da cuenta de que el resto de nosotros tenemos vida
social.
Maggie no había advertido nada, percibió Rachel con incredulidad. Ella
continuó en silencio, si decía lo que pensaba podría perder su trabajo. El abuso
escandaloso era lo que el hijo del gran jefe acostumbraba a ejercer. ¿Vida social?
Según tenía entendido Benedict Arden, hijo de sir Stuart Arden, el jefe de la Cámara,
llevaba una encomiable vida social que adoraban las páginas de sociedad. Lo que no
le habían contado era que disfrutaba humillando a los que tenían una posición social
más baja.
Aunque su rostro permanecía inmóvil el gris de sus ojos claros destilaba
desprecio. Aquel traje probablemente costaba más que dos meses de su salario.
Había imaginado su casa con humedad y papel despegándose de las paredes. ¡Con lo
nerviosa y culpable que se había sentido al imaginarlo en semejantes condiciones!
Inconscientemente empuñó las dos manos.
—Así que trabajas para Albert.
—Así es.
—Sus secretarias siempre tienen una excelente… capacidad administrativa.
—¿Estás deduciendo que conseguí el trabajo gracias a mis piernas?
Era difícil obviar que tenía la vista puesta en sus piernas esbeltas disimuladas
por unos pantalones negros de algodón.
—No te pongas a la defensiva. No creo que te estés acostando con tu jefe. Todo
el mundo sabe que Albert sólo mira. Es un hombre felizmente casado.
—Me quitas un peso de encima. No me gustaría que te llevaras una impresión
equivocada.
—Supongo que te estarás preguntando…
—En absoluto. Maggie me ha puesto al tanto. Ya he hecho las traducciones de
todos los documentos importantes. No sé si has tenido la oportunidad de leerlos
ya… —respondió bruscamente.
El cabello recientemente cortado y la cara afeitada mostraban una piel
bronceada e inmaculada y un corte de cara asombroso. El destino y unos genes
benévolos habían dispuesto aquellos ángulos y cavidades en los lugares precisos
proporcionándole una belleza masculina nada suave.
—Tenemos que trabajar juntos…
—Quizá —respondió como si tuviera elección, lo que no era el caso como
ambos sabían—. Me reservo mi opinión sobre eso. Tienes el puesto —afirmó. Tenía el
aspecto con el que soñaban todos los jóvenes ejecutivos de la ciudad, desde los
zapatos brillantes hasta la corbata de seda—. Así que serás bueno en tu trabajo…
«¿Por qué he dicho eso? Cualquiera creería que quiero que me despidan». Una
imagen de todas las facturas que tenía que pagar antes de final de mes pasó por su
mente. «Sé profesional. No merece que pierdas los nervios».
—Quizá deberíamos aclarar las cosas —continuó como si su ácido comentario
hubiera permanecido donde debería, en la mente de ella.
Rachel descubrió con resentimiento que con arquear una ceja podía hacerla
sentir como una cría petulante.
—Soy secretaria. No necesito explicaciones sólo instrucciones.
—Bien —declaró mientras la paciencia que le quedaba iba desapareciendo de su
voz profunda—. Instrucción número uno, ¡siéntate!
Agarró una de las sillas de madera clara de diseño italiano y la arrastró por la
moqueta.
—¿Cómo te atreves a hablarme así?
—«Por favor» —pidió con una sonrisa—. Así está mejor —aprobó mientras ella
se sentaba a regañadientes donde le había indicado.
Le rozó el cuello con los dedos cuando soltó el respaldo de la silla y ella intentó
no reaccionar. Rezó porque la sensación que le recorría la piel fuera repulsión ¡no
podría tolerar otra cosa!
—¿Por qué estás enfadada?
Ella giró automáticamente la cabeza para mirarlo. ¿Lo decía en serio?
—No lo estoy.
—Sorpresa —continuó como si ella no hubiera dicho nada—. Asombro,
curiosidad… Yo sentí todo eso cuando entraste por la puerta. Me quedé alucinado…
—No me pareciste alucinado.
—Escondo mis emociones bajo un aspecto templado.
—¿Te estás riendo de mí?
Aquella sospecha no hacía sino aumentar su profunda sensación de estar siendo
manipulada.
—¿Por qué ese enfado, señorita French? Y no te molestes en negarlo.
Desprendes fuego por los ojos desde que me viste.
Al infierno con la amabilidad en el trabajo. Iba a decirle lo que pensaba de él:
entrar y salir de su vida de repente, dejando tras de sí una imprecisa sensación de
insatisfacción y desamparo…
—Odio el engaño.
—No mentí exactamente.
Una rápida revisión mental confirmó que era cierto. Su moral no era tan
irreprochable como para no poder cambiar un poco la verdad si era necesario.
—¿Steven…?
—Eso fue idea de Charlie.
—¿Por qué se iba a inventar mi hija tu nombre? —preguntó.
—Estaba un poco relacionado con considerarme su hermano perdido. Lo acepté
de inmediato. Steven tiene algo de seguro y formal. Admito que no soy Steven pero
sigo siendo el tipo que rescató a tu hija, a pesar de su oposición, debo añadir.
Tenía que recordárselo. Rachel se mordió el labio distraídamente. No podía
negar que su comentario era cierto. La parte de los hermanos no tenía sentido para
ella.
—Te reíste de mí, de nosotras. Estoy segura de que será tu conversación de las
cenas el mes que viene: lo que pasó cuando me fui de visita a los barrios bajos. ¡Me
diste pena!
Ni proponiéndoselo hubiera sonado tan estridente pero la indignación hizo que
su voz grave subiera una octava.
—La pena es una emoción muy negativa —le recordó—. Lo siento, tengo
memoria fotográfica. Pero no solo sentiste pena —añadió. El modo en que la miraba
la alarmó más que la suave acusación. Para su alivio no siguió con aquello—. Me
resulta curioso que me aceptaras mejor cuando era uno de la plebe. Sé que es un
pecado imperdonable no ser un miembro del hampa ni un matón con un corazón de
oro. ¿Se te ha ocurrido que tu anhelo de un poco de ¿cómo podría decirlo con
delicadeza?…dureza —se detuvo. A Rachel se le escapó un gruñido de indignación y
él reaccionó como si le hubiera animado a seguir—. ¿Podría ser una reacción contra
el hombre con el que sales? Estás buscando a alguien extravagante y un poco
peligroso.
—¡No estoy buscando a nadie y punto!
—Cuando conozco a una mujer generalmente sabe a qué me dedico, quién es
mi familia y puede adivinar con bastante precisión mi cuenta del banco…
Rachel le observó mientras se sentaba a horcajadas en una silla idéntica a la
suya.
—Me has destrozado el corazón… y tú sólo querías que alguien te amara por lo
que eres —interrumpió con sarcasmo—. ¡Por eso andas por las calles con aspecto de
camello!
—¿Sueles invitar a camellos a tu casa? —preguntó con interés.
Los dedos que colgaban ligeramente del respaldo de la silla eran largos y
elegantes y sus manos eran fuertes y bien formadas. Aquellas palabras hicieron que
su hospitalidad pareciera de repente una imprudencia temeraria.
—Estaba agradecida… —empezó a defenderse antes de que su voz la
interrumpiera.
—¿Lo estabas?
—Lo estoy, estoy agradecida —aseguró entre dientes como si no lo estuviera—.
Sentía pena por ti, si quieres saberlo.
—No te culpes. Tu cuerpo está químicamente programado para encontrar
pareja. Las hormonas no están preocupadas por la situación económica o social.
—¡No metas a mis hormonas en esto! —gritó.
—De acuerdo —accedió con una sonrisa lánguida—. Puedo soportar la pena.
Creo que prefiero la pena a la avaricia.
—Sólo alguien con una posición tan privilegiada podría decir algo tan estúpido.
—Tienes unas ideas muy cerradas sobre la riqueza, Rachel.
—No, solo sobre ti. Creo que eres un malcriado… irresponsable… —se detuvo
mordiéndose la lengua para evitar otras palabras más imprudentes.
—Creí que te estabas metiendo de lleno en tu tema —afirmó con una sonrisa
provocadora—. No permitas que el hecho de que sea tu jefe te corte las alas.
—Jefe temporalmente.
—Gracias a Dios —continuó él.
—Eres muy intuitivo.
—Y tú eres muy desconfiada, señorita French. Dejemos unas cuantas cosas
claras. Cuando me encontré con tu hija estaba a punto de ser llevada a la comisaría
por una pareja preocupada. Al tener pocos recursos económicos y una mente fría y
calculadora me reclamó como su hermano. Parece ser que tenía un aspecto bastante
malo como para carecer de credibilidad ante los ojos de la Ley y para deshacerme de
la gente amable…
La mirada enfadada de Rachel lentamente se volvió pensativa. Eso parecía lo
suficientemente horrible para que lo hiciera Charlie.
—Eso no justifica el modo en el que me miraste ni cómo me hiciste pensar… —
replicó moviendo la cabeza—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Si trabajas aquí ya sabes que acabo de volver de pasar seis meses en un
rancho de Queensland y ese es el único motivo de mi aspecto. Las conjeturas sobre
mi procedencia las hiciste tú y tu encantadora compañía. ¿Qué tal la cena en casa de
los Wilson? ¿Te pusiste algo decente?
Rachel se puso rígida y empezó a sonrojarse.
—Nigel está constipado. No fuimos —recitó mecánicamente.
—Me metí en el taxi con Charlie con la intención de decirle cuatro cosas a sus
padres delincuentes. Tardé diez segundos en advertir que había malinterpretado la
situación, y menos tiempo en quedarme sin palabras ante tu belleza.
Rachel apretó los dientes y abrió la boca para decirle claramente que el único
deseo que su discurso ridículo provocaba en ella era el de vomitar. No podía estar
diciendo la verdad. Por alguna razón aquella idea absurda dañó su habilidad para
pensar correctamente.
—¡No digas esas cosas!
—Éste es mi nuevo yo, abierto y transparente.
—Yo no soy bella, soy relativamente atractiva.
Dejarle ver que estaba nerviosa no parecía una buena idea. No era difícil
comprobar cómo había conseguido su reputación de mujeriego.
—Como se dice todo está en el ojo del que mira —señaló encogiéndose de
hombros—. Y el que mira ve belleza —aseguró tocándose el pecho con la mano
abierta—. Y también ve un gran corazón.
—Algo de lo que te aprovechaste sin piedad —le recordó.
—Me sentí tentado —admitió—. Pero no pensé que tu caridad llegara a ofrecer
una cama para una noche.
Ella gruñó de rabia.
—¡Y tenías razón!
¿No tenía vergüenza?
—Me siento mejor ahora que lo hemos solucionado —confesó con un suspiro—.
Me estaba preguntando cómo iba a decirte que en realidad soy bastante respetable.
Esperaba que mi aspecto desaliñado no acabara con la atracción, y si te gusta el
cuero…
—¡Respetable! —rió con incredulidad—. ¿Debo creer que te has acordado de mí
por algo más que por ser una historia entretenida para contar durante la cena?
—Créelo —afirmó apoyando la cara en la mano. De repente no se reía en
absoluto. Rachel pensó que aquella mirada debería llevar una advertencia del
ministerio de sanidad. Afortunadamente ella era inmune a los halagos.
—También hace más sencillo pedirte que cenes conmigo —añadió alegremente.
—Hablaré alto y claro porque ahora sé que mi primera impresión era correcta…
—¿Cuál fue tu primera impresión?
—Muy desarrollado muscularmente y subdesarrollado mentalmente, ¡un guapo
tonto! —exclamó. Advirtió demasiado tarde la naturaleza de su confesión—. Estoy
prometida —se apresuró en aclarar—. No salgo con otros hombres.
—No veo el anillo —señaló con escepticismo.
—Tenemos un acuerdo.
—No parecía entenderte muy bien la otra noche. Sin duda es un tipo estupendo
pero le falta un poco de imaginación.
—Para tu información, Nigel es muy imaginativo —replicó.
—Me alegro por ti —dijo solemnemente. Rachel lo miró confundida—. Es
importante tener buenas relaciones sexuales.
—¡No quería decir que Nigel fuera imaginativo en la cama!
Odiaba saber que la había hecho sonrojarse hasta las orejas.
—No creía que lo fuera —respondió Benedict.
—¡Nigel vale más que diez como tú!
—Eso es ser un poco dura —protestó—. Detecté indicios de barriguita, pero eso
es de esperar en hombres de cierta edad. Aunque me pareció que se conservaba bien.
¿Viven aún tus padres?
Ese cambio de tema aparentemente inexplicable inclinó la balanza de la furia
muda hacia la confusión.
—No. Me crió mi tía Janet.
Janet French había estado siempre a su lado y la reciente pérdida de aquella
mujer de espíritu indomable seguía doliéndole.
—Un hogar sólo de mujeres —dedujo —. Eso creía y ahora sólo estáis Charlie y
tú. Estás buscando a un padre no un amante, Rachel.
—Palabrería pseudo psicológica de un descerebrado. Esto es acoso sexual.
—Esto es atracción mutua. Ambos lo sabemos desde el primer momento en
que nos miramos. Si no fuera un caballero habría hecho algo más que besarte. Lo
único que quería saber era si la atracción solo era por la fruta prohibida. Ya sé que
no.
—¡Tú ego es increíble! No te querría ni envuelto en papel de regalo.
—¿Es eso algo fetichista? —preguntó—. Porque tengo que decirte que no me
interesan ese tipo de cosas.
—¡Y a mí no me interesan las indirectas obscenas!
—Si lo prefieres mantendremos nuestra relación profesional y la personal
separadas. A mí me parece bien. Una extraña conjunción de coincidencias es la única
razón por la que esta conversación está teniendo lugar en el trabajo. Necesitábamos
aclarar las cosas.
¡Y creía que las cosas estaban claras! Lo único que ella tenía claro era que tenía
que mantener un mínimo contacto con Benedict Arden.
—No tenemos una relación personal —necesitó puntualizar.
Era insistente, había que admitirlo. Si sus circunstancias hubieran sido
diferentes incluso podría haberse sentido halagada. «Sé sincera, Rachel. Es
enormemente atractivo».
Si hubiera sido una soltera despreocupada de treinta años, ¿quién sabía?, la
tentación podría haber vencido al sentido común. Pero no lo era. Tenía una hija,
responsabilidades. No actuaba por impulso, no podía hacerlo. Lo había hecho
cuando era una inocente chica de diecinueve años y sabía cuáles eran las
consecuencias, aunque no se arrepentía de haber tenido la niña.
—La tendremos, Rachel —aseguró con una seguridad inquebrantable que ella
encontró perturbadora.
—Soy una madre soltera.
—¿Y? No estoy solicitando el puesto de padre. ¿Solo sales con posibles padres?
¿Habías decidido qué ibas a hacer cuando Steve llamó a tu puerta?
La pregunta la pilló con la guardia bajada.
—¡Si tuviera elección te mantendría alejado a más de cien kilómetros de mi hija!
Sus palabras tenían un toque de burla que hizo que deseara pegarlo. ¿Qué sabía
Benedict Arden, el hedonista confeso, sobre educar a una hija en soledad?
—¿Sabes qué? Eres incluso más superficial de lo que dicen los cotilleos de la
oficina. Puede que te sorprenda, pero no es tan raro preocuparse por los sentimientos
de otras personas aparte de los propios.
—¿Quieres saber lo que creo yo? —preguntó impasible ante esa crítica
apasionada hacia su carácter.
—¿Cambiaría algo si digo que no?
—Creo que habías decidido abrirle la puerta a Steve y no solo para probar que
no eres una esnob.
Rachel hizo un gesto desdeñoso. Steve no había existido pero aquel hombre sí y
tenía la misma marcada sexualidad. Instintivamente supo que Benedict Arden era el
más peligroso de los dos.
—Eres de carne y hueso no una máquina. No puedes controlar tus sentimientos.
Eres una mujer soltera que tiene una hija. No te vas a casar con el bueno de Nigel
porque a la hora de la verdad, a pesar de sus cualidades admirables, te deja fría —
afirmó. Asintió satisfecho mientras una expresión de culpabilidad se dibujaba en el
rostro de Rachel—. No te estoy pidiendo que hagas nada que pueda herir
emocionalmente a tu hija. Te estoy pidiendo que comas conmigo y a lo mejor que
bebas conmigo, incluso las dos cosas si te sientes generosa.
—¿Haces siempre exactamente lo que quieres? —le preguntó resentida.
—Estoy aquí, ¿no es así? —respondió de un modo críptico con la mirada triste.
Tiró de la corbata de seda como si el nudo le estuviera ahogando—. ¿Estás libre esta
noche?
—Ni siquiera me gustas.
—Ya te gustaré. Soy un chico muy agradable, pregunta a cualquiera —afirmó
sonriendo como burlándose de sí mismo —. Para empezar podríamos dejarlo en
atracción mutua. Piensa en ello —sugirió. Miró la hora en su Rolex—. La reunión con
Kurt es dentro de veinte minutos, ¿de acuerdo?
Rachel miró su reloj y advirtió con sorpresa que había olvidado completamente
su apretada agenda matutina.
—Sí —afirmó con inseguridad.
—El año pasado cuando tuve que negociar con él se trajo a su propio traductor,
debes haberle causado muy buena impresión. ¿Eres buena en alemán?
Se levantó y Rachel le siguió. El cambio hacia temas impersonales había sido
sutil pero claro.
—En alemán, italiano y francés —confirmó. Se había alegrado de tener la
oportunidad de practicar idiomas al no haberse presentado el traductor.
Debería haberse sentido contenta al pasar al campo en el que se sentía segura.
Sabía que hacía bien su trabajo. Albert había asumido una parte del trabajo de
Benedict mientras había estado fuera del país, pero aquel cliente en concreto había
trabajado con Benedict antes y quería que se encargara él de sus asuntos. Había
tenido la impresión de que Albert se había quedado más que contento de deshacerse
de un caso tan complicado.
El cliente también la quería a ella quien había sido trasladada para sustituir a la
secretaria de Benedict Arden que se iba de vacaciones. En aquel momento había
aceptado encantada. En aquel momento no sabía quién era Benedict Arden.
—¿Por qué no estás trabajando de traductora?
—Lo hice cuando Charlie era un bebé, sobre todo de manuscritos.
—¿En casa? —preguntó. Ella asintió —. Debe haber sido una experiencia muy
solitaria.
Su percepción la sorprendió.
—Cuando el cuidado de la niña se volvió más sencillo trabajé para una firma de
abogados cerca de casa.
—¿Dónde fue eso?
—Shrospshire.
Ella se detuvo al darse cuenta con asombro de que era un experto sacando
información sin contar nada de sí mismo. O quizá no. El recuerdo de aquella
expresión amarga en sus ojos cuando había sugerido que hubiera preferido no estar
allí paseó por su mente. ¿Estaba realmente desilusionado con su carrera o
simplemente su profesión interfería en su gusto por la vida fácil?
—Allí fue donde te criaste con tu tía. ¿Y me equivoco al sugerir que quizá a tu
tía no le gustaban mucho los hombres?
—Ha sido la experiencia la que me ha enseñado a ser precavida no su
adoctrinamiento.
—¿Por el padre de Charlie?
—No discuto sobre el tema de mi hija con desconocidos.
—Tú eres el tema que me interesa pero si te hace más feliz lo dejaré por el
momento.
No la hizo más feliz pero agradeció el respiro. Aprendió pronto mientras
trabajaban mano a mano a lo largo del día que aunque dudara de su dedicación, su
competencia era innegable. Entendía con rapidez y tenía facilidad para concentrarse
en los detalles pequeños pero relevantes que la mayor parte de la gente tardaría
horas de arduo esfuerzo en descubrir. El hombre para el que había trabajado aquel
día no tenía nada del casanova lánguido que conocía, y muy a su pesar sintió crecer
semillas de admiración.
—Trabajamos bien juntos, ¿no crees? —comentó. Ella colocó el último informe
en su sitio y no respondió aunque era plenamente consciente de su presencia—. No
le cuentes a Mags que te he dicho eso. Pensará que estoy siendo desleal. ¿A qué hora
te voy a buscar?
—¿Irme a buscar? —preguntó. No podía seguir evitando mirarlo. No había
nada más que ordenar sobre la mesa. ¿Dónde estaba aquel clip que necesitaba?
—Para cenar.
—Es una noche de chicas con una tele pizza y aunque no lo fuera no quiero salir
contigo.
—Cenar en casa me parece bien.
—Estoy intentando ser educada.
—No te preocupes por tus modales. Deberías haberte ido hace media hora. Ya
no estás trabajando, puedes ser lo brusca que quieras —le concedió con generosidad.
—¿Por qué estás haciendo esto?
Pareció que consideraba seriamente la pregunta y ella tuvo la impresión fugaz
de que él estaba casi tan confundido como ella.
—¿Por mis hormonas?
No esperaba una respuesta así y casi se echó a reír a carcajadas. Pero aquello
podría haber constituido un aliciente así que rápidamente borró cualquier señal de
diversión de su rostro.
—¿No estás acostumbrado a que te rechacen? ¿Es por eso? ¿Eres de los que se
interesan más en una conquista difícil? ¿Pierdes el interés cuando has conseguido a
tu presa?
—Con respecto a la primera pregunta ya me han rechazado otras veces…
—Seguro… —interrumpió ella.
—Tu incredulidad me halaga.
—No pretendía ser un halago.
—Me divertiría aceptar tu rendición tanto como a ti ofrecérmela —aseguró. El
calor recorrió su cuerpo inesperadamente, el aire se le quedó atrapado en el pecho—.
Pero todo eso de la conquista es basura. Por lo que respecta a la duración de este
sentimiento, ¿quién sabe lo que podría durar?
¡Rendición! ¿Era de verdad una criatura tan patética que fantaseaba con la idea
de rendirse ante la dominación masculina?
—Deja que me reponga —replicó desafiante. Su propio tono hizo que se sintiera
perturbada—. ¿Estamos hablando de horas o de días? —continuó queriendo borrar el
sonido de su propia falta de convicción.
—¿Hace la duración más respetable el sexo? Puedo garantizar calidad pero
no…
—¿Capacidad de permanencia? —sugirió metiendo un brazo en la manga de la
chaqueta.
—Deja que te ayude. ¿No puedo tentarte?
Le temblaban los dedos mientras se abrochaba los botones. Benedict
permaneció detrás de ella con las manos sobre sus hombros. A pesar de que los
separaba unos milímetros casi podía sentir la impronta de sus dedos. Era una
sensación bastante extraña. ¿Era la misma sensación de dolor fantasma que sufren los
amputados? «Qué analogía tan ridícula», se dijo irritada. «Él no es una parte de mi
cuerpo. Podría serlo».
Incluso mientras se giraba para mirarlo y negaba con la cabeza firmemente la
respuesta sincera a su pregunta sonaba en su cabeza. No podía tentarla, ya la había
tentado. Sus hormonas traicioneras habían conspirado contra ella.
A pesar de lo demoledora que era su repentina consciencia, estaba decidida a
mantenerla a raya y a que no la desbordara. Podría sobreponerse a lo que era
básicamente lujuria.
—Dile a Charlie que Steven le manda un beso —gritó Benedict mientras ella se
marchaba.
Le pareció que ella iba a batir todos los récords de escapada del edificio. ¿O era
de él de lo que estaba intentando escapar? Silbando suavemente mientras
consideraba la cuestión entró de nuevo en su despacho.
Capítulo 3
Rachel percibió que la superficie dura contra la que se había chocado era el
pecho de su jefe.
—Lo… lo siento —balbuceó.
Resultaba demasiado para la distancia profesional y fría que se había propuesto
mantener. Tras sólo una mañana de indiferencia se estaba arrojando a sus brazos.
Le entró una súbita, extraña y fuerte necesidad de contar sus problemas. «Es la
persona equivocada y el lugar equivocado para permitirse el lujo de compartir la
carga», se dijo mientras intentaba sin éxito alejarse del círculo protector de su abrazo.
Hacía tiempo que había aprendido a soportar las crisis vitales sola.
—¿Vas a tomarte un sándwich en el parque? Me iría contigo si no hubiera
prometido comer con mi venerado padre —comentó. Su expresión interrogante y
jocosa se mudó cuando se percató de la palidez de su rostro—. ¿Qué pasa? —
preguntó agarrándola de los hombros. Su olor suave y ligeramente floral le encandiló
los sentidos. La expresión angustiada de sus enormes ojos le estaba causando un
efecto extraño.
—Lo siento pero me tengo que ir… Charlie… es una emergencia. Te he dejado
una nota… me tengo que ir.
Él la soltó y ella intentó pasar. ¿Qué pensaría de ella? Sólo era su segundo día
de trabajo juntos y se iba corriendo. No le importaba lo que pensara de ella, tenía
otras prioridades. Él tendría que esperar para obtener una explicación.
—Espera, ¿qué ocurre?
—Sé que no es muy oportuno pero yo…
—Olvídate de si es oportuno y dime qué sucede.
—Me llamó la directora del colegio. Charlie está en el departamento de
traumatología.
No dijo más.
—¿En qué hospital? Vamos, te llevaré.
—¿Qué…?
En las pocas ocasiones en las que su meticulosa organización para cuidar de su
hija no alcanzaba para solucionar algún desastre doméstico y requería su presencia,
su anterior jefe solía mostrarse impaciente como poco, y generalmente se mostraba
abiertamente crítico por su falta de profesionalidad.
—Creí que tenías prisa.
—Y la tengo.
Una sonrisa repentina de alivio se asomó a su rostro. El viaje en metro y en taxi
hubiera llevado más de una hora en la que cada segundo sería un momento de
angustia.
—No quiero abusar —empezó dubitativa.
—Calla, Rachel. Estoy intentando demostrarte lo amable que soy. No lo eches a
perder. Llevarte valdrá al menos por una cita para cenar.
Él esbozó una sonrisa y cuando ella lo miró a los ojos eran amables y
preocupados, no depredadores.
—Lo prometo —aseguró.
Al ver el brillo de gratitud en sus maravillados ojos, Benedict decidió que había
puesto un precio muy bajo a sus servicios. Ella no puso ninguna objeción al leve
toque de su mano sobre su hombro mientras dejaban el edificio.
Rachel apartó la cortina de la cama para contemplar una visión patética.
—¡Charlie!
—Ya sé que estoy horrible pero el pelo volverá a crecer. Tuvieron que
afeitármelo para coser los cortes. La sangre es de la nariz —explicó tocándose la
camisa sanguinolenta del colegio—. No tongo más cortes ni me rompí nada.
—Enhorabuena —felicitó Rachel con sequedad mientras se sentaba en el borde
de la cama.
—Quieren echarme así que debo estar bien.
—¿Y la señora Faulkner también te quiere echar?
Cuando Rachel había dejado a la directora en la recepción con Benedict parecía
casi tan estresada como ella.
—Eso espero. Es un colegio de mala muerte. Todos creen que son muy listos.
—¿Y tú no?
El nuevo corte de pelo punk de Charlie la hacía parecer increíblemente
pequeña.
—Eso es diferente —replicó con impaciencia.
—¿De qué? ¿De pegar, Charlie?
Se encogió de hombros.
—Era más grande que yo. Nunca pegaría a un niño pequeño. Y no le hice daño.
Me caí por las escaleras antes de que pudiera hacerlo —admitió con sinceridad.
—¿Señora French? —preguntó la enfermera entrando en la habitación—. Si
tiene los síntomas de esta tarjeta tráigala otra vez —informó mientras Rachel
examinaba la tarjeta que le puso en las manos—. Diez días con los puntos. Su médico
de cabecera se los quitará. Aquí tengo un informe para él. Perdone por meter tanta
prisa pero estamos muy ocupados esta tarde.
Ya había arrancado el papel de la cama que Charlie acababa de dejar y
desapareció antes de que Rachel pudiera murmurar un gracias.
La directora estaba conversando con Benedict cuando regresaron a la recepción.
Parecía casi animada y mucho más relajada al escucharlo. Por una vez Rachel tenía
un motivo para agradecerle su encanto natural. Necesitaba que la directora estuviera
lo más suave posible. No estaba deseando enfrentarse a ella precisamente.
—Señora French, ¿podríamos hablar un momento? —preguntó mirando de
reojo a Charlie—. ¿A solas?
—Ya sé que no te metes en coches con desconocidos, Charlie, pero con el
permiso de tu madre quizá te gustaría entrar en el mío —intervino Benedict.
—¿Qué coche tienes?
—Un Mercedes.
—¿Qué modelo? —se interesó ella. Él respondió y ella abrió los ojos con
admiración—. ¡Caramba!
Miró esperanzada en dirección a su madre.
Cuando Rachel regresó al coche de Benedict minutos más tarde su hija estaba
inmersa en lo que parecía una discusión técnica con Benedict.
—Perdón por haceros esperar —se disculpó mirando a través de la ventanilla
del copiloto.
—No me estaba aburriendo —replicó alegremente Charlie—. No sabe nada de
este coche —informó a su avergonzada madre.
—Sí sé algo —protestó Benedict con acritud.
—Estaba disculpándome con el señor Arden no contigo Charlie. Volveremos a
casa en taxi por supuesto.
—No seas tonta, Rachel.
Antes de que tuviera la oportunidad de quejarse por su contestación algo la
distrajo.
—¡Rachel!
Ella se giró sorprendida ante el sonido de aquella voz familiar.
—¡Nigel! —exclamó mirándolo con perplejidad—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Trabajo aquí, ¿recuerdas? Más bien, ¿qué estás haciendo tú aquí? —preguntó.
Su expresión cambió al reconocer a la niña con el pelo de punta del asiento
delantero—. Ya veo que Charlie ha estado en urgencias. ¿Por qué no me llamaste,
cariño?
Por eso el nombre del hospital le había resultado tan familiar. El sonido del
cariñito la hizo sentir avergonzada.
—Fue todo tan rápido. Me llamaron al trabajo y el señor Arden se ofreció
amablemente a traerme. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás mejor del resfriado?
¿Cómo podía admitir que ni siquiera había pensado en Nigel? Incluso había
olvidado que trabajaba en el hospital.
—Estoy bien… bien —respondió de pasada—. El señor Arden ha sido muy
amable. ¿Nos conocemos? —preguntó mirando directamente a Benedict con el ceño
fruncido de perplejidad.
Rachel contuvo la respiración.
—Es posible —admitió Benedict con calma—. Me llamo Ben Arden.
—¿Tiene algo que ver con sir Stuart Arden?
—Es mi padre.
—Me doy cuenta del parecido —afirmó. Benedict asintió. Sabía perfectamente
que a quien se parecía era a su abuelo italiano por parte de madre y que no guardaba
ningún parecido con su padre—. Somos del mismo club de golf —le explicó muy
afable—. Dame un minuto, Rachel y te llevaré a casa.
Buscó en el bolsillo de su bata blanca para rescatar su busca que estaba
sonando.
—No te preocupes, me pilla de camino —aseguró Benedict.
Rachel contempló la sonrisa benévola de Benedict con una mirada de
frustración furiosa. Cuando el susto había terminado lo último que quería era entrar
en el coche con él.
—Es muy amable —respondió Nigel con una sonrisa de gratitud—. Te llamaré
esta noche, Rachel.
Mientras Nigel le daba un beso en la mejilla fue consciente de que aquellos ojos
castaños observaban cada uno de sus movimientos. Puede que eso tuviera que ver
con que girara la cabeza para darle un beso en los labios a un sorprendido Nigel.
Pareció confuso pero también encantado y Rachel se sintió inmediatamente
culpable por usarle. Iba a acabar con aquella historia, ya debería haberlo hecho. El
saberlo le pesaba como una losa.
—Siéntate detrás, Charlie y deja que tu madre se ponga delante.
Rachel vio que Nigel parecía un poco asombrado cuando la niña hizo
inmediatamente lo que se le pedía.
—Quizá el golpe en la cabeza no ha sido tan malo —bromeó con Rachel
mientras se deslizaba sobre el asiento de cuero color crema al lado de Benedict. Nigel
los saludó con la mano alegremente.
—¿Qué ha dicho para que parezcas una asesina? —preguntó Benedict con
curiosidad mientras arrancaba.
—Nada —respondió evitando su mirada penetrante. Se dijo que estaba siendo
demasiado susceptible. Nigel solo estaba bromeando. Sabía que no debería comparar
el tacto que tenía Benedict con su hija con la severidad de Nigel pero era difícil no
contrastar dos estilos tan diferentes.
—Me gusta más Steve. «Benedict».
Charlie arrugó la nariz, su expresión lo decía todo.
—Mis amigos me llaman Ben por si te sirve de ayuda.
—Ben —repitió —. No está mal —admitió—. Me pareció genial cuando mamá
dijo que estaba trabajando para ti.
—Para ti es señor Arden —intervino Rachel cortante. Lo que le faltaba era que
Charlie le tomara simpatía.
—Mamá se enfadó mucho cuando descubrió que nos habías mentido —contó
Charlie—. Creo que aún no te ha perdonado.
—¿Es eso cierto?
—Duerme un poco, Charlie. Pareces cansada —sugirió Rachel. Sabía por
experiencia que no tenía muchas posibilidades de acabar con aquellos comentarios
indiscretos.
—Yo no estaba preocupada por ti, no como mamá.
—¿No lo estabas?
—No. Vi el reloj caro que llevabas así que supe que eras un buen ladrón o un
rico excéntrico.
Se acomodó en su asiento con una sonrisa de satisfacción.
—¿Estabas preocupada por mí?
Rachel pudo percibir la sonrisa en aquella voz profunda y expresiva. ¿Por qué
la voz de aquel hombre tenía en ella el mismo efecto que media botella de vino?
Tenía una textura maravillosa. Se encontró comparando sus tonos ricos y calidos
envueltos en terciopelo y se detuvo. Cuanto menos pensara en terciopelo y Benedict
Arden en el mismo contexto mejor.
—No más de lo que me preocupo por cualquier otro indigente rechazado por la
sociedad —observó con una frialdad muy lejana a sus sentimientos.
Continuaron el trayecto en silencio durante unos minutos. Charlie se quedó
dormida. Al darse cuenta Rachel rescató preocupada el folleto que le habían dado en
el hospital y lo examinó.
—Adormilada o con dificultades para despertar —leyó en voz alta y miró con
nerviosismo a su hija—. ¿Tú crees que…?
—Sólo está dormida, eso es todo, Rachel. Ha tenido un día bastante movido.
Era curioso cómo una segunda opinión ponía las cosas en perspectiva. La
sonrisa de Rachel era tensa. Respiró hondo e intentó tranquilizarse. Trataba de no ser
una madre demasiado protectora pero a veces…
—Supongo que crees que soy una madre neurótica.
—Creo que eres una madre perfecta pero has olvidado a la mujer.
Sus palabras la dejaron perpleja y la incomodaron.
—¿Estás diciendo que no soy femenina?
—Eres casi la mujer más femenina que he conocido.
El estómago empezó a contorsionarse de aquel modo tan familiar mientras
aquellos ojos oscuros recorrían su cara y más abajo… «Dame fuerzas, por favor»,
rezó sin confiar en que alguien estuviera escuchando. Mirándolo bien su libido
probablemente ocupaba un puesto muy bajo en su escala de prioridades.
—La estás híper compensando por ser madre soltera. ¿Cuándo fue la última vez
que hiciste algo para ti?
—¿A qué te refieres?
—A algo espontáneo, egoísta…
—Yo no soy una persona espontánea.
—Debiste serlo alguna vez.
Ella observó cómo miraba la imagen de su hija dormida en el asiento de atrás
por el retrovisor.
—No creo que sea asunto tuyo.
—Eso seguro —reconoció. Cambió de dirección—. ¿Cómo crees que se sentirá
Charlie dentro de ocho años al darse cuenta de que has construido toda tu vida
alrededor de sus necesidades?
—¡No lo he hecho! ¡No lo hago! —protestó enfadada. No sabía nada sobre ella,
¡nada! Recordó con incomodidad que la tía Janet había insinuado con más tacto por
supuesto algo parecido el año anterior.
—Es bastante probable que se sienta culpable cuando quiera independizarse y
hacer su vida. No le estás haciendo ningún favor viviendo la vida a través de ella.
—¡No lo hago!
—Aún no, pero te vas por ese camino.
—Tú no sabes nada de ser padre.
—Quizá lo que necesitas es una crítica imparcial.
—Charlie será siempre la persona más importante de mi vida —replicó con
apasionamiento.
Él asintió lentamente como si entendiera esa emoción. Sus palabras siguientes la
pillaron totalmente por sorpresa.
—¿Tienes una vida, Rachel?
—Creía que sí hasta que apareciste tú y con unas palabras de sabiduría
mundana me enseñaste lo equivocada que estaba —explicó lanzándole una mirada
ácida—. ¡Tú diciéndome cómo vivir! Si no fuera tan ridículo me reiría. Tú no vives en
el mismo planeta que el resto de nosotros. ¡No eres más que un malcriado…!
—Imagino que unas cuantas canas y un toque de pomposidad me
proporcionarían más credibilidad en el campo de los consejos…
La puntilla hizo que se le tensara la mandíbula.
—¿Debo creer que todo este interés y preocupación es totalmente altruista?
Él le lanzó una mirada casi divertida a su cara enrojecida mientras aparcaba
frente a su casa.
—Nunca pensé que fueras tan ingenua como para pensar eso —aseguró con
una seriedad provocativa—. ¿Por qué te sientes tan ofendida cuando soy amable
contigo. Rachel? ¿Te asusta por alguna razón que pueda gustarte?
¿Asustada? ¡Estaba petrificada! Puede que no estuviera intentando destruir su
vida pero según eso tampoco los tornados tenían malas intenciones.
Benedict era el tipo de hombre que la gente adoraba. El tipo de hombre que
dejaría un gran vacío al irse. A Charlie ya le gustaba y era una niña que no dejaba
que la gente se acercara a ella pero cuando lo hacía… No, era una irresponsabilidad
dejar que un hombre así entrara en su vida. Ni siquiera había intentado disimular
que sus intenciones eran deshonestas.
—Eres encantador —rió condescendiente.
Con la mano en la puerta se giró levemente para mirarlo.
Había un movimiento en la oscuridad líquida de sus ojos que hablaba con más
claridad aún que las febriles contorsiones del errático músculo de su boca. Ella no
había querido que le gustara, ¿o sí? ¿Entonces dónde estaba el problema?
—Quizá podrías dejarme que lo fuera contigo.
¡Socorro! ¿Había abierto la caja de los vientos? Eso la enseñaría a ser lista. Lo
que debería hacer era salir del coche. Si sus piernas funcionaran correctamente. Si él
no la estuviera mirando de ese modo.
—Podrías darme alguna pista de cómo actuar bien. Sería un gesto de
generosidad.
—Ben…
—¡Un progreso! Ha dicho mi nombre —exclamó. Su gesto fue demasiado
amplio para las dimensiones del coche y sus dedos chocaron contra el techo—. No
era tan difícil, ¿verdad? Ahora, en cuanto a mis lecciones…
—Estás haciendo el to-tonto —tartamudeó incapaz de apartar sus ojos
hipnotizados de su rostro—. Charlie… —reclamó la presencia de su hija como la
última línea de defensa.
—Está durmiendo como un bebé.
Tenía la mano derecha sobre su rostro y movía el pulgar sobre su mejilla
trazando el contorno del pómulo. De repente su expresión se intensificó
convirtiéndose en algo íntimo. Ella estaba sin aliento y la respiración de él se había
acelerado.
—Quiero besarte, Rachel French. Dime que tú también lo habías pensado.
Los músculos del cuello se le tensaron mientras tragaba saliva.
A ella la garganta le dolía de emoción.
—Es menos peligroso que se quede en tu imaginación —afirmó con aspereza.
Algo en su cabeza la informó que había hecho una confesión.
Tenía la boca más fascinante que había visto jamás. Se le secó la boca mientras
esperaba con ansia a que respondiera.
—Menos peligroso pero más frustrante.
La aspereza seductora de su voz la hizo temblar más. Aquello tenía que parar.
—¡Por favor! —replicó mientras la tensión sexual alcanzaba su punto álgido—.
Déjalo ya.
Cerró los ojos y se inclinó hacia delante.
Hubo un segundo silencio y después para su sorpresa y desilusión escuchó el
sonido de su risa que creció profunda y desinhibida.
—Dios mío —exclamó echándose hacia atrás en su asiento y secándose los
ojos—. Sabes cómo arruinar una situación, Rachel. Parecías una virgen que iba al
sacrificio en una de esas películas de terror baratas.
Empezó a reírse otra vez.
Con los ojos abiertos como platos le observó.
—No soy una virgen.
—Ya me lo había imaginado —aseguró con seriedad sonriendo solo con los
ojos. Unos ojos que habían sido ardientes unos segundos antes.
Decir que se sintió herida era una subestimación. Ridícula, rechazada… ¡Era
insensible y cruel hasta decir basta! Lo había deseado… seguía deseándolo. Si no iba
a besarla sólo tendría que…
Casi arrodillándose mientras se inclinaba hacia él le agarró la cara con las dos
manos. Con la respiración más intensa y acelerada lo besó. Benedict se quedó
paralizado y como sus labios no se movían ni respondían Rachel se dio cuenta del
tremendo error que acababa de cometer. Seguía presionando sus labios con los ojos
abiertos.
Se encontró con su mirada y deseó morir de pura vergüenza. Aún cuando
empezó a retirarse la expresión de sus ojos oscuros cambió. Ver el cambio fue como
contemplar una combustión espontánea.
—¡No!
Sus fuertes brazos se habían entrelazado en su espalda y la disuadieron de
apartarse.
Seguía mirándola, la presión de su boca le separó los labios. De repente todo un
mundo excitante estaba a su alcance. Lentamente su lengua le dibujó el contorno de
los labios. Ella sacó la lengua para juntarla con la suya y pudo ver un destello de
aprobación en sus ojos. Estaba bastante cerca para ver las puntas doradas de sus
largas pestañas y las finas arrugas de sus ojos. Permanencia y Ben eran términos
incompatibles.
El avance sedoso de su lengua le arrancó un gemido profundo al penetrar en la
boca. Su rostro moreno se volvió borroso y cerró los ojos.
Le rodeó el cuello con los brazos como si fuera lo más natural del mundo.
Durante unos minutos frenéticos se exploraron mutuamente con la boca, la lengua y
las manos. Podía escuchar los gemidos débiles pero no los asociaba con ella misma.
Aunque había intentado aplastarse contra su pecho no le parecía lo bastante
cerca para alimentar el fuego de su sangre. Apretó con firmeza el contorno esculpido
de su amplia espalda mientras se retorcía sinuosamente entre sus brazos.
—¿Rachel…?
Ella apartó los labios de su cuello y lo miró confundida a la cara.
—Creo que Charlie se está despertando —avisó.
Recordar quién era y dónde estaba fue doloroso. Horrorizada miró al asiento de
atrás donde su hija se estaba estirando.
—¿Hemos llegado a casa?
—Sí. ¿Cómo te encuentras? —preguntó. «Se me ha dado muy bien lo de
mantener la distancia», bromeó para sí. No podía utilizar la excusa de la luz de la
luna y un lugar romántico. Era a plena luz del día y se había estado comportando
como… Sintió que le ardía la piel del cuello al recordar exactamente cómo se había
estado comportando. ¡Y había empezado ella!
—Estoy dolorida.
—¿Dónde te duele? —preguntó Benedict.
Charlie se estiró y consideró la pregunta.
—En todas partes.
Rachel preocupada miró furtivamente a Benedict. La satisfacción que esperó
encontrar estaba ausente… Distraída era la palabra que definía su expresión.
Mientras ella le observaba él respiró hondo y se pasó una mano por el cabello
revuelto.
—¿Estás bien?
«Me estoy derritiendo» probablemente no era la respuesta que él esperaba así
que sonrió amable cuando no distante.
—Debes tener prisa por volver a la oficina.
—¿Estás deseando deshacerte de mí, verdad?
—Yo no sería tan brusca.
—La educada señorita French —afirmó lentamente—. Creo que eres un montón
de cosas que nos sorprenderían a los dos, si se dan las condiciones favorables.
Aquella referencia velada a su lascivo comportamiento reciente fue suficiente
para echarla del coche a toda velocidad en su ansia por escapar. Él era casi tan rápido
como ella y mucho más coordinado. Cuando abrió la puerta de atrás para sacar a
Charlie él ya tenía a la niña en brazos.
—Tú diriges —dijo alegremente. Charlie se reía mientras él daba vueltas.
—La tirarás.
Rachel frunció los labios y se negó a entrar en ambiente.
No le gustaba que la manipularan y fue echando pestes mientras iba delante.
Estaba haciéndolo otra vez, permitirle entrar en su casa, y entonces ya sabía lo
peligroso que era. Sabía que escapar de aquel arrebato hormonal requeriría buen
juicio y conducirse con cuidado. Y estaba segura de que era incapaz de ambas cosas
en aquel momento.
—Ponte cómodo —lo invitó con dulzura algo molesta mientras colocaba a
Charlie en un lado del sofá y él se acomodaba en el otro. Por primera vez Charlie
parecía preparada para tolerar las tonterías de los adultos mientras él le rascaba los
pies que tenía sobre las rodillas.
—¿Estás segura de que no molesto?
—¿Cambiaría algo si dijera que sí? —replicó. ¿Qué significaban para él unos
pocos besos? Nada, la respuesta era deprimentemente obvia.
Él entró en la cocina un poco más tarde arruinando sus esfuerzos por recobrar
la serenidad.
—Charlie me manda que te diga que quiere un batido preferiblemente de
chocolate.
—No estoy segura de que deba recompensarla después de lo que ha hecho —
respondió y continuó revolviendo.
—¿Qué estás haciendo?
—Una taza de té.
—Pues a mí me parece que sólo estás ordenando las tazas.
—No recuerdo haberte invitado a entrar a la cocina. Es demasiado pequeña y
tú… tú eres demasiado… demasiado grande —terminó de decir débilmente.
—Soy una réplica de mi abuelo —le explicó para disculparse—. Era australiano
de origen italiano, un gran hombre en todos los sentidos. Mi hermana es igual pero
Tom, mi hermano mayor, es diferente. Creo que es por el aroma que se ha
intensificado en un espacio cerrado.
Las palabras surgieron de repente y abrió los ojos con perplejidad como si
estuviera tan sorprendido de oírlas como ella.
—¿Cómo?
Él no la estaba mirando. Tenía la mirada fija en sus propias manos y aquel
músculo de su boca había empezado a moverse otra vez.
—Permanece incluso después de que has dejado la habitación, pero en un
espacio pequeño como este o en el coche me vuelve loco. Es muy característico, no tu
perfume floral sino el olor cálido a mujer que desprende tu cuerpo.
Sus palabras brotaban a trompicones y sus dedos mientras sujetaban el pie de
una copa que había sacado del armario estaban blancos. De repente el pie se rompió
con un ruido de disparo.
—Lo siento.
—Estás sangrando —constató mientras observaba las gotas rojas cayendo sobre
la encimera blanca. Él estaba mirando el reguero de sangre con una peculiar falta de
interés—. Así, ponlo bajo el agua fría —ordenó agarrando su muñeca y colocándole
la mano bajo el grifo.
—La Madre Teresa.
—No podría ver cómo te desangras en mi cocina.
Su antebrazo estaba cubierto de vello fino y oscuro que sorprendentemente
resultaba muy suave al tacto. Acariciar no estaba incluido en los primeros auxilios.
—Sólo es un rasguño.
—Eso es muy valiente por tu parte pero a mí me parece más profundo —
observó con preocupación—. Tengo un maletín de primeros auxilios en el cuarto de
baño. No te muevas.
—Es genial que te cuiden.
Mientras atravesaba corriendo el salón Charlie estaba extasiada con su película
favorita. Debería estar concentrada en solucionar el último desastre de su vida:
pegarse con alguien.
Nunca sería capaz de ponerse su perfume sin recordar sus palabras, unas
palabras que la habían llenado de salvaje alegría: estaba tan dolido como ella. Había
otra explicación menos halagüeña: debía estar reciclando viejas estrategias. Había
tenido tantas mujeres que no se podía esperar que fuera original.
Además tendría que ser un gran actor para fingir aquel deseo en su voz. Se le
erizó el vello al revivir aquellos segundos intensos.
—Perdona si te duele —se disculpó poco después mientras apretaba la venda
para detener la hemorragia.
—Hace que me olvide del otro dolor.
—¿Cuál?
Levantó la vista hacia su cara y deseó inmediatamente no haberlo hecho.
—Creo que sabes de qué dolor estoy hablando.
Lo supo entonces, sus ojos eran muy elocuentes.
—No voy a ofrecerte que te duches con agua fría aquí. Estoy segura de que
tienes una buena ducha en casa.
—¿Me enviarías de vuelta a los setenta? ¿A los azulejos negros y a los espejos en
el techo? Eres una mujer muy cruel.
—Si no te gusta… —empezó a decir.
—Cuando me preguntaron mi opinión cometí el terrible error de contestar que
me daba igual.
—¿Por qué hiciste esa tontería?
Ella terminó de curarlo poniéndole esparadrapo en la venda y se retiró para
comprobar su trabajo.
—Porque no me importaba.
—Qué raro.
—Ya habías hecho esto antes —aseguró girando la mano vendada.
—Ya conoces a Charlie, ¿y te sorprende? Aunque nunca se había peleado antes.
—Me contó la historia antes de que la regañaras —comentó con naturalidad.
—¿Por qué lo dices? —preguntó—. ¿Te ha dicho algo?
La idea de Charlie confiando en alguien que era casi un completo
desconocido… «¡Cielos! ¡Estoy celosa!».
—A veces es más fácil hablar con alguien que no es parte de…
—¿Parte del problema? —terminó ella.
—Ella es muy protectora contigo.
—No hace falta que me lo digas, Ben.
Benedict suspiró, la miró a la cara que estaba sonrojada de la emoción y tensa, y
asintió.
—Parece que tienen una clase en el colegio en la que cada uno tiene que escribir
una biografía de su padre. Cuando le tocó a Charlie le dijo a todo el mundo que su
padre salió de un banco de esperma.
—¿Que dijo qué?
—Supongo que esa información es de buena tinta.
—¿Qué crees que soy?
—Es lo que cree Charlie, ese es el problema.
—¿Y tú sabes lo que cree ella? —preguntó con hostilidad.
—No mates al mensajero, Rachel. ¿Preparo un té? —se ofreció después de mirar
sus facciones pálidas y consternadas.
—¿Por qué no?
De todos modos era inútil negarse. ¿Por qué no hacía las tareas domésticas
también? Sabía que estaba siendo ingrata y petulante pero no podía evitarlo.
—Un chico empezó hacer insinuaciones desagradables sobre tu… en fin…
orientación sexual y, como ya he dicho, Charlie es muy protectora.
Rachel cerró los ojos y gruñó.
—Nunca me ha preguntado por su padre.
«¿Si lo hubiera hecho que le habría dicho? ¿Cómo le hubiera explicado lo de
Raoul?».
—¿No quiso hacerse responsable?
—Está muerto —explicó con un tono plano y sin emoción.
—Ya entiendo.
Rachel levantó los codos de la encimera y se enderezó mirando a Benedict.
¿Qué entendía? ¿Qué era una tragedia que había separado a dos jóvenes
enamorados? Fuera lo que fuera estaba lejos de la verdad.
—Mi seguridad en mi capacidad como madre acaban de caer en picado.
—No menosprecies lo que has hecho, Rachel. Charlie es una niña excepcional.
Debe haber sido difícil hacerlo sola…
—No estaba sola —interrumpió con impaciencia—. El dinero que heredé de mi
tía Janet me permite vivir aquí con cierto lujo, no tanto como tú, pero la mayoría de
la gente no se quejaría. Cuando Charlie era pequeña la tía Janet siempre estaba a
nuestro lado. Ella me permitió que siguiera con mis estudios. Yo lo tuve fácil en
comparación con otras madres solteras. Tenía una red de seguridad…
—¿Y sentido de la medida?
—¿Cómo? —preguntó. Él parecía desconcertantemente aburrido.
—¿No crees que te estás pasando de la raya con lo de tu incapacidad como
madre?
—Eso es gracioso viniendo de ti —replicó con incredulidad—. ¡Acabas de
decirme todo lo que estoy haciendo mal!
—Rachel, todo lo que sé sobre el cuidado de los niños cabría en un sello de
correos. Claro que voy a decirte que deberías abrir tus horizontes sociales. Es lo que
más me interesa. Ambos sabemos que tengo una segunda intención.
—¿La tienes?
—Quiero ser tu amante, Rachel.
—¿Eso es todo? —soltó. Se había preparado para algo más inteligente y sutil. La
crudeza de la verdad era aplastante. Sabía que el color de su cara estaba fluctuando
acorde con los cambios violentos de la temperatura de su cuerpo—. Estás muy
seguro de ti mismo.
—De lo único que estoy seguro es de que estaríamos bien juntos, muy bien.
Su sistema nervioso reaccionó tan violentamente al tono áspero de su voz como
si hubiera recibido una caricia.
—Nigel…
—Sí, Nigel —musitó—. Creo que deberías decirle a Nigel que habéis terminado,
¿no crees?
Abrió la boca pero no salió ningún sonido. Su arrogancia quitaba el aliento
literalmente.
—¿Por qué debería hacerlo?
No importaba que ella hubiera sabido desde la noche en que la propuso en
matrimonio que su cómoda relación con Nigel tenía los días contados. ¿Qué derecho
tenía Benedict a darle órdenes?
—Preferiría tener la exclusiva…
—¿De qué, de mi cuerpo? No soy una feminista radical pero eso es lo más
humillante que me han…
—Puede que no estés en política pero eres la mujer más independiente que he
conocido jamás.
—Quieres decir que no estoy pendiente de cada cosa que dices.
—No me malinterpretes. Me gusta la independencia. Estoy porque las chicas
tomen la iniciativa —ronroneó sugestivamente.
Ese recordatorio poco sutil de su lapsus anterior la hizo levantar la barbilla a
pesar de sus mejillas llameantes.
—Un beso y ya das muchas cosas por supuestas. Tú consigues la exclusiva
sobre mi cuerpo y ¿y yo qué consigo? Nigel quiere casarse conmigo…
Ella dejó caer las palabras provocativamente. Eso debería hacer que saliera
corriendo. La perspectiva no la hizo sentirse tan feliz como debería.
—No te estoy pidiendo en matrimonio.
No parecía tan intimidado por la sugerencia como ella esperaba. No parecía
molesto en absoluto.
—Me sorprendes —soltó sarcásticamente—. Dime, ¿las mujeres hacen siempre
lo que tú les pides? Deben hacerlo, nada más podría explicar tu increíble arrogancia.
—Dejé de compararte con mis otras acompañantes a los treinta segundos de
conocerte. Afortunadamente me gustan los retos. Me gustas tú.
—¿De verdad?
—No pareces tan sorprendida, Rachel. Claro que me gustas. Si me dieras media
oportunidad descubrirías que no carezco de rasgos favorables.
—No tengo tiempo para… complicaciones.
«O para que me rompan el corazón».
—Así que admites que soy una complicación.
—No queremos las mismas cosas en la vida, Ben.
Su boca se tensó y un inesperado brillo de ira se prendió en sus ojos.
—¿Y desde cuándo te has convertido en una experta en lo que yo quiero de la
vida?
Ella lo miró perpleja por su enfado palpable.
—No lo soy. No podría serlo, ¿o sí? Nunca me cuentas nada —replicó. Cuanto
más se iba metiendo en el tema más se intensificaba su enfado—. Eres muy hábil
para sacar información personal sobre mí pero ¿qué sé yo sobre ti? —continuó. Hizo
un gesto tan exagerado que tiró al suelo con gran estruendo una sartén de cobre que
estaba colgada en la pared—. Cero. Pero a juzgar por el cotilleo de la oficina tu vida
sigue un patrón bastante predecible.
—Todo lo que tenías que hacer era preguntar. Para ti soy un libro abierto. ¿Qué
dicen sobre mí en la oficina?
—Depende de con quien hables, hombre o mujer —respondió con dulzura. No
iba a alimentar su ya inflado ego.
—¡Vaya! —exclamó sorprendido con una sonrisa.
—Me voy a llevarle a Charlie su bebida —anunció dando la espalda con
decisión a él y a aquella conversación inquietantemente íntima.
Capítulo 4
—Y entonces mamá lo besó. Pensaron que estaba dormida…
—¡Charlie!
—Hola mamá. Dejé a Nigel que pasara. No oíste el timbre. Supuse que Ben y tú
estabais…
—Ya basta, Charlie. ¡Vete a tu cuarto! —ordenó Rachel con calma. El tono de
voz de su madre hizo que desapareciera su expresión animada.
—Pero…
—¡Ahora!
La expresión dolida de incomprensión de Nigel estaba haciendo que se sintiera
como una ramera. Parecía un hombre al que le han arrebatado su fe en Santa Claus.
No podía culpar a Charlie, aunque no se engañaba pensando que había habido
algo de ingenuidad en aquellas confidencias. Pronto tendría que confesar sus
verdaderos sentimientos, o más bien la falta de ellos. Con la crueldad de los niños
Charlie había aprovechado la oportunidad de deshacerse de alguien que no le
gustaba a pesar del daño que podía estar causando.
—¿Quieres que me quede?
Rachel alzó la vista hacia Benedict que había entrado en la habitación tras ella.
—Creo que no —respondió con calma. Sería como hurgar en la herida.
—¡Dios mío! —exclamó Nigel levantándose con una expresión de
incredulidad—. Es el tipo con la actitud… el abogado para el que trabajas —
continuó. Desplazó la mirada del rostro impasible de Benedict al rostro enrojecido
por la culpa de Rachel—. Cuero negro y cambio de personalidad… No sabía que ese
tipo de jueguecitos te excitaran, Rachel.
El desprecio de su voz la hizo sentir sucia y más culpable si era posible.
—Fue sólo una coincidencia, Nigel.
Soltó una carcajada de desdén.
—Por favor. Puede que no sea un gran intelectual pero no me tomes por tonto.
No creo en las coincidencias.
¿Qué podía decir? No había querido que terminara así. ¿Por qué había dejado
que las cosas sucedieran? ¿Por qué había besado a Ben? Un millón de porqués
surgieron en su mente.
—Supongo que no querías ir de prisa con él.
La miró con disgusto mientras imitaba su voz.
—Ben y yo…nosotros no… Quiero decir que no hemos…
Miró hacia la figura alta y silenciosa a su lado buscando inspiración.
—Aún. Aún no lo hemos hecho, cariño —aclaró Benedict.
—¡Gracias! —exclamó entre dientes. Probablemente a él le divertía aquello.
—Me alegra haber averiguado ahora la clase de mujer que eres antes de que
fuera demasiado tarde. Estaba dispuesto a ser comprensivo con la indiscreción
juvenil.
Rachel se quedó rígida por aquella alusión condescendiente a su hija. Benedict
le rodeó la cintura con un brazo y ella agradeció el contacto. Movió los dedos por el
hueso de su cadera. El movimiento lento, sensual y calmante le quitó parte del
nerviosismo. También provocó otras sensaciones.
—Si hubiera sabido que tus gustos se encaminaban hacia las perversiones…
Nigel apretó los labios mientras la miraba abiertamente con desprecio mientras
la paciencia de Rachel flaqueaba.
—Siento haberte herido, Nigel, pero eso es sencillamente ridículo y tú lo sabes.
No puedo casarme contigo. Debería habértelo dicho.
—¿Crees que yo querría? —preguntó mirándola como si estuviera loca—. Me
alegro de que nunca nos hayamos acostado…
—Tú y yo, los dos —murmuró Benedict suavemente en el oído. Le puso un
mechón suave de cabello castaño detrás de la oreja y le envió una descarga eléctrica
hasta los pies.
Los ojos de Nigel mostraban celos ante ese gesto de intimidad.
—Pensé que eras alguien especial. Te puse en un pedestal. Ahora sé que Jenny
tenía razón sobre ti.
—¿Jenny?
—La prima de Ted Wilson. Fue muy comprensiva el martes.
—El martes estabas constipado.
—Por si quieres saberlo sentí que necesitábamos pasar tiempo separados para…
—¿Para que te pusieras de mal humor? —sugirió—. ¿Y entretener la cena con
mis defectos?
—Entonces no conocía ni la mitad.
—¿Has estado saliendo con esa persona tan comprensiva? ¿Cómo se llamaba?
Siempre había aceptado que las reuniones de trabajo eran su razón para
cancelar las citas en el último minuto. ¡Pero parecía sospechosamente que se habían
abierto las opciones!
—Jenny —respondió con los labios prietos con aspecto molesto cuando ella sacó
el tema—. Es todo muy inocente.
—¿Fue eso lo que le dijiste a ella sobre lo nuestro?
La mancha carmesí que llenaba su rostro pálido era más reveladora que
cualquier palabra.
—Te pedí que te casaras conmigo —replicó con un tono malhumorado.
—Échalo a cara o cruz otra vez —le contestó. Se sintió mejor al saber que Nigel
no era tan santo como había creído.
—Las mujeres promiscuas como tú se encuentran por todas partes y hoy en día
está la cuestión del contagio desde el punto de vista médico.
—Ya vale —intervino de repente Benedict con decisión—. Un poco de bilis es
comprensible cuando te han dado donde duele, pero creo que Rachel ya se ha
arrastrado bastante por la culpa. Corta por lo sano y esfúmate —ordenó con un tono
educado pero la luz de peligro de sus ojos decía otra cosa—. No se te ocurra
regodearte con más insultos pintorescos o puede que a mí se me ocurra…
¡Aquella intervención era demasiado! Rachel se soltó de su brazo.
—Soy perfectamente capaz de resolver mis problemas sola.
Él se encogió de hombros y juntó las manos en un gesto de sumisión jocoso.
—Nunca pensé otra cosa.
Su sonrisa tenía una calidez acariciadora que borró su ira.
Ella carraspeó.
—Bien —dijo—. Nigel…
—No te preocupes, me voy. Ya veo cómo están las cosas —aseguró mirando a
Rachel y al hombre alto a su lado—. No estoy ciego. No te preocupes, conozco la
salida —concluyó con amargura. El ruido del portazo retumbó por toda la casa.
—Pobre Nigel.
—No le tengas lástima, Rachel, no te va. El pobre Nigel tiene una mente sucia y
una sustituta en la manga, el astuto Nigel…
—Él no es así, de verdad. Estaba herido y humillado.
Benedict encontró irritante su defensa de su anterior amante aunque parecía
que la parte del amor no se había concretado mucho.
—¿Por qué no te acostaste con él?
—¿Es obligatorio?
Difícilmente podía explicarle que era una persona cauta con escaso impulso
sexual después de cómo se había comportado con él.
—Cuando te vas a casar con alguien generalmente lo es —confirmó.
—No le dije que sí.
—Eso dijo él.
—Quiero decir que no dije que me casaría con él.
—¿No le parecía un poco raro? —continuó Benedict con una insistencia que ella
consideró poco delicada.
—Era sensible y comprensivo.
—¡Más bien muerto de cuello para abajo!
—A veces eres muy grosero y vulgar —afirmó con frialdad.
—A veces —aseguró con calidez.
Esa calidez la hizo echar un paso atrás. Ese movimiento impetuoso hizo que se
chocara contra una mesa sobre la que se cayó en una maraña de brazos y piernas.
—¡No me toques! —le ordenó mientras él se acercaba—. No puedo pensar
cuando me tocas.
—Eso es lo más bonito que me has dicho nunca —confesó mientras ella se
levantaba, colocaba la mesa y deseaba haber llevado pantalones. Se tocó con los
dedos ligeramente temblorosos.
—Pues guárdatelo porque es todo lo que vas a conseguir —replicó.
—Yo me guardo cada palabra que me dices, Rachel, incluso algunos de tus
insultos.
Una carcajada involuntaria se le escapó. ¡Era imposible! Al agitar la cabeza
lentamente de lado a lado mientras le lanzaba una mirada de reprobación perdió la
última horquilla y su cabello ondulado y brillante le cayó a los lados de la cara.
—¡Maldita sea! —gritó con impaciencia mientras el pelo descansaba sobre sus
hombros.
—¿Es tan suave como parece?
El tono de su voz tanto como la expresión hambrienta de su rostro la
advirtieron del peligro inminente de aquella situación.
—Creo que tú también deberías marcharte, Ben. Te agradezco tu ayuda —dijo
al fin—. Estoy cansada, quiero acostarme —se disculpó. El repentino brillo malvado
de sus ojos hizo que se ruborizara—. Y necesito hablar con Charlie —concluyó con
toda la dignidad de que fue capaz.
Tenía dignidad a raudales. Su marca de fábrica era la calma, la serenidad
imperturbable, lo sabía y le gustaba. ¿Qué le había ocurrido? No era la clase de mujer
que necesitara un hombro en el que apoyarse. No era la clase de chica que besaba a
los hombres inadecuados que consideraban a las mujeres un modo placentero de
pasar el tiempo.
—¿Sobre su padre?
—No lo sé —respondió con sinceridad —. Supongo que tocaremos el tema de la
inseminación artificial —admitió con sequedad. Había llegado el momento del
discurso sobre las relaciones amorosas y no le apetecía demasiado. No había sido el
mejor modelo del mundo en ese campo.
—¿Y nosotros qué?
—Te veré en la oficina mañana —contestó malinterpretándole deliberadamente.
—Con el pelo bien recogido… Lo sé —dijo con un toque de ironía que la
sonrojó. En la puerta se giró bruscamente—. Déjate el pelo suelto para mí mañana,
Rachel —sugirió con ímpetu.
Aún seguía digiriendo aquella petición ridícula cuando se marchó. El pelo
suelto. ¿Y qué diferencia habría? Él lo vería como una especie de derrota silenciosa,
una rendición.
Rendición… Un repentino temblor recorrió su cuerpo y fue consciente de cómo
sus pechos se apretaban contra la camiseta blanca que llevaba. Estaría loca si se
rendía a sus fantasías.
La conversación con Charlie se retrasó hasta por la mañana. Cuando entró en la
habitación su hija estaba tumbada boca abajo sobre la cama. Rachel le quitó los
zapatos y la tapó con la colcha antes de telefonear a la vecina que cuidaba de Charlie
después del colegio hasta que ella llegaba de trabajar. Afortunadamente estaba
conforme con cuidarla al día siguiente. Le hubiera gustado quedarse en casa pero ser
una madre trabajadora requería encontrar un punto intermedio.
Los ojos de Benedict se posaron en la mesa de su secretaria cuando entró en el
otro despacho. El sol de la mañana caía directamente sobre la esquina donde
manejaba con eficacia el procesador de textos.
—Buenos días —saludó Rachel colocándose el teléfono contra la cara—. Llamó
tu padre, está de camino.
Ni una visita real podría arruinar aquella mañana. Benedict asintió.
—Gracias, Rachel.
Rachel hubiera sabido de todos modos que su agradecimiento no se refería a su
habilidad para transmitir un mensaje aunque él no hubiera fijado la vista en la masa
de pelo que le caía sobre los hombros.
Casi había llegado tarde aquella mañana. Primero había regresado a su casa
para recogerse el cabello, pero después en el último momento entró en el cuarto de
baño de señoras para arruinar el esfuerzo.
¿Por qué no podía una chica cambiar su peinado si quería? Si Benedict quería
ver algo más era su problema. Podía racionalizarlo todo lo que quisiera pero había
estado esperando con ansia a que llegara. Le había complacido, si la salvaje
satisfacción que había brillado en sus ojos podía interpretarse como placer.
—¿Qué tal está Charlie esta mañana?
—Te manda un saludo cariñoso.
—¿Sucede algo?
Su percepción fue más precisa que nunca. «No quiero que mi hija se encariñe
contigo» habría sonado arisco pero era cierto. Había notado en la conversación de
aquella mañana que Charlie estaba mostrando una peligrosa tendencia a colgar la
etiqueta de figura paterna en el cuello de Benedict.
Había intentado con tacto disuadirla, pero era consciente de que sus palabras
habían caído en terreno baldío.
Tendría que cuidar su corazón ella sola pero no quería que el de su hija corriera
ningún riesgo.
Sintió el deseo repentino de recogerse el cabello en un moño. «¿Qué estoy
haciendo?». «También podría colgarme un cartel que dijera si me necesitas silba».
Stuart Arden no tenía la costumbre de llamar a la puerta y tomó a Rachel
totalmente desprevenida y a juzgar por la expresión de su cara, a Benedict también.
La visión de una rubia muy delgada, muy alta y muy joven rodeando con sus
brazos el cuello de Benedict fue un golpe traumático. Si hubiera tenido unas tijeras a
mano le habría cortado el pelo a la rubia en aquel momento y hubiera dejado que él
pensara lo que quisiera sobre su significado simbólico.
Sir Stuart Arden lucía una expresión de aprobación en su rostro.
—Pensé que te sorprendería con Sabrina —dijo mientras su hijo emergía de
aquel abrazo.
—Envuelta para regalo por lo que veo.
El gesto de Benedict no traslucía ninguna emoción pero Rachel estaba segura de
que le gustaba aquella forma de saludar, ¿a qué hombre no le gustaría?
—¿Te gusta, cariño?
Rachel observó con disgusto las uñas rojas y el vestido de rayas verdes y
moradas. Era de las mujeres que llaman a todo el mundo cariño
indiscriminadamente. Aunque en el caso de Benedict probablemente era
intencionado. Su aire de propiedad hacia él hablaba de una relación cercana. Pensar
en cuánto de cercana hizo que Rachel sintiera náuseas.
—Supongo que te cobrarían por los metros de tela —comentó observando la
largura de sus piernas.
—Le estaba diciendo a tu padre que apenas te he visto desde que volviste de
esa granja horrible —contestó poniendo morritos.
Rachel que había visto exactamente dónde se había posado su mirada habría
apostado dinero a que había practicado aquella risa odiosa durante horas para
conseguir aquella entonación seductora y perfecta.
—Considerando el poco tiempo que has pasado detrás de la mesa del despacho,
me sorprende bastante.
Rachel se percató inmediatamente de la tensión entre padre e hijo. Consciente
de que su ausencia del trabajo el día anterior había sido culpa suya, confió en que no
fuera esa la causa de la tensión.
—¿Tenéis tú o alguno de mis clientes alguna queja por mi trabajo?
Benedict sabía la respuesta de antemano. Su padre no era un sentimental.
Nunca había sido un secreto que quería que uno de sus hijos siguiera con la
tradición familiar de llevar el prestigioso despacho de abogados que había fundado
su bisabuelo, pero la presencia de Benedict había sido una decisión sabia más que un
caso de nepotismo.
Estaba allí porque era el mejor de su promoción de abogados y aquel despacho
siempre quería a los mejores. Había rechazado ofertas de despachos rivales y su
padre lo sabía aunque nunca lo mencionaba.
—Lo sabrías si la tuviera —confirmó Stuart Arden—. Estuve hablando anoche
con tu padre, Sabrina. Me dijo que te habías graduado con buenas notas en tu curso
de cordon bleu.
—Iba a practicar con Benedict.
Lo miró a través de sus pestañas maquilladas profusamente.
«Apuesto a que sí», pensó Rachel con disgusto. «¿Qué estoy haciendo? No
quiero participar en esta historia repugnante. No voy a competir por la atención de
un hombre de esta manera tan degradante».
—Pero me dejó plantada —continuó Sabrina suspirando. Le dio una palmada
en la mano—. Estaba desolada. ¿Te dijo papá que me va a poner una empresa de
catering?
—Bien, si puedo conseguirte algún cliente…
Así de fácil funcionaba cuando conocías a la gente adecuada. Ese era el mundo
de Benedict, no el suyo. La diferencia entre ellos nunca había sido tan evidente. Tenía
las manos sudorosas al teclear mientras intentaba fingir que no estaba escuchando.
Para los Stuart y Sabrinas del mundo las secretarias formaban parte del mobiliario.
Probablemente ni se habían dado cuenta de que estaba allí. Sin embargo las
siguientes palabras derribaron su teoría.
—Tú no eres Maggie.
—¿Perdón? —preguntó. No se dio cuenta inmediatamente de que se dirigían a
ella—. No lo soy.
El gran tipo se quedó esperando expectante y ella sabía que cada segundo iba
pareciendo más y más estúpida, pero sus cuerdas vocales estaban agarrotadas.
—Creí que tú habías tramitado el traslado temporal —intervino Benedict para
rescatarla.
—¿Sí? Hago tantas cosas aquí.
—Y como te fallan las facultades no se puede esperar que te acuerdes de todo
—añadió Benedict con un tono comprensivo.
—Eres un bromista —señaló Sabrina—. Ya me gustaría que los supuestos
jóvenes que conozco tuvieran la mitad de energía y dinamismo que sir Stuart.
Rachel nunca había entendido cómo hombres inteligentes de cierta edad se
dejaban engatusar por semejantes halagos. «Siempre funciona», pensó observando
cómo el distinguido aristócrata intentaba esconder su complacencia.
—Sólo me he acercado para invitarte a comer. Vendrás, ¿verdad, Ben cariño?
Aquel cariñito afectó a los nervios de Rachel igual que el torno de un dentista.
Apretó los dientes y se inclinó sobre su mesa fingiendo bastante bien que estaba
concentrada.
—Lo siento pero no puedo, Sabrina. Ya he quedado.
—¿Alguien que conozca? —inquirió apretando los labios visiblemente.
—Deja que te acompañe a la puerta.
—Te esperaré aquí, Benedict. Quizá la señorita French pueda traerme un café.
—Señorita French.
Se preguntó qué diría él si señalaba que su trabajo no incluía preparar los cafés.
Señorita French —la llamó inclinando su leonina cabeza ligeramente mientras
se acercaba a ella—. Reconozco mi equivocación —se disculpó. «Y eso no ocurría a
menudo», se dijo ella reprimiendo un súbito deseo de reírse por los nervios—. ¿Le
gusta trabajar para mi hijo? ¿Es un jefe considerado? —preguntó con naturalidad.
—Me alegra tener la oportunidad de usar mis conocimientos de idiomas.
Rachel tuvo la impresión de que nada de lo que decía aquel hombre era casual.
—Muy diplomática. Me han dicho que es una mujer muy inteligente —
comentó. Rachel frunció el ceño. El modo en que había dicho inteligente sonó casi
como un insulto—. Tengo un amigo que trabaja en Bruselas y siempre está buscando
gente experta en varios idiomas. Estaría muy solicitada allí. ¿Ha pensado alguna vez
en viajar?
—Tengo una hija, sir Stuart.
—Un internado es la solución. Los hace independientes. A nuestros hijos les
encantó. Me gusta el café cargado —añadió bruscamente mientras entraba en el
despacho de Benedict.
Esa preocupación repentina por su futuro encendió la alarma en la cabeza de
Rachel. ¿Qué había detrás de ese interés? De repente se sintió incómoda.
—Éste es para mi padre, ¿me lo llevo? —preguntó. Ella asintió—. Me lo llevo —
afirmó quitándole la taza de la mano—. Habrá una llamada urgente en… —miró el
reloj—… digamos siete minutos. No te quedes tan asombrada, Rachel. ¿Dónde crees
que aprendí mis tácticas?
Rachel permaneció mirando mientras cerraba la puerta. Ser huérfana y no
recordar a sus padres hacía que no fuera una experta en la dinámica familiar pero lo
que Benedict tenía con su padre no parecía una típica relación padre —hijo.
Stuart Arden se sentó en la mesa de su hijo. Era un gesto inspirado más por la
costumbre que por la creencia de que podría intimidarlo. Lo conocía demasiado bien.
La independencia de Benedict había sido una característica irritante incluso cuando
era un bebé. A menudo pensaba que se había quedado con la de su hermano mayor.
La única vez que Tom había mostrado tener agallas fue cuando se negó a seguir los
pasos de su padre.
—¿Qué puedo hacer por ti, padre?
Benedict depositó la taza sobre la mesa y se dirigió hacia la ventana. No
advirtió la luz roja que indicaba que su padre había encendido el intercomunicador.
—Hablar sobre ti y esa señorita French.
—Debes haber estado escuchando mucho tiempo para oír alguna conversación
—comentó Benedict con escepticismo.
—Algo pasa contigo desde que volviste y ayer dejaste la oficina y cancelaste
todas tus citas de por la tarde. No hace falta tener mucha imaginación.
—No mucha, sólo de una clase especial —replicó. Con la cabeza ligeramente
inclinada hacia un lado y los ojos arrugados atravesó la habitación y miró a su padre
pensativamente—. Así que sacaste su ficha y te acercaste aquí para examinarla. Se
llama Rachel.
Benedict estaba demasiado acostumbrado a lo procedimientos de su padre para
sorprenderse por el descubrimiento.
—Hay una política de empresa respecto a ese tema.
—Ahora hay una nueva para mí —contestó Benedict.
—¿Te acuestas con ella?
—¿Este intercambio de intimidades es para estrechar nuestra relación? Odio
decepcionarte pero ya tengo un buen amigo con el que compartir mis secretos.
—¿Compartir, tú? Eso no me lo creo. Tú nunca proporcionarías información
sobre tu vida voluntariamente. Siempre fuiste un niño muy evasivo…
—Sólo estaba siendo amable —admitió Benedict—. Me conoces muy bien.
Métete en tus asuntos sonaba tan… escueto e irrespetuoso.
Stuart Arden apretó la mandíbula y tamborileó los dedos con impaciencia
sobre la mesa. Aquel irritante tono lánguido de Benedict siempre le había enfurecido.
Lo hacía a propósito, por supuesto.
—Trabaja para ti, tiene una hija… Vas a generarle… falsas esperanzas. Por
supuesto ella lo está deseando. No estoy diciendo que ella lo haya planeado
deliberadamente para atraparte.
—Eso es muy generoso por tu parte.
—Puedes mofarte de esto, Benedict, pero tienes que analizar los hechos. ¿En su
posición quién podría culparla por…? Tú eres un buen partido. La convertirás en el
objeto de todas las bromas cuando hayas terminado con ella.
—Que jefe tan ejemplar eres —afirmó respirando con admiración—. Eres muy
considerado con tus empleados. Me interesa saber cuál es el motivo. ¿Es puro
instinto paternal o vigilancia?
Su humor resignado se había transformado claramente en ira pero su padre
continuó obviando el cambio.
—¿Por qué vas por ahí buscándote problemas cuando hay tantas jovencitas
disponibles como Serena…?
—Sabrina —le corrigió.
—Como sea. Una esposa adecuada es muy importante para una persona de tu
posición. Si hubieras estado casado no habrías deseado pasar seis meses buscando un
administrador para esa maldita propiedad —añadió.
—Conociendo a la abuela probablemente tengas razón —admitió Benedict con
una sonrisa—. Me sorprende que te casaras con mamá considerando su poco pedigrí.
Por alguna razón me viene a la cabeza la palabra hipócrita.
—Eso es completamente diferente.
—Por supuesto. ¿Pero tengo razón? El consenso es que debería casarme… más
temprano que tarde. ¿Cómo sabes que no lo estoy considerando?
—¿Tú cargando con lo que ha desechado otro hombre?
—¿Estamos hablando de la madre o de la hija?
—¡De las dos! Sería un suicidio social. ¿Tienes idea de cuántos secretos de
familia puede tener una mujer así? Un juez del Tribunal Superior necesita un pasado
impecable…
A Benedict se le escapó una carcajada.
—¡Juez del Tribunal Superior! ¿Así que eso es lo que quiero ser de mayor, papi?
—Tienes un brillante futuro ante ti, todo el mundo lo dice —se defendió su
padre consciente de que había llegado demasiado lejos en el acaloramiento del
momento.
—Gracias, padre.
Una sonrisa que preocupó a su padre se dibujó en los labios de Benedict.
Se levantó de la silla de cuero lentamente.
—¿Gracias por qué? —preguntó. Emily le había advertido que lo dejara en paz.
Su esposa generalmente sabía de qué estaba hablando.
—Por recordarme que es «mi» vida.
—¿Tu vida? ¿De qué estás hablando? Tú eres un Arden, chico. Eres mi
heredero.
—¿Mientras me mantenga a raya? —sugirió Benedict—. Tienes más hijos.
—Tu hermano está satisfecho siendo un abogado de pueblo.
Movió la cabeza incapaz de comprender cómo su primer hijo era feliz con
aquella vida.
—Nat…
—Natalie es una chica.
—Abre los ojos. Nat es una chica con suficiente empuje y ambición y con tanto
cerebro como yo.
—¿Acaso consiguió entrar en Oxford cuando tuvo…?
—Ya sé que no ha ido al colegio desde hace tres años, pero es sólo porque no
creíste que mereciera la pena empujarla… como solo era una chica.
—¡Tú no te quejaste!
—Quizá no te das cuenta de lo que es verdaderamente importante hasta que no
es demasiado tarde —le dijo pensativamente.
—Te diré una cosa, padre. Deberías prestar atención a Nat uno de estos días,
podrías llevarte una agradable sorpresa. Está deseando probarte su capacidad.
—No como tú —replicó malhumorado pero Benedict pudo ver que parecía
pensativo—. Con respecto a esa mujer…
—Rachel —le recordó con firmeza.
—Sólo estoy pensando en lo que es mejor para ti.
—Una apisonadora sería menos destructiva que tu preocupación —confesó
sinceramente pero sin acaloramiento—. Si te hace sentir mejor ella no está interesada
en mí…
—Quizá tenga algo después de todo.
—La aprobación de mi padre. Me siento mucho mejor.
—Te agradecería que fueras más respetuoso jovencito, y no estoy aprobando
nada.
—¿Fuiste grosero con ella?
—Fui extraordinariamente cortés.
—¿De veras?
La sospecha de su hijo le hizo resoplar con exasperación.
—Es posible que haya encendido por accidente el intercomunicador mientras
estábamos aquí…
—Mientras la estabas llamando arribista. Supongo que te asegurarías de que
solo recibiera una versión censurada.
—Naturalmente cuando vi la luz roja lo apagué…
Lanzándole una mirada fiera que lo hizo estremecerse Benedict se dio la vuelta
y salió de prisa fuera del despacho.
Sorpresa, la habitación contigua estaba vacía. No podía volver a su despacho,
no confiaba en poder mirar a su padre otra vez y menos hablar con él. Había sido
demasiado tolerante durante años con ese anciano manipulador.
¿Dónde habría ido? Su bolso medio abierto estaba sobre la mesa. La respuesta
era evidente. ¿A dónde iban las mujeres cuando querían llorar en privado?
—Buenos días, Ben.
La última pasante contratada por la firma se lo quedó mirando sorprendida
mientras él entraba cauteloso en el cuarto de baño de señoras.
—Buenos días, Sara.
Una rápida hojeada le demostró que no había nadie delante de los espejos que
ocupaban todo lo largo de la habitación enmoquetada. Una puerta estaba cerrada.
—Sé que estás ahí, Rachel, deberías salir. Sólo escuchaste lo que mi padre
quería que oyeras —su voz hizo eco en el techo alto—. Sé que puedes oírme, Rachel.
Tengo que hablar contigo. Sal. ¡Maldita seas, si no sales tiraré la puerta abajo! —
advirtió.
Sintió alivio cuando escuchó el sonido del cerrojo de la puerta.
—Rach…
Su sonrisa se desvaneció cuando salió su ocupante.
—Siento decepcionarte, Ben, pero soy yo.
Una abogada con la que había trabajado en varias ocasiones se acercó
intentando sin mucho éxito ocultar su sonrisa burlona.
—Carol. Hola. Creí que eras otra persona.
—Ya me he dado cuenta —afirmó—. No tenía ni idea de que fueras tan
romántico ni tan… fuerte.
Un poco de envidia se mezcló con asombro al sucumbir finalmente a la risa
cuando se quedó sola.
Capítulo 5
—Lo siento llego tarde.
Kurt Hassler se puso de pie ofreciendo la mano.
—No te preocupes, Ben. Rachel me explicó que tenías algo urgente. Nos han
tratado muy bien.
—Seguro que sí.
Rachel apartó los ojos de aquella mirada irónica.
—Los veré a todos después de la comida, caballeros —se despidió sonriendo y
se levantó.
—Es una comida de trabajo. Creo que sería beneficioso que te quedaras con
nosotros, Rachel. Además la jornada de la tarde va a ser larga. No queremos que
desaparezcas antes de que terminemos —bromeó Ben. Se dirigió a los otros—. Estas
jóvenes siempre con las manzanas y el yogur, dichosas dietas.
Hubo una expresión de acuerdo generalizada y una lluvia de cumplidos
respecto a su figura.
Estaba segura de que Ben sabía perfectamente cuánto odiaba aquel tipo de
situaciones de palmadita en el hombro.
—No hago dieta y nunca he recibido ninguna queja sobre mi aguante.
No iba a permitir que Benedict supiera que había escuchado el principio de la
humillante conversación con su padre. Al menos podía dejar de preocuparse por la
posibilidad de caer en la tentación. Después de lo que había dicho sir Stuart no le
cabía la menor duda de que Ben la evitaría. Por una aventura con una simple
secretaria, sobre todo cuando ¡horror de los horrores! tenía una hija, no merecía la
pena arriesgar un futuro brillante.
Y después de aquella tarde no tenía ninguna duda de que él tenía un gran
futuro. Se abrió camino en el laberinto legal que había desesperado a Albert. Los
clientes se marcharon satisfechos, sabiendo que les había salvado de una costosa
batalla legal y ella se fue a casa sabiendo que su tiempo como secretaria de Benedict
Arden iba a ser más breve de lo que había imaginado.
—¿Sigues ahí?
—Pregunta eso dentro de diez segundos y estarás hablando solo —aseguró
colocándose el bolso en el hombro—. Debes estar satisfecho de cómo te han ido las
cosas hoy.
—¿Qué pasó con mi llamada a los siete minutos? —preguntó Benedict
inesperadamente.
Se sentó en el asiento de la ventana y ella pensó que parecía malhumorado.
Con calma se abrochó la chaqueta oscura hasta el cuello. El modo preciso en
que lo hizo pareció irritarlo también. Algún impulso perverso la hizo quitarse una
mota invisible y alisarse la manga otra vez.
—La ayudante de Albert tenía un problema para encontrar unos papeles esta
mañana. ¿No te importó que me escabullera para ayudarla, verdad?
—¿Por qué debería importarme?
—Pareces un poco… nervioso —observó inocentemente.
Ella contempló su mirada fija con indiferencia fingida.
—Nervioso —musitó—. Esa es la mejor definición de todas —continuó. Por
alguna razón la idea parecía divertirlo—. ¿Te sorprende? Has visto a mi padre…
—Lo había visto varias veces —admitió apretando los labios—. No sabía que lo
había impresionado tanto pero hoy parecía que sabía muchas cosas sobre mí.
—¿No le oíste, verdad? Mírame, Rachel —pidió Benedict y ella advirtió la
desesperación en su voz.
—¿Oír el qué? —respondió con un tono de perplejidad.
—Escuchaste lo que dijo mi padre, lo que él quería que oyeras.
—No es para tanto —aseguró mirando la hora con descaro—. Lo que oí tenía
mucho sentido.
Qué tonta había sido al imaginar que había sido algo más que una moda
pasajera. Los hombres como Ben Arden no se toman en serio a las mujeres como ella,
solo era una novedad para un paladar saturado. Debía estar agradecida a Stuart
Arden por haberla despertado.
Cuando Benedict habló su voz vibraba de ira y frustración.
—Parecería como si tú y mi padre estuvierais en la misma frecuencia.
Le temblaron las aletas de la nariz y la curva sensual de sus labios se convirtió
en una línea delgada blanquecina de rabia. Se acercó y puso las manos sobre su
mesa. La mesa de roble tembló ligeramente bajo su presión pero no tanto como sus
rodillas.
—¿Me permites? —preguntó con frialdad agarrando la esquina arrugada de un
documento bajo su mano.
Al inclinarse hacia delante el aroma cálido y masculino de su cuerpo arrebató
sus sentidos. Pudo apreciar la sombra de vello oscuro a través de la camisa fina de
algodón. A pesar del aire acondicionado el sudor goteaba entre sus pechos.
Derribó con las manos el montón de papeles que ella estaba intentando colocar.
—¿Quieres dejar eso?
—¡Me pagan por hacerlo! —replicó. Ni siquiera se había dado cuenta de que
había estado afilando unos lápices—. ¡No vas a llegar a ningún sitio conmigo
comportándote como un niño contrariado!
La máscara de indiferencia cambió bruscamente y de repente empezó a temblar
de emoción reprimida, de vergüenza. ¿Cómo creía él que se sentía cuando hablaban
de ella como si fuera un… un objeto?
—¿Cómo podría ir a algún sitio contigo?
Su voz ronca la hizo temblar.
—¿Por qué no me despediste? —preguntó. Se mordió con fuerza el labio.
—Porque le dejaría vía libre para una acusación por despido improcedente —
respondió Benedict. No dudaba que su padre usaría ese método.
—Espero que le dijeras que no tenía de qué preocuparse. Un beso, un poco de
coqueteo… Estoy segura de que eres más práctico de lo que él cree. Se necesitaría
algo más que yo para apartarte de tu brillante futuro.
—Soy incluso más egoísta de lo que tú te crees.
No sabía qué significaba aquella respuesta oscura y misteriosamente la
expresión de Benedict no era de alivio como ella había esperado después de haberle
dejado libre tan generosamente.
—No me gustaría ser la causa de vuestras diferencias.
—El desacuerdo es el estado natural entre mi padre y yo.
—Bien, eso te va pero no me siento cómoda estando en la mitad de vuestro
campo de batalla privado —replicó. Se le llenaron los ojos de lágrimas y parpadeó
con enfado—. Escuchar que hablabais de mí… me hizo sentir sucia y…
—Herida —terminó Benedict.
—No importa —afirmó—. Sé que mucha gente cree que por ser madre soltera
estás siempre al acecho para rectificar esa situación —explicó. Tragó saliva y
carraspeó. Perder la calma no iba a ser de mucha ayuda—. Hablando de la comida,
¿te reservo una mesa para dos para mañana?
—¿Qué te hace pensar que voy a necesitar una mesa para dos?
—Pensé que querrías comer con Sabrina. Dejó un mensaje al respecto. ¿No lo
has oído?
—Lo hice.
—Parece una chica muy persuasiva.
—También es una gran cocinera —añadió—. Hace que te preguntes por qué me
conformo con un insulso sándwich de queso en lugar de ir a un restaurante,
¿verdad? —continuó cruzándose de brazos mientras ella le miraba perpleja—. Iba de
camino hacia allí cuando Charlie me secuestró. ¿Puedes escribir una carta?
—Por supuesto —respondió recogiendo dignamente los lápices afilados del
suelo.
—Es una carta de dimisión —informó con calma.
—¿Una qué? —gritó irguiéndose y dándose una golpe con la mesa en la
cabeza—. ¡Ay! ¿Quieres que dimita?
—Es «mi» carta de dimisión.
—¡No puedes dimitir por mí! —replicó horrorizada.
—No dimito por ti.
—Claro que no.
—Aunque creo que sería todo un detalle —añadió con tono frívolo.
—Creo que deberías pensártelo bien, Ben.
—Sé que crees que soy un juerguista caprichoso, incapaz de una reflexión
serena —replicó. El brillo irónico de sus ojos la hizo sonrojarse—. Pero ya lo he
decidido. Es algo sobre lo que he estado pensando desde que volví de Australia.
Vuelvo allí…
«Y yo pensando que su decisión tenía algo que ver conmigo».
—Ya entiendo —contestó—. Y cómo emplees tu tiempo libre no es asunto mío.
Eres soltero, un buen partido y es natural que quieras desmelenarte —continuó. Esas
palabras provocaron que él posara su mirada en su pelo que le caía sobre los
hombros—. La vida social de Londres probablemente se paralizará sin ti —añadió
rápidamente.
—Eso suena un poco impersonal. Preferiría imaginar almohadas mojadas de
lágrimas.
—El mundo está lleno de mujeres impresionables —replicó dejando muy claro
que no se consideraba una de ellas.
—Puede que tu mundo lo esté pero yo conozco a pocas —respondió Benedict
con sequedad.
—Quizá tengas más suerte en Australia. Las mujeres australianas son más
abiertas.
—¿Te vas por alguna razón?
—Cuidado, Rachel, pareces celosa —señaló suavemente. Obvió su protesta—.
Mi abuela me dejó un rancho en Queensland cuando murió hace cuatro años.
Nombré a un administrador y lo dejé estar hasta el año pasado cuando se marchó y
vi claramente que había estado quedándose con los beneficios.
—Vaya.
—Nina me había dejado el terreno pero poco dinero. Recuerda que estamos
hablando de diferentes proporciones, pon el rancho en Inglaterra y piensa en un
pueblo. Un montón de gente depende de su prosperidad. La acumulación de
productos y la sequía habían dejado el lugar en una situación muy mala. Me marché
a solucionar los pleitos y a nombrar a un administrador en el que pudiera confiar. Si
no fuera por el vínculo sentimental de mi madre con ese sitio… Ella se crió en el
Creek. Debería haberlo vendido. Era sólo una molestia.
—¿Lo era?
Benedict sonrió y se dio cuenta de que nunca había visto que sus ojos brillaran
con tanto entusiasmo.
—Sigue siéndolo pero tiene algo que no se te quita de la cabeza. Mi vida ha sido
siempre previsible: aprobar los exámenes antes y con mejor nota que los otros, ser el
primero, ser el mejor… Hace años que dejó de ser un reto. Connor’s Creek es
diferente. La tierra es… En definitiva, dejé de buscar un administrador y al final no
me importó.
—¿Nunca tuviste intención de quedarte?
«¿Me he convertido en una forma de llenar el tiempo, en una sustituta que
estaba a mano?», se preguntó amargamente.
—Dejé la opción abierta.
En su interior sabía que no era cierto. Siempre había sabido que iba a volver.
—No te imagino…
—Un traje se puede quitar. Me costó mucho convencer a la gente de allí que iba
en serio. Algunas personas se fijan demasiado en las apariencias.
Recordaba su aspecto sin traje y de repente no resultó tan difícil imaginarlo
ensuciándose las manos trabajando bajo el extenso azul del cielo.
—A tu familia no va a gustarle la idea.
¿Por qué se sentía así, tan vacía? Le atraía físicamente, nada más. Su marcha era
la solución perfecta para sus problemas. Sin Benedict, no había problemas.
—Papá tiene una clara heredera pero aún no se ha dado cuenta.
—¿Y qué pasa con el Derecho, tu carrera?
—Sobrevivirá sin mí. Para ser sincero siempre me ha aburrido.
—¿Es por eso que te lanzaste tan de lleno a la vida social, para compensar tu
estricta vida profesional? Perdona por decírtelo pero todo esto me suena poco
sincero. ¿Quién te dice que no te aburrirás de jugar al granjero dentro de unos años?
—Déjame la ironía a mí, Rachel. No te va —contestó. Su tono tranquilo la hizo
sentirse sencillamente vil—. No hay mucha gente que encuentra un lugar en el que
saben que quieren quedarse. Cuando decido lo que quiero nada ni nadie me desvía
del camino fácilmente.
Si alguien le hubiera dicho hacía un año que un hombre podía sentirse tan
unido a un lugar, a un trozo de tierra, se habría reído. Al explorar aquella vasta
extensión de terreno que llamaban el Creek había envidiado a los pioneros que se
habían asentado en la zona. Ese vínculo con la tierra no era algo que pudiese explicar
con palabras a nadie.
—Vas a dar un gran paso —dijo con voz ronca.
—Esos son los únicos que merecen la pena, Rachel. Él le ofreció la mano
mientras ella se daba cuenta de que aún estaba sentada en el suelo agarrando un
montón de papeles y la levantó. Con un pequeño tirón la acercó y automáticamente
ella levantó los ojos para mirarlo. Fue un error.
Él sabía cómo la hacía sentir. Tenía demasiada experiencia para no advertir las
señales que ella transmitía. Alejarse de Benedict Arden con su orgullo intacto podía
ser un pequeño paso en comparación con el suyo pero iba a ser una de las cosas más
difíciles que había hecho en su vida.
—¿Lo que me has dicho lo sabe más gente o quieres que sea discreta?
Cuando ella intentó dar un paso hacia atrás él deslizó sus dedos por la curva
del codo.
—Eres la única persona a la que se lo he contado —confesó. Ella pudo sentir la
telaraña de intimidad que estaban tejiendo a su alrededor esas palabras suaves—.
¿Sentirás que me vaya, Rachel?
—Solo soy tu secretaria temporal —le recordó—. No me afecta mucho.
—Lo estaba olvidando —afirmó suavemente. Tenía la mirada clavada en la piel
del cuello que dejaba ver la camisa—. Y supongo que un tono más personal podría
ayudar a mi causa.
—¿Cómo exactamente? —preguntó indecisa. Se le ocurrió que si alguien entrara
en aquel momento los cotilleos serían más consistentes que los meros rumores.
—No te gusta que le caiga bien a Charlie. Temes que se encariñe conmigo. De
este modo no hay posibilidad de que ocurra, ¿o sí? Yo solo estoy de paso.
—Siempre lo estuviste —replicó con amargura—. De todos modos no es cierto.
Levantó una ceja haciéndola caer en un silencio lleno de resentimiento. El
trabajo de una madre era proteger a sus hijos, se negaba a disculparse.
—Es una respuesta lógica. Quieres mantener a los hombres alejados.
Probablemente por eso le tomaste cariño al bueno de Nigel. Sabías que no era posible
que él descifrara la clave. No creo que sea una casualidad que tu casa haya sido una
zona libre de hombres.
—¡Eso es un montón de basura! —gritó. ¿Qué problema había en ser
emocionalmente independiente? Dicho por él parecía una enfermedad—. Soy
suficientemente mayor para darme cuenta de que algunas relaciones son transitorias,
superficiales. Charlie no lo es. No quiero que le hagan daño. Eres agradable con ella y
ella está viendo lo que no es. Está acostumbrada a hombres que salen corriendo
cuando saben que tengo una hija.
—Sé sincera, Rachel. Mírate al espejo —dijo tomándole la mejilla y examinando
su perfil con voracidad—. La mayor parte de los hombres soportarían a una tribu de
delincuentes juveniles si tú fueras parte del trato.
—La mayoría de los hombres quieren una relación superficial.
Su resistencia se iba debilitando. Si él hubiera elegido aquel momento para
borrar sus objeciones con un beso habría estado perdida.
—¿No era eso lo que tú querías con «Steve…» conmigo? ¿No tuviste fantasías
sobre hacer el amor con un completo desconocido, sin complicaciones, sin
preguntas? Te atraía él, yo. Nunca había visto un caso tan claro de lujuria a primera
vista. Sexo anónimo, ¿no pensaste en ello? Seguro que te tentaba. Serías
completamente libre de expresar con un desconocido tus necesidades del modo que
eligieras.
Los sentimientos que sus palabras insidiosas removieron hicieron que la cabeza
le diera vueltas de ira.
—Practicar el sexo con un desconocido no es mi idea de la seguridad —replicó
con incomodidad.
—Quizá una válvula de escape sería una descripción más apropiada —admitió
con calma—. Una liberación de todos tus deseos sexuales reprimidos. No me
sorprendería si la última persona con la que te acostaste fue el padre de Charlie —se
burló provocadoramente. Al ver su expresión se quedó paralizado—. ¡Dios mío! Es
cierto, ¿no es así? —continuó. El saludable tono aceitunado de su piel se había vuelto
blanco —. Un número difícil de repetir, ¿cierto?
Saber que su competidor estaba muerto no fue uno de los grandes momentos
de su vida. Los fantasmas no podían cometer errores.
Ella estaba tan sorprendida por su interpretación que no replicó. Con
diecinueve años y trabajando como au pair para una encantadora pareja en el sur de
Francia había reaccionado como la mayor parte de las jovencitas al conocer a un
famoso. Raoul Fauré había sido piloto de Fórmula Uno y conocido por sus trofeos
tanto con las mujeres como por las carreras.
Ella habría quedado satisfecha con adorarlo de lejos pero él no había mantenido
las distancias. Le había dicho que era la chica más bonita del mundo y ella le había
creído. Su declaración de amor había cumplido todas sus fantasías adolescentes. Lo
que siguió había sido inevitable.
La semana siguiente había vuelto a la casa pero aquella vez con una
encantadora actriz del brazo. La había tratado con el mismo afecto que a su hermano
como si no recordara nada. Poco más tarde lo comprendió. En aquel momento se
había sentido desconcertada y triste, su idealismo juvenil había sufrido un revés.
Entonces había sufrido un conveniente ataque de melancolía y los Fauré se habían
entristecido por su marcha pero habían sido comprensivos. No habían sospechado
nada.
—La castidad es una opción. El sexo no es importante para mí.
—¿Es eso verdad? —preguntó sin preocuparse por ocultar su escepticismo.
—Eso es lo que he dicho, ¿no?
Advirtió dos segundos tarde lo fácil que su actitud levemente beligerante podía
haber sido interpretada como un reto que Benedict parecía más que dispuesto a
aceptar. Su boca estaba caliente y hambrienta cuando tapó la de Rachel. Su sabor
suscitó una respuesta idéntica y derribó sus barreras.
Su cuerpo se arqueó mientras la levantaba del suelo con los brazos fuertes hasta
que se quedó de puntillas. Los muslos firmes se apretaron contra su cuerpo frágil. Su
piel estaba cubierta de sudor salado cuando aquella oscura cabellera se movía para
tocarla, probarla y atormentarla. Tiró de su cabello espeso y se le escapó un grito de
sorpresa cuando su espalda chocó contra la pared.
Él levantó la cabeza. Por un momento estuvieron cara a cara y ella vio el fuego
salvaje de la victoria en sus ojos oscuros y apasionados. Mordisqueó lentamente sus
labios temblorosos permitiendo que la lengua se deslizara dentro de aquella dulce
humedad.
—Eres un… —suspiró ella con voz ronca. Apenas podía respirar, aquella dulce
agonía la estaba ahogando. El ansia viscosa y cálida menoscabó su control.
—¿Qué soy? ¿Qué soy, Rachel? —insistió. Como ella ocultó la cara contra su
hombro él se apartó levemente y puso un dedo bajo su mejilla para obligarla a
mirarlo—. Dímelo.
Deslizó la mano libre deteniéndose brevemente cuando los dedos entraron en
contacto con el borde de sus medias. Ella sintió que la tensión acumulada en sus
músculos aumentaba y escuchó su respiración áspera. Colocó la mano en su trasero.
—Eres muy cruel y muy… muy guapo, Ben.
Era cruel por hacer que lo deseara tanto… que la hiciera el amor… Ella gimió y
de repente la dejó caer.
—Esto no tenía que ocurrir aquí —afirmó con voz espesa mientras la miraba.
Sus pestañas le rozaron la mejilla. No parecía estar consciente. El vigoroso subir y
bajar de sus pechos era la prueba de que seguía viva.
«No era lo único que no estaba previsto que ocurriera», pensó mientras él
movía los dedos por su cuello para acabar en su mejilla. Llevaba casi todo el peso de
su cuerpo en el brazo izquierdo.
—No va a pasar nada —aseguró confusa mientras lo miraba. El rostro tenso
dejaba claro que él era presa de un deseo desenfrenado. La prueba de ello estaba
presionada contra su vientre.
Intentar soltarse sólo aumentaba la presión. Aquella sensación fuerte
humedecía el interior de su abdomen en lo más profundo y era peligrosamente
dulce.
—He oído una negativa pero es ridículo.
Sintió un profundo escalofrío recorriendo su cuerpo y una sensación temblorosa
y cálida en la boca del estómago respondió con placer a su falta de control. Esa
oscura excitación no respondía a su deseo, al menos no al que reconocía
conscientemente.
La piel aceitunada brillaba levemente. Sin pensar acercó una mano y recorrió
con un dedo su mejilla. La leve oscuridad de su piel tenía una cualidad abrasiva
fascinante. Presionó su dedo húmedo contra aquellos labios y se estremeció al probar
el sudor salado.
El único indicio de movimiento en el cuerpo de Ben era el aleteo de sus
pestañas. Parecía que ni respiraba. Ese hecho se confirmó cuando en un momento
dado inhaló profundamente una bocanada de aire.
—Ben…
—¡Calla! —le ordenó con voz áspera. Recorrió con el dedo el contorno de su
boca temblorosa y después lo deslizó entre sus labios entreabiertos. La proximidad
era totalmente irresistible—. Me encanta tu boca. Tratas de que parezca remilgada
pero todo el tiempo está diciendo pruébame, bésame.
Ella protestó y se tapó la boca con la mano mientras él deslizaba la lengua por el
dedo con el que acababa de explorar su boca.
—Sabes muy dulce. Me apetece que me saborees. ¿Quieres hacerlo? —insistió.
La imagen erótica que estaban formando en su mente aquellas palabras la hizo
marearse. Agarró convulsivamente la tela de su camisa y varios botones se soltaron.
Sintió que la tela se separaba y aunque lo intentó desesperadamente se encontró
mirando hacia abajo.
La piel de su estómago plano y musculoso era suave y demasiado morena para
ser natural. Deseaba tan ardientemente tocarlo que se le acumularon lágrimas en los
ojos. El cuerpo de Rachel se convulsionó con un temblor febril.
—Quizá tengas razón. ¡Debería practicar el sexo contigo! —esas palabras
emergieron de repente en alto y con voz ronca. No le quedaba ninguna defensa—.
Adelante y todo volverá a la normalidad con tu ego gigantesco intacto, al fin y al
cabo ninguna mujer puede rechazar a Ben Arden, el superhombre.
Benedict inclinó la cabeza. No se desanimaba fácilmente.
—No hay un quizá —replicó con la voz ronca.
Esa seductora aspereza combinada con la calidez sugerente de sus ojos la hizo
desear prolongar su visión. «Un momento, Rachel. Estás intentando calmar esta
situación, no encenderla».
—Probablemente es el modo más sencillo de desahogarte.
Trató de dar a entender que no era más que una mera observadora
desinteresada. Pero no era fácil.
—¿Se supone que este es el momento en el que yo me ofendo tanto por tu fría
indiferencia que me retiro con el ego herido irremediablemente? —preguntó
divertido.
—Solo estoy siendo realista. ¿Preferirías que me pusiera sentimental?
Quizá le confesaría que se había enamorado de él. Eso sería suficiente para
hacerle dar marcha atrás.
—Claro que tu estrategia solo funciona si hilas más fino. Si no me retiro
disgustado y digo «Sí, por favor» habrás tirado piedras sobre tu propio tejado —
señaló—. En cuanto a lo de «superhombre» —continuó moviendo la cabeza con
reprobación y sonrió—. Podría tener tan alta opinión de mi capacidad sexual que
estoy seguro de que repetirías corriendo. O podría ser lo bastante egoísta para
ignorar tu evidente falta de interés sobre este sórdido asunto y aplacar mi terrible
lujuria de todos modos. No creo que hayas pensado bien nada de esto, Rachel.
—¡Yo no me acostaría contigo! —protestó débilmente.
—Por otro lado —musitó—, si tu rendición se explica solo como la lógica
solución a un problema, un sacrificio por un bien mayor, ¿estaría cometiendo una
injusticia contigo? —se preguntó en voz alta—. Eso acaba con el problema persistente
y desagradable de tener que explicarte a ti misma que quieres acostarte conmigo. Y
no puedes hacer eso, ¿o sí, amor mío?
—Yo no soy tu amor —protestó usando sus últimas reservas de resistencia.
—Y probablemente me odiarás mañana —replicó con una placidez que
contradecía el brillo fiero de sus ojos.
—Ya te odio ahora.
—Así se empieza. Algo es algo.
—¿Estás loco? ¿Qué estás haciendo? —gritó mientras él la tomaba en sus
brazos. «Que Dios me ayude. Me divierte jugar a la mujer débil y vulnerable».
—Mi despacho tiene un cerrojo y un sofá.
—¿Y tú tienes la llave? —preguntó respirando profundamente. Había
abandonado todo fingimiento de rechazo.
—No —respondió poniendo algo frío en su mano—. La tienes tú.
Rachel descubrió que el sofá estaba tapizado y el material resultaba suave
contra su cuello desnudo. El sostén que llevaba era casi transparente y Benedict
encontró el casi muy excitante, al menos eso fue lo que dijo y lo que sus actos
posteriores confirmaron.
Estaba arrodillado ante el sofá con la cabeza apoyada contra ella mientras su
boca apretaba el borde del pezón a través de la tela oscura lo que resultaba
increíblemente erótico. Ella sólo llevaba puestas las bragas a juego con el sostén pero
él seguía completamente vestido, menos la corbata que estaba en algún lugar de la
habitación donde él la había arrojado con impaciencia.
Sin previo aviso le tocó el breve triángulo de encaje que apenas cubría el suave
vello entre sus piernas. Ella se sacudió sorprendida ante aquel íntimo roce y cruzó
una pierna sobre la otra para protegerse.
—¿No te gusta?
Claro que le gustaba, y mucho. Mirándolo a los ojos incapaz de creer su osadía
estiró las piernas.
—Sí —contestó mientras separaba los muslos para que la tocara. El acto
simbólico de sumisión le pareció emocionantemente erótico.
—Así está mejor —confirmó con voz áspera.
Y lo estaba. La vista de su cabeza doblada sobre ella, sentir su boca moviéndose
contra la fina tela era excitante y casi insoportable. Sus dedos buscaron
delicadamente el cálido centro de su deseo.
—Para —suplicó—. No puedo soportar…
—Mientras me recuerdes dónde estaba… más tarde —accedió—. Creo que no te
vendría mal un poco más de espacio para maniobrar aquí arriba —musitó mientras
levantaba la cabeza. Le tocó el pezón con un dedo. La sensación ardiente hizo que los
músculos de su estómago se apretaran violentamente.
Mirándolo a los ojos se inclinó ligeramente hacia delante y se desabrochó el
sujetador.
—¿Es mejor así?
Le temblaron las aletas de la nariz y tragó saliva mientras observaba el suave
balanceo de sus pechos blancos.
—Es perfecto. Tú eres perfecta —gimió con voz espesa—. La primera vez que te
vi no llevabas sujetador debajo de aquel vestido azul…
—Violeta.
—Y entonces pude comprobar lo preciosa y decidida que eras. Cuando te
agachaste vi lo suficiente como para… —carraspeó. ¿Se estaba ruborizando Benedict
Arden? No podía ser cierto—. Digamos que para volverme loco. Quítatelas.
Enganchó un dedo en el elástico de sus bragas de encaje.
—¿Por qué no lo haces por mí? —suplicó con voz grave.
El progreso lento y angustioso de sus dedos bajo sus muslos era casi
insoportable. Libres de toda constricción, sus caderas se movían y giraban mientras
imaginaba con los ojos cerrados que él se estaba moviendo dentro de ella…
llenándola… El ruido ahogado que salió de él la obligó a abrir los ojos. La fiereza de
sus facciones tensas la convenció de que él compartía su fantasía. La miró como si
estuviera a punto de perder el control. La idea era tan excitante como espantosa.
—Ahora ven aquí y deja que termine lo que he empezado —ronroneó Rachel
con voz ronca.
Él la observó con los ojos entreabiertos mientras ella le desabrochaba el resto de
los botones con los dedos temblorosos. El brillo que vio en sus ojos la hizo incluso
hacerlo con más torpeza. Ella retiró la camisa hacia atrás mostrando el amplio y
bronceado torso. Una leve capa de sudor hacía que su piel brillara. Su cuerpo estaba
perfectamente dibujado pero su impresionante musculatura no estaba excesivamente
desarrollada.
Colocó las manos sobre su cuerpo y suspiró. Hipnotizada por la textura de su
piel cálida permitió que sus dedos se movieran con sensualidad disfrutando de sus
músculos bien definidos. Deslizó los dedos bajo el cinturón de los pantalones y sintió
un leve estremecimiento de duda. Lo miró y la expresión de sus ojos hizo que
aumentara su seguridad.
Los pantalones se habían deslizado hasta las caderas y pudo ver una línea de
vello que se estrechaba y oscurecía hasta desaparecer bajo el blanco de su ropa
interior.
—¿Estás bien?
De repente pareció preocupado y ella levantó la cabeza bruscamente haciendo
que su melena espesa cayera flotando sobre su rostro sonrojado. Intentó hablar, pero
se dio cuenta de que su respiración se había convertido en suspiros entrecortados.
Apoyó las manos sobre sus hombros para tranquilizarse e intentó respirar
correctamente.
—Estoy bien. No conozco mi cuerpo cuando me tocas o te toco. No reconozco
nada de lo que siento, Ben —admitió. No había actuado por impulso desde su
adolescencia pero algo la animaba a hacerlo entonces. Era algo que quería compartir
con él—. Parece que esto le estuviera ocurriendo a otra persona.
El brillo febril de sus ojos se intensificó.
—Quizá deberíamos hacer que fuera más personal, más real.
—Hay bastante espacio aquí.
—No iré despacio cuando me una contigo ahí —confesó mirando al espacio
estrecho que ella señalaba invitándolo con sensualidad.
—Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.
—¿Estás cómoda? —preguntó cuando deslizó su cuerpo bajo el de ella.
—Yo no utilizaría esa palabra —susurró sentándose a horcajadas sobre él. Él
tenía la espalda apoyada contra el brazo del sofá y estaban cara a cara.
Después no dijo nada porque él se estaba llevando un pezón a la boca. El lento
roce de su lengua y sus labios era un estímulo agónico.
Rachel gimió y su cuerpo se convulsionó violentamente antes de hundirse en el
de Ben. Él tenía una mano en su cintura y otra sumergida en su cabello. El
movimiento amplio mientras sus dedos se hundían en la exuberante melena hizo que
su cabeza cayera hacia atrás dejando los músculos de su cuello tirantes. La boca de
Ben avanzó hasta la irresistible tentación de aquella curva dejando una estela de
besos ardientes. El perfume cálido de su piel casi tanto como su roce experto hizo
que lo deseara más. Experto.
—¿Qué sucede? —preguntó él percibiendo casi al instante su repentina
distracción. La respiración de Ben era cálida sobre su mejilla mientras movía la
lengua en círculos lentos sobre la piel ultrasensible de detrás de la oreja.
Con la mejilla descansando sobre su hombro y su cuerpo contra el de él, le
rodeó con sus brazos apretando como si el contacto aliviara el repentino aluvión de
inseguridades.
—No tengo mucha experiencia… No he hecho esto desde… —empezó a decir.
Antes no había sido muy participativa, más bien obediente. Ben deseaba algo más
que eso. ¿Y si le decepcionaba?—. Mi cuerpo no es perfecto… he tenido una hija.
—¿Crees que pido perfección? —preguntó. Sonó enfadado y cuando le levantó
la cara lo pareció también. Sus ojos estaban llenos de un resentimiento que no podía
entender—. ¿Crees que hacer el amor se puede valorar en una escala del uno al diez?
No se ha inventado la medida que pueda describir con precisión lo que se siente al
tocar tu piel.
—Inténtalo —pidió aliviada por la sinceridad de sus palabras—. Inténtalo y
dímelo.
—Resulta más fácil si te lo demuestro.
Le llevó la mano con seguridad a la zona excitada entre sus muslos. Su reacción
ante el leve roce de su mano la hizo suspirar y sonreír con una satisfacción golosa y
erótica. Con los labios separados ligeramente levantó la mirada llena de pasión hacia
su rostro.
—Esto limita nuestras opciones —afirmó. Dejó caer la cabeza sobre el brazo del
sillón antes de colocarse boca abajo arrastrándola con él—. Se trata de tú arriba y yo
abajo o yo aquí arriba y tú ahí abajo. Tú eliges.
—Me es igual.
Una risa profunda vibró en su pecho. Inclinó la cabeza para ver cómo le bajaba
los pantalones y los calzoncillos hasta las caderas. Ella sintió el cálido y firme
extremo de su erección empujando contra su vientre y luchó por mantener el control.
La distancia entre la conciencia y el olvido era peligrosamente corta.
—Estoy mostrando iniciativa —comentó levantando la cabeza lo suficiente para
lamer con la punta de la lengua su pezón oscuro. Le bajó la camisa hasta poco más
abajo de los músculos flexionados de sus hombros. La tela no dio de sí e hizo que se
cayera de cara.
—Te aplastaré —advirtió.
—Me gustaría que me aplastaras —aseguró. Le rodeó la cintura con las piernas
cruzando los tobillos sobre su espalda.
—¡Rachel! —rugió, la expresión retorcida de su rostro reflejaba la tensión que
estaba sufriendo. Se deslizó entre sus muslos—. No me puedo mover.
—Sí puedes. Puedes hacerlo como yo quiero.
—Nunca he hecho el amor con zapatos, con la ropa puesta.
—No te preocupes. Podemos maniobrar con ella.
Sólo una cosa podía satisfacerla en aquel momento.
—¡Maniobrar! —exclamó. Una carcajada salió de su garganta seca—. Eres una
chica muy mala, Rachel. ¿Quieres decir que yo estoy arriba pero que tú mandas?
—Ahora que lo mencionas…
El aire salió de sus pulmones con un suspiro largo cuando él se acopló a su
cuerpo. Todos sus pensamientos sobre dominación y control se desvanecieron en el
preciso momento en que su cuerpo recibió su masculinidad palpitante.
—Eres un… —susurró deslizando las manos bajo la camisa para apretar la piel
cálida y húmeda de su espalda.
—¿Qué soy? —preguntó con voz espesa, casi irreconocible. A Rachel le fallaban
las palabras. Sólo deseaba absorberlo, sentirle moviéndose dentro de ella.
Ben no pudo resistirse a sus súplicas y su autocontrol se desvaneció bajo la
arremetida de sus ruegos mudos. No pudo controlar más la agresividad de sus
acometidas mientras le daba lo que había pedido, todo él.
—¡Dios, no he usado protección!
—No te preocupes. No estoy en un período fértil del ciclo.
Si el sofá hubiera tenido sábanas las habría usado para cubrir su vulnerabilidad.
¡Aunque estaba enseñando algo más que su vulnerabilidad! Se alejó tanto como pudo
de su cuerpo sudoroso.
—Ese no es el tema.
—¿Ah no?
Deseaba ardientemente tocarlo. ¿Estaría mal?, se preguntó.
—No me gustaría que pensaras que normalmente soy imprudente.
—Relájate, no lo pienso.
—La próxima vez…
—No habrá una próxima vez.
Sintió que el sofá crujía mientras él se incorporaba sobre un codo. En aquellas
circunstancias era imposible evitar su mirada.
—¿Cómo?
Sus ojos recorrieron su cuerpo delgado aún enrojecido por la intensa actividad
sexual.
—No te culpo.
—Eso está bien por tu parte.
—Pero no puede ocurrir otra vez.
—Si me dieras diez minutos para recuperarme creo que verías que puede
ocurrir.
Una oleada de calor recorrió su cuerpo mientras su imaginación respondía a las
imágenes que habían generado esas palabras.
—Tengo que irme a casa.
—Déjame adivinar. No soy la clase de hombre al que quieres llevar a casa con
Charlie.
No parecía divertido.
—No quiero crearle expectativas, Ben. Ella te tiene cariño…
—¿Y su madre?
—Eres un hombre muy atractivo.
—Puedo escuchar un «pero» en tu voz.
—No seas así —le suplicó—. No estás planeando compartir tu vida conmigo.
No tenemos nada en común y mi mentalidad no me permite ser feliz en un harén. Es
mejor para todos si esto vuelve a ser estrictamente profesional. Ahora me gustaría
vestirme.
Probablemente era demasiado tarde para salvarse de los típicos síntomas de la
adicción pero tenía que hacer un último esfuerzo para escapar.
—¿En este momento se supone que tengo que desviar la mirada mientras tú te
pones visible? Lo siento, Rachel, me gusta verte desnuda. Seguramente no me
negarás algo que recordar cuando volvamos a tener una relación solo profesional.
—¿Siempre haces que estas situaciones resulten incómodas?
—Puede que te sorprenda Rachel, pero en mi variada y extensa vida sexual no
me había encontrado en una situación como esta jamás. No estaba esperando
adoración servil pero…
—¿Ah no? —preguntó escéptica. Cuanto antes soltara la bomba mejor—. ¿Solo
aplausos quizá? Creo que estás molesto porque las mujeres con las que sales esperan
que tú te des por vencido.
Previniendo que se pusiera algo violento se levantó sinuosamente del sofá y se
sentó en el suelo.
Él se asomó por el extremo y ella alcanzó su camisa tapándose los pechos.
—¡Salir! ¿Qué es salir? Prometiste cenar conmigo cuando te llevé al hospital…
Creo que te gustaría más que tu primera impresión hubiera sido cierta y yo fuera un
vagabundo sin un duro. Entonces te desvivirías por ser amable. ¡Es evidente que
tener algo que ofrecerte es un inconveniente! ¿Tanto te asusta una relación entre
iguales?
¿Iguales? ¿Lo decía en serio? Se sentó sobre los talones y se puso la camisa.
—¡Algo que ofrecerme! ¿Cuándo me has ofrecido algo?
—No parece que tenga mucho sentido cuando tú desprecias mis detalles.
—¡Muy bien! Si quieres cena, yo pagaré la cena y tú me puedes traer flores para
agradecérmelo. Prometo no tirártelas a la cara. No es que me divierta… —empezó
torpemente.
—Ya lo sé.
La observó mientras trataba de estirarse la camisa sin éxito y su enfado pareció
remitir. Se subió los pantalones pero no se molestó en abrocharse el cinturón.
—¿Cuándo? —preguntó. Ella lo miró sin comprender, preocupada por su gesto
calculador—. La cena —recordó.
—¿Qué? Oh, mañana, si quieres.
—Buena chica. Quitándoselo de en medio cuanto antes. Buena estrategia. ¿Estás
buscando esto? —preguntó sujetando unas bragas de encaje.
Ella se abalanzó sobre ellas pero él apartó la mano.
—Así que es mañana ¿verdad? ¿A las ocho?
—¡Sí, sí! —aseguró mientras él mantenía el trozo de tela fuera de su alcance.
Ella suspiró aliviada cuando él abrió la mano.
—Nuestra primera cita —afirmó—. Te devolveré esto en la siguiente —añadió
guardando el sujetador en un bolsillo—. Estás mejor sin él. Dejaré que te lo pongas si
puedo tener el placer de quitártelo.
—En nuestra única cita —replicó desafiante.
Capítulo 6
—Tengo que ir al lavabo —avisó Charlie dejando a un lado su servilleta—. No
dejes que se lo lleven —añadió frunciendo el ceño con recelo hacia uno de los
camareros—. Aún no he terminado.
—Me sorprende cuánto puedes comer —aseguró Rachel levantándose.
—No soy un bebé. Soy capaz de ir sola.
—Usted perdone.
Rachel mantuvo una expresión seria para evitar dar la impresión de que se
estaba riendo. El orgullo de una niña de diez años era algo muy delicado.
—Además si no estoy aquí tendrás que hablar con Ben.
—Los borrachos y los niños… —afirmó Benedict lentamente recostándose en su
asiento y disfrutando de la expresión de incomodidad que llenaba la cara de Rachel.
—¿Estás sugiriendo que traje a Charlie como…?
—¿Cómo escudo? ¡Dios me libre! —aseguró con sarcasmo levantando las
cejas—. Estoy seguro de que cuando aceptaste la invitación se te olvidó mencionar
que no íbamos a estar solos.
—Te debía una cena y aquí estamos.
—¿Acaso me estaba quejando? —rió y le agarró una mano—. Relájate —
aconsejó cuando ella se puso tensa—. Me estoy divirtiendo. Charlie es estupenda —
aseguró encogiéndose de hombros y sonriendo de un modo más irónico—.
Monopoliza la conversación pero también dicen eso de mí. Sorprendentemente
tenemos mucho en común. Yo también fui eso que llaman un niño prodigio. He
pasado por todo ese proceso.
Eso explicaba tanta compenetración.
—¿Qué es todo ese proceso? —preguntó demasiado susceptible para aceptar la
crítica.
—Ya sabes. Llegar a ser adulto sin pasar por la infancia. Es el sistema en el que
están especializados los colegios que atienden a esos niños —explicó. Captó la
mirada combativa que le lanzó ella—. Baja esos humos, querida. No quiero pelea.
—Tienes una manera muy curiosa de demostrarlo.
Ya tenía suficientes dudas sobre la educación de Charlie sin que él le provocara
más sobre su traslado a la ciudad.
—Sé cómo debe ser: por un lado no quieres ser una madre dura y por otro no
quieres que desperdicie su potencial. Es una situación imposible así que tranquila e
improvisa sobre la marcha —le confió—. Ahora mismo solo quiero saber una cosa de
Charlie. ¿A qué hora estará acostada?
—Los fines de semana tiene un horario flexible.
—Siempre puedes colocarla en un rincón si se queda dormida.
Su sarcasmo apestaba.
Ella apartó la mano. Había dibujado círculos con el dedo en la palma de su
mano de un modo lento y sensual.
¿Cómo era posible que ese tipo alterara más su sistema nervioso con apenas
una caricia que cualquier otro con toda una estrategia de seducción?
—Para entonces ya te habrás ido hace mucho tiempo —señaló.
—¿Estás intentando decirme algo, Rachel? No puede ser que te asuste quedarte
a solas conmigo.
Rachel apretó los dientes y sonrió ampliamente. Su seguridad le resultaba
irritante especialmente cuando tenía la sensación de que podía estar justificada.
—Estoy a solas contigo y mira —empezó a decir mostrando una mano—. Ni
siquiera un temblor.
—Firme como una roca —comentó con admiración—. Pero mucho más bonita.
Se inclinó hacia delante y le rozó la mano con los labios.
La electricidad hizo que encogiera los dedos de los pies. Benedict levantó la
cabeza lentamente y ella volvió a colocar la mano a salvo en su regazo.
—Necesito decirte algo que es mejor decir en privado, Rachel.
—Creo que no quiero escucharlo —replicó demasiado nerviosa para elaborar
una respuesta que fuera mentira.
—¿Por qué?
Vio cómo él le servía más vino que no tenía intención de beber. Necesitaba estar
serena aquella noche.
—Vas a marcharte.
Imaginaba que podía ser estupendo para él tener a una idiota enamorada con la
que pasar el rato antes de hacer las maletas y marcharse al otro lado del mundo, pero
ella no iba a ser esa idiota.
—¿Y eso te preocupa?
Sus ojos se fijaron con intensidad en su rostro.
—Si estás esperando que diga que me quedaré desolada no apuestes por ello —
replicó con calma.
—Me gusta eso de ti.
—¿El qué?
—Eres una luchadora —explicó. Puso los codos en la mesa y apoyó la mejilla
sobre las manos observando su rostro sonrojado—. Lo único que tienes que aceptar
es que hay cosas contra las que no se puede luchar.
—¿De verdad? —preguntó apretando los labios y reprimiendo las ganas de salir
corriendo.
—Estabas a punto de decir ¿cómo cuales? Pero te lo has pensado mejor.
—Ahora también lees la mente.
—Anoche parecía que ambos lo hacíamos bastante.
El sonido áspero y lento de su voz tuvo una resonancia que vibró por todo su
tenso cuerpo. No podía apartar la mirada de los labios que habían pronunciado esas
palabras y recordar fue inevitable. Recordó cómo aquellos labios la habían
convertido en una… Agitó la cabeza para borrar las imágenes que surgían en su
mente desorientada.
—Creí que habíamos acordado que sucedería solo una vez —replicó con
aspereza.
—Yo no acordé nada, lo hiciste tú por los dos —le recordó—. No pensé que te
gustaran las historias de una sola noche, Rachel.
—Ni yo tampoco —admitió en un arrebato de sinceridad.
—¿Sería diferente si no fuera a marcharme?
Esa pregunta capciosa hizo tambalear su frágil equilibrio.
—Naturalmente me halaga que no te hayas aburrido ya de mí. Pero… ¿no crees
que deberías tomar un poco de práctica con las relaciones normales antes de
considerar una a larga distancia?
—¿Y si no me fuera te ofrecerías a completar esa carencia en mi educación?
—Mi tiempo libre está bastante ocupado de momento —respondió estrujando
la servilleta—. No creo que estés preparado para ese tipo de…
—Compromiso —completó él.
Rachel ya conocía su opinión sobre la duración y la permanencia. No quería
darle la oportunidad de hurgar en la herida. No quería sumarse a la legión de
mujeres que le perseguían.
—Ya vuelve Charlie.
La fugaz expresión de frustración en los ojos de Benedict dejó claro que su
ligereza había estado escondiendo sentimientos más profundos. Pero Rachel no lo
percibió porque su atención estaba concentrada en el hombre que estaba junto a su
hija.
—¿Rachel?
Parecía que hubiera visto un fantasma. Automáticamente se giró para ver qué
estaba causando semejante alarma.
Parecía bastante inocuo. Charlie estaba sujetando el vaso vacío de un hombre
alto que se estaba sacudiendo la camisa. Parecía estarse tomando el incidente con
calma.
Rachel observó que el hombre se quedaba paralizado cuando Charlie se
enderezó. Dijo algo rápidamente y vio que Charlie señalaba hacia su mesa. Su
corazón palpitó mientras se acercaban. Hacía mucho tiempo que no se preguntaba si
aquella situación podría darse. La posibilidad de encontrarse con uno de los Fauré
era remota pero había ocurrido.
—Hola, Rachel.
—Christophe, qué sorpresa —saludó con aspereza.
—También yo estoy sorprendido —replicó.
Aquel tipo tenía ese acento francés que las mujeres encuentran atractivo.
Benedict intentó no considerarlo como algo negativo, al fin y al cabo era un hombre
abierto. Sin embargo, encontró imposible sonreír cuando el hombre lo miró.
—¿Estás casada, Rachel?
—No, no… Este es Benedict Arden. Ben, este es Cristophe Fauré.
—Ya he conocido a Charlie.
Entonces al sonreír a la niña quedó claro: los ojos. ¡Charlie tenía sus ojos! Por
eso le resultaba familiar. No era de sorprender que Rachel pareciera haber visto un
fantasma.
—¿Has venido solo a Londres?
«Esto es una pesadilla», pensó Rachel. Christophe lo sabía, claro que lo sabía.
Estaba viendo a su hermano cuando miraba a Charlie. No tenía la menor idea de
cómo iba a reaccionar.
—Annabel se quedó en casa. Tiene una exposición el mes que viene. Mi esposa
es artista —explicó mirando a Benedict.
—Así que estás casado.
Hubiera sido difícil no percibir la hostilidad.
—Sí.
—Se me ocurre una pregunta —continuó Benedict lo más amable posible y
Rachel que había creído que las cosas no podían ir a peor creyó enfermar—. ¿Estabas
casado la última vez que Rachel y tú… os visteis?
—Lo estaba.
—¿Y cuándo pudo haber sido?
—¡Ben!
Ella lo miró con desaprobación. Estaba comportándose como un padre posesivo
o como un amante celoso…
—Hace once años —contestó desviando los ojos hacia Charlie mientras
continuaba—. Tu madre era nuestra au pair, Charlie. Estuvo en nuestra casa durante
algún tiempo. No era mucho mayor que tú.
«¿Qué más iba a decir?», se preguntó alarmada. Casi podía oír las preguntas
que se hacía Charlie. Si Charlie tenía que escuchar la historia lo haría de su propia
boca.
—Baila conmigo —sugirió. Christophe pareció perplejo—. Por favor,
Christophe.
Tenía que alejarlo de Charlie.
—Me encantaría.
—Lo siento —se disculpó unos minutos después cuando ella le pisó por
segunda vez.
—Es de Raoul, claro —conjeturó rompiendo el silencio. Rachel asintió en
silencio—. Era mi hermano y lo quería, pero era un egoísta y un…
—Y yo era una cría tonta —añadió.
—¿Lo sabía?
—No.
—Algo es algo, supongo. Me gustaría pensar que habría sido diferente si lo
hubiera… —se detuvo—. Estabas viviendo bajo nuestro techo —continuó con una
voz seria—. Eras responsabilidad nuestra. Debería haberlo previsto y haber estado
más atento. Sabía cómo era Raoul —afirmó. Frunció los labios disgustado—. Charlie
es mi sobrina, es de mi sangre, podría haber ayudado. Espero que no nos hayas
medido por el mismo rasero que a Raoul. Aunque lo entendería si lo hicieras.
—Claro que no. Tú y Annabel fuisteis muy amables conmigo. Estaba
avergonzada, asustada. No quería que nadie supiera que había sido tan estúpida.
Más tarde cuando me enteré del accidente pensé en hacéroslo saber pero pensé que
creeríais que iba detrás de… Habría parecido bastante sospechoso. Aparezco con la
niña cuando Raoul no está para negar o confirmar la historia.
—Los ojos de Charlie son la única prueba que necesitas —afirmó frunciendo el
ceño—. Mi familia te ha hecho daño, Rachel. Ayudarte hubiera sido un privilegio no
un deber.
Se le hizo un nudo en la garganta ante la sinceridad de aquel hombre. Era
impresionante que dos hermanos pudieran ser tan diferentes.
—¿Y ese hombre que me mira como con ganas de asesinarme, es algo tuyo?
—¡Benedict! No lo haría…
Sólo había otra pareja en la pista y tenía una vista despejada de su mesa. Vio la
cara de Benedict y cambió de idea ¡parecía que podría hacerlo! Tenía una expresión
de desaprobación cruda y violenta.
—Quizá no le guste que bailes con otros hombres.
—No es asunto suyo con quien bailo —replicó. Aunque hubiera deducido que
Cristophe era su antiguo amante, y por su actitud agresiva era muy probable, no
tenía derecho a ponerse posesivo.
Una expresión escéptica se dibujó en los ojos de Christophe pero se mantuvo en
silencio.
—Me gustaría compensarte, aunque supongo que es demasiado tarde. ¡No
digas nada! —ordenó poniéndole un dedo en los labios—. La petición es egoísta.
Annabel y yo no pudimos tener hijos. No hay niños en la familia y el sonido de una
voz infantil no nos traerá más que alegría. No le niegues a mi madre su única nieta,
Rachel. Tú y Charlie podríais visitarnos en Francia, podríamos conocernos todos.
—Charlie y yo tampoco tenemos familia.
No podía creer que fuera tan fácil. De repente había una abuela, toda una
familia a la que Charlie nunca había conocido.
Christophe suspiró.
—Gracias, Rachel. Y ahora dame tu dirección antes de que vuelvas a la mesa
con tu hombre.
—No es mío.
—Creo que él podría no estar de acuerdo —replicó con sequedad.
—Quiero que Ben me dé las buenas noches —manifestó Charlie manejando el
cepillo de dientes con la actitud imperiosa de un director de orquesta.
Ben hizo un ademán cortés.
—Sus deseos son órdenes, señora.
Ella se agachó para recibir el beso de su hija, preocupada bajo su sonrisa tensa.
Sería mejor para su hija si rompiera limpiamente sus relaciones con Benedict Arden.
Nunca había visto que Charlie simpatizara tanto con nadie. Sería egoísta si escuchara
a la vocecilla de su interior que le decía que olvidara su orgullo y que disfrutara del
poco tiempo que les quedaba juntos. En su cabeza no tenía dudas de lo que estaría
haciendo en aquel momento si estuviera sola.
Cuando Benedict reapareció poco después la frase de fue bonito mientras duró
se hizo pedazos. Mirarlo la hacía sentir débil e indecisa.
—Ben… yo… esto…
Se mordió el labio e intentó ordenar sus pensamientos. El vacío de su interior le
dolía. Siempre había estado allí, pero sólo desde que Benedict había aparecido en su
vida lo había reconocido como lo que era: soledad.
—No sabía nada de Charlie, ¿verdad?
No había duda de a quién se refería.
—No —confesó—. No esperaba volver a verlo. Él y su esposa…
—Ah, sí, su esposa.
Apenas notó la sorna en su tono. Quizá hablarlo con alguien la ayudaría a
solucionar las cosas. Y Ben parecía saberlo…
—No pueden tener hijos así que Christophe…
—¡No puedo creerlo!
—¿Por qué iba a mentir? No tiene motivos…
—¡Motivos! —gritó—. Esa es la verdad. Estás dispuesta a creer a pies juntillas
todo lo que te diga. Una palabra suya y estás dispuesta a perdonar y olvidar. ¿Has
aprendido algo del pasado? —preguntó con incredulidad. La miró con enfado.
—No fue culpa de Christophe —protestó. No podía culparle por los errores de
su hermano.
Benedict tomó aliento y sus facciones se endurecieron aún más.
—Para mí un hombre, mayor y casado, que seduce a una jovencita, casi una
colegiala, que está viviendo bajo su techo es… —gritó—. Responsable —terminó
lentamente con los ojos en llamas—. También es muchas otras cosas —dejó caer a
regañadientes—. Pero no ofenderé tu sensibilidad enumerándolas. Tu sensibilidad
sólo es delicada en lo que se refiere a él. El bastardo se aprovechó de ti. ¿Cómo le vas
a explicar a Charlie la milagrosa resurrección de su padre? Consigue una familia
completa para que le consuele en sus años de declive. Y no están muy lejos —añadió
con inquina—. ¿Te gustan los hombres maduros, verdad? Tienes que admirar a tu
hombre —continuó sin muestra de emoción—. Él aprovecha la oportunidad.
Se dio cuenta demasiado tarde de que Christophe no había sido el único en
advertir el parecido. Aunque Christophe no se parecía a Raoul más que en aquellos
ojos azules tan característicos, los ojos de Charlie. Había estado tan distraída por su
aparición inesperada que no se había dado cuenta de que Ben había estado más
callado de lo normal de camino a casa.
—Ben —replicó.
—Nunca te había considerado tan crédula, Rachel —afirmó. Evidentemente
escuchar no era una de sus prioridades—. Cielos, ya no eres una jovencita ingenua de
diecinueve años. ¿Qué pasa con ese tipo que te trastorna la razón? Has sido muy
recelosa conmigo. Constantemente atribuyes motivos ocultos a mis actos más
inocentes. Supongo que si te pide que vayas a Francia con él… —sugirió con la
mandíbula apretada y moviendo la cabeza.
—Ya lo ha hecho.
Ya sabía lo que tenía que hacer. Quizá le rompiera el corazón, pero usar el
malentendido podría ser el modo más sencillo, el único, de hacer que Benedict Arden
saliera de su vida, y debía hacerlo por Charlie. Su afirmación le dejó de piedra. Le
había dolido.
—No pierde el tiempo —afirmó lentamente rompiendo el silencio que siguió a
sus palabras—. Y tú le contestaste que… No, no te molestes en contármelo, es
evidente lo que dijiste —sentenció. Agarró su cazadora y se la colgó en el hombro—.
Puede que pienses que eres independiente, Rachel, pero no lo eres.
De repente no pudo soportar dejarle marchar creyendo que…
—Ben —lo llamó con apremio—. No es lo que parece.
—Los hombres como él no cambian, Rachel. A las mujeres les gusta creer que
van a ser las que rompan el molde.
—Tú deberías saberlo —replicó. ¿No percibió la ironía?
—Claro. Yo he seducido a mujeres y me han seducido a mí pero nunca he
destrozado a ninguna. No utilizo a la gente. Te romperá el corazón, Rachel, ya lo hizo
antes, ¿y quién va a recoger los pedazos?
—Tú no, no estarás aquí.
«Tú eres el único que me está rompiendo el corazón, idiota».
—Pero ahora estoy aquí —aseguró. Apareció en sus ojos una mirada pensativa
en la que ella no confiaba. El modo sugerente en el que observó su cuerpo era un
insulto. Él la sonrió con reconocimiento mientras ella se cruzó los brazos sobre sus
pechos apenas cubiertos por una fina tela de seda—. Y él no.
—Ojalá no estuvieras —contestó sintiéndolo.
—No estabas tan deseosa de deshacerte de mí antes de que el pasado
reapareciera.
—Haces que parezca como si hubiera puesto un cartel de bienvenida. Según
recuerdo tú conseguiste entrar en esta casa por medio del engaño. Nunca digas la
verdad si la mentira te coloca donde quieres estar —afirmó irónica.
Se percató de que acababa de describir con precisión su propio
comportamiento al reforzar la creencia de Ben de que Christophe era el padre de
Charlie.
—Donde quiero estar —musitó. ¡Ayuda! Sus costillas no parecían bastante
consistentes para resistir los latidos de su corazón. La mirada de Ben había
convertido su resistencia en deseo ardiente—. Yo quiero… —empezó respirando
profundamente mientras ella se mojaba los labios secos con la punta de la lengua—.
Quiero sentir tus pechos desnudos contra mi pecho y quiero escucharte pidiéndome,
suplicándome. Quiero estar dentro de ti, Rachel. ¿Me colocará la verdad donde
quiero estar?
—No puedes hablarme así —protestó casi sin aliento—. Es… es ofensivo.
—Es la verdad y no estás ofendida, Rachel. Estás excitada —afirmó. Esas
palabras eróticas giraban en la cabeza de Rachel mientras lo miraba fijamente con los
labios entreabiertos—. Yo también.
Podía sentir el sudor en su labio superior. Las emociones encontradas la estaban
destrozando.
—Te creo —consiguió decir.
—No solo cuando estoy contigo… también cuando te veo. Pensar en ti es
suficiente —afirmó. De repente soltó una carcajada—. Y pienso mucho en ti. Se me
antoja algo adolescente dibujar una sonrisa de desdén en tus deliciosos labios. No
estás sonriendo. ¿No te hace sentir fuerte?
¡Fuerte! Nunca en su vida se había sentido tan indefensa. Se sentía débil,
necesitada, fuera de control y capaz de caer víctima de la combustión espontánea en
cualquier momento. Empezó a ver manchas negras bailándole delante de los ojos. Le
costó un gran esfuerzo hacer que el zumbido de sus oídos se redujera a un leve
pitido.
—Quizá, Rachel… —empezó a decir con un tono cercano y susurrante. Soltó la
chaqueta mientras acortaba la distancia entre ellos—. Quizá mis palabras groseras y
ofensivas te hayan hecho sentir excitada y… —continuó. Respiró profundamente
elevando el pecho—. Me gusta pensar en tu cuerpo cálido y húmedo… preparado
para mí.
Con las manos en sus hombros le tocó el cuello con los dedos.
—Lo está.
Las defensas que le quedaban se habían caído con la primera caricia y sus
confesiones eróticas.
Después la agarró empujándola contra él con un hambre desesperada. Tenía la
boca caliente y seductora mientras la lengua lenta y lascivamente hacía un festín en el
interior de sus labios abiertos.
—Rachel… Rachel.
Él estaba murmurando su nombre entre beso y beso, entre cada suave
mordisco. Movía las manos por su cuerpo. Con un brazo rodeándole la cintura la
atrajo hacia sí hasta que casi todo su peso descansaba sobre las musculosas piernas.
Se aferró a él, se quejó mientras su abrazo se iba haciendo más apremiante y
enloquecido. El torbellino sensual la arrastró hasta que todos sus pensamientos
versaron sobre el sabor y la textura del hombre que la abrazaba.
—¿Dónde? —preguntó con medio brazo fuera de la camisa que ella le había
desabrochado—. ¿Dónde está tu habitación?
—Por allí —respondió. Hizo un gesto vago detrás de ella. Él la tomó en sus
brazos. Con la cabeza hacia atrás su cuerpo se dobló y sintió el peso de su cabello
como si le atrajera la gravedad—. No tengo una cama grande —comentó mirándolo y
especulando sobre su cama. ¿Qué haría él…? Cada uno de sus nervios se tensó
imaginando el placer.
—Nos las arreglaremos —aseguró poniéndola a horcajadas sobre sus piernas—.
Es bonita. Me gusta —comentó deshaciendo los lazos de su blusa azul claro. No se la
quitó, sólo la apartó para mostrar el extremo de sus senos hinchados—. Pero no tan
bonita como estos.
Le puso una mano en cada pecho y los observó extasiado.
Rachel gimió mientras su lengua experta le rendía homenaje a esos símbolos
gemelos de su feminidad. Echó la cabeza hacia delante apoyando la mejilla sobre la
cabeza de Ben. Dejó deslizar sus manos desde los hombros hasta la espalda de
perfección escultórica. Eso la hizo ponerse de rodillas. Él tenía la cara entre sus
pechos, Benedict rugió y deslizó las manos hacia su trasero y con un movimiento
seco la colocó contra la prueba de su excitación. Aún tenía agarradas sus caderas
cuando se tumbó de espaldas en el estrecho colchón.
—Quítame la ropa, Rachel, desvísteme —le ordenó con voz ronca. Tomó sus
pechos entre las manos. Gruñó de satisfacción.
Tener las manos oscuras contra sus pechos pálidos que en la semioscuridad
habían adquirido un brillo opalino era increíblemente excitante. El modo en que
movía los pulgares sobre sus pezones erectos hizo que se le escapara el aire de los
pulmones de una sola exhalación. Le tomó las manos.
—Déjame enseñarte cómo. ¿Me dejas, Rachel?
Sus dedos se doblaron dentro de su puño y ella se acercó una mano a los labios.
Los dedos de Ben se doblaron mientras ella le besaba la palma de la mano. Le hizo
un dibujo con la lengua sobre la piel.
—Me gustaría. Enséñame, Ben.
—Has empezado a torturarme muy bien tú sola, amante —gimió.
—¿No te gusta?
«Amante». Sonaba bien. ¿Por qué no iba a ser su amante? ¿Era pedir demasiado
pasar un tiempo con él, con el hombre al que amaba?
—Pareces saber lo que me gusta, Rachel.
—Es más fácil si me lo dices tú.
Enredó un dedo en el vello rizado de su pecho y estómago y se acercó más para
lamerle un pezón. Él gimió y contrajo el estómago resaltando los músculos del
abdomen.
—Eso está bien —afirmó respirando y agarrando su nuca para acercarla más—.
Podríamos empezar por ahí.
Cerró los ojos cuando ella empezó a jugar con la lengua una vez más. Cada
cierto tiempo Rachel levantaba la cabeza para observar con satisfacción la expresión
tensa de su rostro contraído.
—Me gusta —susurró ella retirándose el pelo húmedo del rostro y lanzándole
otra mirada ardiente.
—Averigüemos qué más te gusta.
Bruscamente la tumbó sobre la espalda.
—No he terminado —protestó ella tirando de la hebilla del cinturón.
—Cuatro manos hacen más fácil el trabajo —aseguró. Se bajó los pantalones y
se los quitó.
La excitación le revolvía el estómago al ver su erección. El dolor era agudo, las
emociones profundas y sofocantes. Tenía los ojos llenos de lágrimas calientes. Nadie
excepto Ben podía hacerla sentir así. Era imposible.
—Estoy contento.
Sus palabras la sorprendieron.
—¿Te toco…?
Acercó la mano y se detuvo de repente no muy consciente del juego al que
estaba jugando.
—¡Sí… sí!
Las chispas rojas que veía parecían la muestra palpable de la energía sexual que
circulaba entre ellos. Unas palabras de aliento era lo único que necesitaba para
disipar sus dudas. Estaba segura de que lo que quería hacer era lo que él deseaba.
La habitación se llenó de suspiros agudos y de gemidos profundos mientras
Ben se movía contra su mano hasta que se la agarró. Ella gruñó en protesta.
—Me gusta lo que me estás haciendo, pero si sigues así…
—¿Te estás reservando para el final? —preguntó sonriendo.
—Sólo si te portas bien, brujita —respondió. La rodeó con sus brazos. Ella se
estremeció no de deseo sino porque era agradable sentir su cuerpo pesado contra el
suyo.
—¿De verdad quieres que me porte bien? —preguntó jadeando por el esfuerzo
del combate. Su respiración le rozó la mejilla, olía claramente a Ben.
—Quiero que te comportes con naturalidad, Rachel.
Podía hacerlo, al menos con Ben. Él obedeció a la súplica de sus ojos llenos de
pasión y la besó.
Rachel no fue consciente de haberse quitado la ropa pero fue mucho antes de
que sus dedos delicados le acariciaran la piel. Esos dedos hábiles la excitaron más
allá de lo imaginable. Era todo sentimiento y sensación. Lo necesitaba, necesitaba que
terminara lo que había empezado.
—¡Sí… sí…sí! —gritó cuando entró dentro de ella. Sentir que su cuerpo se
adaptaba y se ajustaba a él era maravilloso y cuando él empezó a moverse enredó sus
piernas alrededor de su cuerpo y dejó que todo ocurriera. Y ocurrió a la perfección.
Adormilada y lánguida no podía sentir arrepentimiento. Se enrolló como un
gatito contra él. Pequeñas contracciones seguían tensando los músculos de su pelvis.
—No iba a hacerlo otra vez —murmuró medio dormida.
—¿Fue eso lo que creíste? —replicó.
—No me despido de todo el mundo así —aseguró.
Una sonrisa bobalicona se dibujó en sus labios. Su languidez no registró la
tensión repentina en los brazos del hombre que la abrazaba.
—¿Despedirse?
Rachel no oyó su pregunta áspera. Al fin se había liberado de las garras de la
conciencia.
—Creo que es mejor que te vayas ahora.
El aspecto adormilado de Ben le hacía parecer más joven. El impulso de
abrazarlo era fuerte. Hubiera estado bien que se despertara a su lado. Había
descansado la cabeza cómodamente entre sus pechos antes de deslizarse fuera de la
tibia cama.
Benedict se pasó los dedos por el pelo enredado y la sábana se escurrió
mostrando su pecho y su vientre plano.
—¿Estás diciendo básicamente: aquí están tus calzoncillos, lárgate?
Se sentó de golpe y por su expresión se deducía que su mente ya no estaba
acorralada por la fatiga. Estaba funcionando a toda máquina.
—Estoy diciendo que es mejor que te vayas antes de que se despierte Charlie. Se
sentirá confundida si…
—Así seremos dos.
No parecía confundido sino enfadado. No había esperado que reaccionara así.
—Sé razonable. Soy yo la que tendrá que responder a preguntas embarazosas
—le recordó.
—¿Estás segura de que son las preguntas de Charlie lo que te asusta, Rachel?
¿No sería más honesto decir que son tus propias preguntas las que estás evitando
responder?
Apartó la colcha y sacó las piernas de la cama. Su visión hizo que se le
contrajeran los músculos del estómago.
—Es una petición totalmente natural —manifestó colocándose un camisón azul
largo. Él se puso en pie y atravesó la habitación. Era lo más cercano posible a la
perfección.
—Queda bastante claro que estás avergonzada de lo de anoche.
—Lo de anoche fue sólo un… un…
—Se te escapa la palabra justa, ¿verdad?
Ella le observó con resentimiento. Parecía obtener cierta satisfacción al verla
perder el hilo.
—Estoy siendo práctica —insistió.
—¿Es la idea del sexo lo que te molesta o es sólo el sexo conmigo lo que se
vuelve sórdido y sucio a la luz del día?
Había enfado y desilusión en su expresión.
—No te preocupes. No tiene nada que ver con tu virilidad. Dejo constancia de
que eres un amante fantástico.
Sonrió y levantó los hombros.
Él se puso sus calzoncillos de algodón blancos e hizo un gesto de disgusto.
—¿Estuve a la altura de los recuerdos idealizados de tu primer amor? Las
fantasías son más limpias, ¿no crees? No hay un cuerpo del que deshacerse por la
mañana. Gracias —añadió cuando ella le dio el calcetín que le faltaba.
Levantó una ceja cuando ella apartó la mano antes de que sus dedos se tocaran
pero fue suficiente para hacer que se sonrojara. Si él tuviera idea de lo mucho que
temía un simple roce como ese se moriría de vergüenza.
—Al contrario que tú no considero el sexo como un deporte. Estoy segura de
que a mucha gente le satisface…
—Pensé que sí. Gritaste algo relacionado con eso, si mal no recuerdo —
interrumpió él.
—¿Tienes que ser tan crudo y vulgar? —preguntó con las mejillas encendidas—
. Estoy intentando decir que no puedo entender el sexo sin amor.
—No lo estás haciendo muy bien. La práctica es una buena línea de acción —
musitó—. Sigue así, querida —le aconsejó—. Cualquiera puede decir te quiero.
—Yo no.
—Ya lo he notado —confirmó—. Estoy seguro de que tu príncipe galo lo hizo,
probablemente en los dos idiomas, y mira a donde te ha llevado. Al final las acciones
dicen más que las palabras. Las palabras se las lleva el viento.
—Cuando tú las dices estoy segura de que son ciertas.
—¿Quieres decir que no me habrías admitido en tu cama si te hubiera jurado
amor eterno? —preguntó con incredulidad. Su sonrisa se torció mientras el humor
negro estaba dirigido a sí mismo.
—No soy tan crédula.
—Entonces menos mal que no desperdicié mi aliento. Obviamente no se te ha
ocurrido pero si fueras un hombre echando a su compañera de la cama a toda prisa a
las cinco de la mañana sería otra historia.
—¡No puedo creer esto! ¿Estás diciendo que «yo» te estoy utilizando a «ti»?
—¿No lo estabas haciendo?
—Mis motivos no parecían importarte mucho anoche.
—Te deseaba —confesó. Eso hizo que su cuerpo se balanceara como un junco
golpeado por un inesperado viento. Tenía los nervios como cuerdas de violín
demasiado tensas—. Anoche no estaba en situación de poner condiciones.
—¿Y crees que ahora sí? Esta es mi casa, Ben, y yo decido quien se va y quien se
queda. No estoy intentando fingir que lo de anoche no sucedió…
Deseó que se hubiera abrochado la camisa. Intentar enfrentarse a él con su
amplio torso bronceado estaba haciendo aún más difícil la situación. ¿De verdad?
—Deberíamos aprender de nuestros errores.
—Qué actitud tan sana y equilibrada.
—Y puedo hacerlo sin tus comentarios sarcásticos —susurró con el rostro
encendido.
—Lo siento —se disculpó de un modo poco convincente—. Dime, ¿qué has
aprendido de nuestro… «error»? ¿O es que estás abriendo el camino para tu amante,
fuera el nuevo, adelante el viejo? ¿Estás segura de que es el que te va, Rachel?
Podrías descubrir que has crecido un poco.
—No voy a negar que te encuentro físicamente atractivo.
—Qué pena. No me vendría mal reírme un poco.
—Nunca ha habido posibilidad de algo más. El futuro no entra en
consideración cuando ambos sabemos qué solo vas a estar aquí unas cuantas
semanas. Tenías razón…
—Hay una primera vez para todo.
—Cuando dijiste que no era tan independiente.
—¿Crees que dejará a su mujer por Charlie? Madura, Rachel. Si una hija
significara para él más que ella la habría dejado hace años. Los de esa clase siempre
vuelven con su esposa.
—En nombre de Dios. No estoy hablando de ser la mujer de Christophe, estoy
hablando de ser la tuya.
Se quedó paralizado y ella tuvo la impresión de que estaba conteniendo una
respuesta instintiva. Cuando habló fue lento y preciso.
—No recuerdo habértelo preguntado.
Ella gruñó furiosa.
—No hay manera de ser civilizada contigo, ¿verdad? ¡Vete! —gritó—. ¡Ahora
mismo!
Su enfado parecía haberle animado. Sonrió complacido.
—¿Vas a tirármelo? —preguntó señalando el cepillo que ella estaba empuñando
para enfatizar su argumento.
—Si te fuera a tirar algo sería más afilado que esto.
Aún riéndose se puso la cazadora sin molestarse en abrocharse la camisa. Era
una imagen decadente y erótica. «Asúmelo. Encontrarías a Ben Arden atractivo
vestido con una bolsa de basura. Es patético, sencillamente patético».
—Para no querer molestar a tu hija te has puesto un poquito chillona.
—Aún no has oído nada —le prometió.
—Tranquila. No me quedaría donde no soy bienvenido.
—Al fin has captado el mensaje.
—Achácaselo a los mensajes contradictorias —replicó con sequedad. Con una
mano en el pomo de la puerta se giró de nuevo—. Créeme, querida. Eres tú quien
pierde. Soy un hombre de mañanas.
El cepillo golpeó la puerta cerrada.
Capítulo 7
—Un momento.
Rachel debió entenderle mal.
Afortunadamente Stuart Arden le había ofrecido un asiento antes de
comunicarle la razón de su cita.
—¿Quiere que me acueste con su hijo?
Intentó tomárselo a broma pero falló miserablemente. Un persistente temblor
reflejaba su perplejidad. Él no se estaba riendo, pero tampoco parecía furioso por
aquella conjetura.
—Yo no he dicho eso.
—¡Lo ha insinuado!
La ofensa parecía ser algo congénito en la familia Arden.
—Es usted una joven muy directa, señorita French. Me gusta.
Él sonrió ampliamente.
—Creí que no era apropiada para… —empezó a decir con sequedad.
—Admito que me he podido precipitar un poco. No me gustaba la idea de que
mi hijo cargara con una familia ya formada.
—Le aseguro que no estoy al acecho de un marido ni rico ni de ninguna clase.
—Desde entonces he estado observándola. Y estoy impresionado por lo que he
visto.
Juzgó oportuno acabar con aquella situación ridícula.
—Se ha equivocado. Ben no se va por culpa mía —afirmó. La omnipresente
tristeza aprisionaba su corazón como un corsé de acero.
Se dio cuenta de que no le había convencido. Resultaba difícil cuando él se creía
infalible. Cuando la ordenaron acudir al despacho del jefe había imaginado
diferentes situaciones: el despido inminente o una charla sobre dejar en paz a su hijo.
¡Pero nunca hubiera imaginado algo como usa tus armas de mujer para hacer que mí
hijo se quede en casa!
—Tú no eres el tipo de chica que le gusta habitualmente —comentó—. Es obvio
que cree que está enamorado.
—Su hijo no está enamorado de mí.
Fue capaz de decirlo sin sonrojarse. Desgraciadamente no tenía el mismo
control sobre su corazón y le dolía mucho reconocerlo.
Con un lento movimiento de cabeza él accedió a que podría tener razón.
Evidentemente no se le ocurrió pensar en que suponía una gran falta de tacto. La
irritación de Rachel fue creciendo por momentos.
—Aunque podría creer que lo está. No está acostumbrado al rechazo.
—Benedict tomó la decisión antes incluso de regresar a Inglaterra.
—¡Aja! —exclamó triunfante—. Ha confiado en usted. Benedict no suele
hacerlo. Esa es la prueba.
—¿Qué prueba?
—Que va en serio con usted.
—No tengo ninguna influencia sobre su hijo.
—Tiene más influencia que yo —aseguró. Por primera vez ella vio el alcance de
su frustración y nerviosismo—. Le estoy pidiendo que la use para evitar que cometa
un terrible error. En algún momento nos lo agradecerá.
—No creo que Ben agradezca a nadie que conspire a sus espaldas. Si alguna vez
se enteraba de esa conversación no querría estar cerca de él.
—Conspiración es una palabra muy dura.
—Pero precisa —insistió con firmeza.
Stuart Arden no solía preguntarle nada a nadie y se notaba. Ella sintió algo que
nunca hubiera imaginado sentir por aquel hombre: compasión. Debía haberle
costado mucho acudir a ella para pedirle ayuda y realmente desesperado por retener
a Ben en el país. Sin embargo, mantuvo a distancia la compasión, no era conveniente
olvidar que detrás de ese padre preocupado había un hombre cruel que haría
cualquier cosa y usaría a cualquiera para conseguir sus propósitos.
—Creo que Ben no ha tomado esa decisión a la ligera.
—¿Tiene idea de lo mucho que vale? —preguntó golpeando la mesa con el
puño—. Tiene un futuro brillante por delante. ¡Lo está arrojando todo por la borda!
¿Y por que? ¡Por un desierto árido! —continuó con desprecio—. Seguro que es capaz
de ver lo ridículo de esa idea. Es un capricho y nada más. ¿Quiere que se vaya? Yo
creo que no.
—Lo que yo quiera no tiene nada que ver.
—¿Son amantes?
Rachel se puso en pie con tanta dignidad como pudo.
—Como jefe tiene una serie de derechos, pero preguntar eso no es uno de ellos.
—No se ofenda, querida —admitió. Cambió a un tono amable a una velocidad
increíble—. Si quiere a ese hombre ¿por qué no lucha por él? Tiene armas en su
arsenal de las que yo carezco.
—Creo que debería marcharme —anunció con firmeza.
—Un niño, un bebé, haría que Benedict se diera cuenta de cuales son sus
responsabilidades.
A medio camino hacia la puerta Rachel se quedó paralizada. Miró al hombre
con el rostro pálido de perplejidad.
—¿Está sugiriendo que me quede embarazada para mantener a Ben en el país?
—Debe habérsele ocurrido también a usted.
—¿Eso cree?
Él lo decía en serio.
—Ser una mujer tiene sus inconvenientes como los prejuicios en el trabajo pero
también tiene sus ventajas. Siempre he admirado a las mujeres que usan su
feminidad para conseguir lo que quieren. Un escote insinuante puede ser tan útil
como un master.
—Aunque estuviera de acuerdo con usted, y no lo estoy, no creo que sea
comparable —replicó con dureza.
—Sólo estoy sugiriendo que use todas las armas a su disposición. Si no le gusta
la idea de quedarse embarazada lo comprendo. La mera posibilidad sería suficiente
para devolverle la razón y muchas mujeres pierden a sus bebés…
—¿Quiere que finja que estoy embarazada?
—Naturalmente los detalles son cosa suya.
—¿Esperaba que estuviera de acuerdo con esa idea?
—Bueno, ambos tenemos algo que ganar.
Ella respiró profundamente llena de ira.
—¡Animaré a Ben a que deje el país si eso supone alejarse de sus intrigas
retorcidas! —aseguró con la barbilla levantada y los ojos llameantes—. Lo que ha
sugerido es monstruoso e inmoral. Nunca jamás usaré a un niño para atrapar a un
hombre. Creo que tiene una idea muy perversa de lo que es el amor, sir Stuart. El
amor en el que creo yo no manipula ni controla a las personas.
—Entonces usted quiere a mi hijo.
Sir Stuart parecía pensativo.
—Dudo mucho que conozca el significado de esa palabra.
De repente él se rió.
—Sabe, mi mujer me dijo lo mismo la primera vez que pedí su mano. Tenía esa
misma mirada de desdén —recordó con un suspiro nostálgico.
—¿Cómo consiguió que dijera que sí? ¿Amenazándola con arruinar a su padre
o simplemente raptó a su abuelita enferma?
Para su asombro él pareció encontrar divertido su sarcasmo.
—Quizá se lo cuente ella misma un día de estos, querida. Espero que no me
guarde rencor, merecía la pena intentarlo. Haría cualquier cosa por evitar que Ben
arruinara su carrera —manifestó sencillamente.
—Quizá usted justifique sus actos con la preocupación paternal pero yo no me
lo trago. Creo que le preocupa mucho más cómo se siente usted, sir Stuart.
Se giró y dejó al noble mirándola perplejo.
—¿Se ha tomado bien Charlie la noticia?
—Mejor de lo que esperaba —le aseguró. Aquella tarde también estaba
resultando mejor de lo que esperaba. Christophe era muy agradable. La
incomodidad del principio había desaparecido rápidamente. Era una compañía
divertida e interesante y un hombre amable por naturaleza—. Está fascinada por la
idea de conocer a familiares a los que nunca ha visto. La dejé absorta con un libro de
gramática francesa, como ves lectura fácil —bromeó.
—Tiene su lado bueno y su lado malo que sea tan inteligente, ¿no es así?
—A veces me exprime para saber detalles sobre tu familia —confesó tras
asentir—. No había advertido hasta hace poco lo mucho que deseaba saber sobre su
padre. Si me hubiera dado cuenta… ¿quién sabe? —continuó—. Creo que ahora
quiere interrogarte a ti.
—Me asustas.
—Le dije que podía quedarse levantada hasta tarde para verte otra vez, si tú
quieres.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Sí quiero. Annabel quería venir pero le dije que probablemente sería mejor
tomarse las cosas con calma. No quiero agobiarla.
—A Charlie no se la agobia fácilmente. Pero creo que es mejor tomarse esto con
calma.
—Esto tiene un aspecto estupendo —afirmó Christophe oliendo el aroma del
postre que el camarero le colocó delante—. ¿Estás segura de que no te apetece?
Se frotó las manos y Rachel sonrió cuando él atacó aquel postre gigantesco con
el entusiasmo de un colegial.
—Imaginé que estaríamos cenando en algún sitio francés —bromeó. El
restaurante al que la había llevado estaba especializado en la poco sofisticada comida
inglesa tradicional.
—¿Hay algo más sofisticado que un pudín grasiento? —preguntó indignado
con la cuchara a medio camino de la boca—. Tengo debilidad por la comida inglesa
para niños. ¿Lo he dicho bien?
—Sí, pero imagino que un cardiólogo la llamaría de otra manera —afirmó ella.
—A veces un poco de lo que es malo hace daño, Rachel.
No estaba en situación de discutirlo. Un poco de Ben había sido muy malo para
ella. Era difícil disimular que no tenía apetito. Su rostro estaba bastante demacrado.
Había olvidado que dormir fuera algo más que dar vueltas y más vueltas.
Estaba agradecida por su regreso prematuro al despacho de Albert. El señor
Arden parecía no necesitar más sus servicios, o eso le habían informado. Era una
pena que no se lo hubiera comentado a su padre antes de haber sido sometida a
aquella horrible entrevista, que se volvía más extraña y surrealista a medida que la
reconstruía en su mente. Desde entonces había visto a Ben sólo una vez de lejos. Su
amplia espalda y la risita aguda de Sabrina eran inconfundibles.
—¿Vas a tomar café? —preguntó Christophe por tercera vez.
—Perdona, estaba en otra parte.
Dejó de apretar la copa de vino y forzó una sonrisa.
—No me sale mal el café. ¿No prefieres venir a mi casa? Así podrías pasar más
rato con Charlie.
Era después de medianoche cuando se despidió de Christophe. Iba por la mitad
de las escaleras cuando el timbre sonó una vez más. Debía haberse olvidado algo,
pensó bajando los escalones de dos en dos.
—¿Qué te…? —empezó a preguntar. Su sonrisa desapareció al reconocer al
hombre alto que salía de la oscuridad—. ¡Vete!
A pesar de sus denodados esfuerzos por cerrar la puerta en las narices de
Benedict su gigantesco pie se interpuso en su camino. La pierna siguió al pie y se
encontró empotrada contra un paragüero horroroso que había en el pasillo.
—No te molestes en cerrar la puerta, ya te vas —comentó con acritud.
—No hasta que me expliques unas cuantas cosas.
—Tú eres quien debería hacerlo. ¿Qué crees que estás haciendo colándote aquí?
—Esperé a que Fauré se marchara. Creo que he sido muy considerado.
La expresión afable de Benedict se contradecía con las señales de furia que
emitía su cuerpo.
—¡Has estado escondido ahí fuera esperando! —acusó—. ¡Has estado
espiándome! —gritó de humillación.
—Lo sé.
Lo que supiera no parecía causarle mucha satisfacción. La vena que le latía en la
frente parecía a punto de estallar.
—Me alegraría saberlo si tuviera la más mínima idea de que estás hablando.
Recogió los paraguas y los colocó en su sitio. Él hundió las manos en los
bolsillos de sus tejanos y la miró con desdén.
—¿Entonces he de suponer que tampoco fuiste a ver a mi padre? —interrogó
con una voz gélida. Ella se giró para mirarlo agarrando aún un paraguas rojo—.
¿Creíste que no me lo contaría? —preguntó advirtiendo que se le ponían los labios
morados.
—Realmente no creí que lo hiciera —confesó. Le daba vueltas la cabeza. Stuart
Arden no hacía nada a no ser que pensara que podía conseguir algo con ello. No
podía imaginar qué obtendría con la confesión.
—¿Por qué demonios acudiste a él en lugar de a mí? —exigió saber con voz
angustiada. Se pasó la mano por el cabello con nerviosismo. Su cabello estaba
húmedo por la tormenta. Tenía la camisa mojada pegada al cuerpo. La confusión de
Rachel se hizo más profunda. Por alguna razón creía que ella había pedido aquel
encuentro. ¿Era posible que sir Stuart le hubiera hecho creer que ella era la causante?
—Sé que estás enfadado y no te culpo, pero no puedes echarme la culpa a mí.
—¿Echarte la culpa? —repitió. Una mancha rojiza cubrió cada centímetro de su
piel—. ¿Es eso lo que piensas de mí? —preguntó con voz ronca—. ¿Creíste que me
enfadaría?
—Bueno, estás enfadado ¿no? —señaló perpleja por su reacción.
—Porque no me lo dijiste no porque estés…
—¿Pero no podía esperar esto hasta por la mañana, o mejor hasta el lunes? Creo
que estás exagerando, Ben.
Sus pensamientos iban muy deprisa mientras intentaba sofocar la creciente
sensación de pánico. Si se acercaba, si la tocaba… Sabía que no podría decirle adiós
otra vez.
—Crees que estoy… —las palabras le fallaban—. Lo siento si mi explosión de
emoción te molesta pero no todos los días descubro que voy a ser padre. Quizá tú ya
estés de vuelta pero ésta es la primera vez para mí.
Rachel se quedó muda. Intentó interpretar sus palabras de un modo y luego de
otro pero el significado volvía a ser el mismo.
—¿Crees que estoy…? ¿Tu padre te dijo que estoy…?
—Por primera vez en su vida mi padre ha hecho algo decente. Algo de lo que
evidentemente tú no me crees capaz.
La ironía le pareció tremendamente divertida. Soltó una carcajada, una risa que
se acercaba a la histeria. Él parecía dispuesto a estrangularla.
—¿Te parece graciosa esta situación? —le preguntó con frialdad.
Ella intentó tomar aliento.
—Estoy histérica, idiota —consiguió decir. Se agarró el estómago mientras le
resbalaban lágrimas por las mejillas.
—¿Prefieres la mejilla derecha o la izquierda? —preguntó tocándola y
examinando cada lado—. ¿No es ese el remedio tradicional?
—¡No te at… atreverás!
Le dio hipo mientras recuperaba el control. Él no negó ni confirmó la acusación
sólo sonrió de un modo que a ella le pareció siniestro.
—¿No creíste que tenía derecho a saberlo? ¿Creíste que no estaba lo
suficientemente comprometido para decírmelo? Casi privas a un niño de su padre.
No puedo creer que fueras a hacerlo otra vez. En cualquier caso, tengas los planes
que tengas será mejor que me incluyas.
—Esto es absurdo, Ben. ¿Por qué no me escuchas?
—He asumido que crees que soy una especie de juerguista superficial, ¿pero de
verdad creíste que no me preocuparía si una mujer estuviera embarazada de mí?
El modo en que su mirada le recorrió el cuerpo y se detuvo en su vientre plano
con una expresión fiera y posesiva hizo que se sintiera… ¿excitada? «¡Eres una
enferma, Rachel. Para!». No era el momento de olvidar que el embarazo era una
fantasía urdida por una mente retorcida, diabólica.
—¿O es que no has tenido en cuenta mis sentimientos?
—¿Así que todo esto es por ti? —replicó con las manos en las caderas mirándolo
con desprecio—. Tú y tu frágil orgullo masculino.
—¿Señorita French, está usted bien? —el inquilino de la planta baja abrió la
puerta en pijama—. Es que oí ruido…
El contable retirado tuvo que dar un paso atrás para mirar a la cara a Benedict.
Se colocó bien las gafas metálicas y esperó sinceramente que la señorita French no
necesitara su ayuda.
—Siento mucho haberle molestado a usted y a la señorita Rose —se disculpó
Rachel, secándose las últimas lágrimas de la cara.
—Le dije que no se tomara esa segunda botella de vino. Se pone un poco
chillona cuando se pasa —explicó Benedict confidencialmente—. Iremos arriba.
¿Necesitas ayuda, amor mío? —preguntó solícito.
Rachel apretó la mandíbula y miró de la cara confusa del vecino a la de
Benedict. Si no quería involucrar a medio vecindario en sus problemas no tenía
elección.
—Puedo yo sola, gracias —respondió entre dientes mientras se sacudía la mano
que la sujetaba por el codo. La puerta seguía semiabierta y se soltó de Benedict
mientras él la abría—. Gracias —dijo con sarcasmo—. A saber qué piensa ahora. Me
vio salir con un hombre y ahora entrar con otro —explotó.
—¿Te preocupa tu reputación, Rachel? Es un poco tarde para eso, ¿no crees?
—No he hecho nada de lo que tenga que estar avergonzada.
—Me alegra oír eso, porque si lo has hecho… Digamos que me evita darle un
puñetazo.
—¡Aunque decida acostarme con todo la selección inglesa de fútbol no es
asunto tuyo! Limpia tu propia reputación antes de empezar a interferir en mi vida.
—¿Estás intentando decirme que es mi mala reputación lo que está detrás de tu
decisión de mantenerme al margen? —preguntó con cinismo.
—¿Qué te hace pensar que estoy mínimamente interesada en tu reputación? —
replicó con desprecio.
—Estoy defraudado —afirmó pareciendo de todo menos eso—. Me he pasado
toda mi vida adulta limpiando mi imagen depravada. ¿Está Charlie dormida? —
preguntó mirando por la habitación.
Rachel asintió con reservas. Después de una larga velada Charlie había caído
rendida.
—¿Se encontró con Fauré? —preguntó observando un centro de flores muy
cuidado sobre la mesa y torció el labio—. Un poco ostentoso —comentó levantando
una ceja.
—Se han caído muy bien —contestó sin mencionar que la aprobación de
Christophe contenía implícito un «no me gusta tanto como Ben».
—¿Decidiste que era demasiado complicado arreglárselas con dos padres a la
vez?
—Tú no eres el padre de mi hija, Ben.
—Futuro padre, si quieres ser pedante.
—No estoy embarazada, Ben.
—¿No puedes hacerlo un poco mejor? No me trates como a un idiota, Rachel.
—Es la verdad.
¿Qué más podía decir para convencerlo?
—¿Te divertiste tanto siendo madre soltera que quieres pasar por lo mismo otra
vez? ¿O esperas que Fauré acepte a este hijo como suyo también? Si tienes alguna
esperanza en este sentido, Rachel, olvídala.
—No debería culparte por parecer un dictador. Supongo que tu padre siempre
le ha hablado así a tu madre. Pero si usas ese tono conmigo una vez más…
Por primera vez vio un gesto divertido. Por un momento cambió la expresión
sombría de su rostro.
—¿Dónde está la gracia?
—Cuando conozcas a mi madre lo entenderás.
—No voy a conocer a tu madre.
Su expresión era el equivalente visual a una palmadita en la espalda y ella quiso
gritar con todas sus fuerzas. Lo único que la detuvo fue su hija que dormía en la
habitación contigua.
—Supongo que confiabas en que me marcharía del país. Por equivocación
pensaste que papá estaría de tu lado por su deseo de apartarme de ti. Calculaste mal,
es un apasionado de su familia.
—Ya sé todo sobre la preocupación de tu padre por la familia. Diría que haría
cualquier cosa por preservarla. ¿Puedes imaginar a tu padre como un abuelito tierno,
Ben?
—Esto es sobre nosotros, no sobre mi padre.
—Ojalá fuera cierto.
—Dijo que no tenías intención de contárselo, que estabas muy deprimida y que
simplemente se te escapó.
—¡Dijo, dijo! —le imitó deseando que aquel hombre sin escrúpulos estuviera
allí para decirle exactamente lo que pensaba de él—. No me estás escuchando.
¿Cómo podría estar embarazada? Te dije la primera vez que era seguro y después
tomamos precauciones —recordó. Ella estaba molesta porque se había sonrojado
como una colegiala—. Además fue hace sólo tres semanas.
El argumento era irrefutable, pensó aliviada. El alivio resultó prematuro al
escuchar a Benedict dinamitar su razonamiento.
—La única forma segura de contracepción es la abstinencia y nosotros no
hemos sido abstemios.
Lujuriosos era una descripción más acertada. Ella seguía sintiendo lujuria. Bajó
la mirada antes de que se le notara en los ojos.
—Y hoy en día un predictor puede decirte si estás embarazada pocas horas
después. Tengo amigas que estaban desesperadas por quedarse embarazadas. Tom
podría haber escrito un artículo sobre pruebas de embarazo que dicen cuando debes
o no debes y otras que dicen cuando estás o no estás.
—¡Déjalo ya! —gritó poniéndose las manos en los oídos—. ¡No estoy
embarazada! Tu padre está mintiendo.
—Es capaz y lo hace, ¿pero por qué iba a mentir sobre esto? ¿Qué ganaría?
—Cree que si me quedo embarazada no dejarás el despacho ni el país.
Incluso a ella la idea le sonaba ridícula.
—¿Es eso lo mejor que puedes decir, Rachel? ¿Por qué iba a pensar eso? No
puedo imaginar un lugar mejor en el mundo para criar a un niño que el Creek.
Le gustaría estar mirando cuando Benedict se lo dijera a su padre. No
enmendaría lo que había hecho pero al menos ayudaría. A pesar de las artimañas de
su padre Benedict no tenía la menor intención de continuar con su carrera. En otro
momento la ironía la hubiera hecho sonreír.
—A Charlie le encantará —continuó Benedict—. Después de que nos casemos…
—¿Casarnos?
—No quiero ser un padre a media jornada, Rachel.
La miró como si estuviera diciendo algo obvio y hundió los dedos en su cabello
mientras arrugaba la frente.
El gesto era pesado. Casi podía ver cómo alejaba la fatiga mientras pasaba la
mano.
—¿Qué pasa con aquello de incluirte en mis planes? —preguntó—. De repente
parece como si yo no tuviera nada que decir del asunto.
—No es una sensación agradable, ¿verdad? —replicó. La preocupación pareció
sustituir momentáneamente al resentimiento al observar su rostro pálido—. Siéntate
antes de que te caigas.
—Deja eso ya. ¡No quiero sentarme! —exclamó pero él la llevó hasta una silla
de roble herencia de su abuela. Agarró los brazos y fue reconfortante.
—Tienes que cuidarte —dijo dando un paso atrás.
Eso era lo que Benedict entendía por delicadeza. La idea de tener un hijo suyo
le resultaba peligrosamente atractiva. Desde que su padre había plantado el germen
de la idea no había sido capaz de dejar de imaginarlo.
—¡No estoy enferma!
—El embarazo no es una enfermedad —accedió—. ¿Fue fácil con Charlie,
tuviste algún problema? Vi la cicatriz.
Recordar las circunstancias en las que había advertido la casi invisible cicatriz
hizo que se le encogiera el estómago.
Aunque no sabía por qué se estaba preocupando. Ben había perdido el interés
por ella de esa manera. Naturalmente había sido un alivio que dejara de perseguirla
y que Sabrina le estuviera ayudando a llenar su calendario social. ¡En aquel momento
ya no era más que una incubadora!
—Me hicieron cesárea.
—¿Significa eso que…? —empezó a decir mostrando menos vergüenza que ella.
—No estoy embarazada, Ben —concluyó suspirando con irritación. Si aquello
continuaba iba a empezar a creérselo ella también.
—Si lo pasaste mal puedo entender que quieras negarlo, pero está ocurriendo,
Rachel.
—¡No quiero tu comprensión! Te vas a sentir como un imbécil cuando te des
cuenta de que estoy diciendo la verdad —aseguró.
—¡Dios mío! No estarás pensando en abortar. Porque he de decirte que… No,
no podrías hacerlo. No lo harías.
Su repentina seguridad provocó que se le hiciera un nudo en la garganta.
—No sé qué decir —sollozó y se encontró un enorme pañuelo en la mano. Nada
más que la intervención divina le convencería de que no estaba embarazada.
—Lo sé.
—No lo sabes, Ben.
—Lo sé. Me quedé perplejo especialmente por la fuente de la que venía. No es
algo que hubiera planeado que sucediera ahora. Pero la idea de la vida que está
creciendo dentro de ti… es… es increíble.
Algo la removió por dentro cuando escuchó la emoción que embargaba su voz.
Se arrodilló ante ella y le agarró las rodillas. Era imposible apartar la mirada de sus
ojos.
—Si con increíble quieres decir inverosímil no podría estar más de acuerdo —
replicó.
—Con increíble quiero decir asombroso, milagroso, maravilloso,
extraordinario…
—Un embarazo no es nada extraordinario. Es normal y corriente.
—Para mí no, Rachel. Quiero compartir esto. No intentes apartarme.
El análisis de sus sentimientos reveló una verdad asombrosa: quería que fuera
cierto. Una parte de ella quería que aquel bebé estuviera creciendo dentro de ella.
Una parte de ella quería tener una razón legítima para seguirle a Australia, para
empezar una nueva vida juntos. ¿Era eso con lo que su padre había contado, con su
debilidad?
—Dejando a un lado que no estoy embarazada de momento, ¿qué te hace
pensar que querría seguirte hasta el otro lado del mundo? Sé que alguna gente aún
opina que una mujer debería seguir a su hombre… —dijo. Ella llenó la pausa con una
carcajada y vio que él apretaba los labios—. Pero incluso ellos estarían de acuerdo en
que estos extravagantes actos de sacrificio tienen que estar inspirados por el amor.
Nosotros hemos compartido mucha lujuria desenfrenada, pero ¿amor? Creo que lo
recordaría si lo hubieras mencionado alguna vez.
—¿Y si lo hubiera hecho?
—No lo hiciste, yo tampoco y no me voy a casar con alguien a quien no quiero.
—Entonces quizá tendré que hacer que me quieras.
—No seas estúpido.
—Pareces nerviosa, Rachel.
—No estoy nerviosa, estoy cansada. No puedes hacer que alguien se enamore.
O se está enamorado o no se está.
—Entonces no tienes de qué preocuparte.
—No estoy preocupada. Y pronto te darás cuenta de que toda esta charla sobre
el matrimonio fue sólo una reacción por arrodillarte.
—¿Te sorprendería saber que he estado pensando en casarme?
—Sí, me sorprendería. Si vas a contar alguna historia patética de que estás
realmente enamorado de mí, ¡no lo hagas!
—¿Acaso he dicho que fueras contigo con quien pensaba casarme?
—Tienes una manera original de hacer que una chica se enamore de ti.
—Estoy intentando inspirarte una sensación de falsa seguridad.
—Es un error descubrir tu táctica. Y lo de la seguridad, piensa en lo segura que
me sentiré cuando empieces a salir con otras mujeres.
—Sabrina es una chica encantadora pero ¿te la imaginas en un terreno aislado
de Australia? No tienes por qué estar celosa de ella.
—¿Así que vas a la caza de una mujer con una espalda inerte y amplias caderas
para tener hijos? Me halagas.
—Es una sugerencia interesante. Especialmente lo de las caderas —replicó.
Deslizó las manos hasta que rozó con los pulgares los huesos de su pelvis. Con ese
contacto sintió que un escalofrío recorría su cuerpo. Sonrió—. Y tú ya tienes
antecedentes probados de fertilidad —afirmó y movió la cabeza sonriendo ante su
gesto de humillación—. Creo que he debido darte una impresión errónea del Creek,
Rachel. Las condiciones no son exactamente primitivas. Y aunque estamos aislados
una avioneta acorta las distancias. A pesar de lo que a mi padre le gusta insinuar no
es precisamente una cabaña y la vida tampoco es un desierto cultural.
—¿Sabes pilotar? —preguntó fascinada muy a su pesar. Era algo que siempre
había querido aprender.
—Nina, mi abuela, me dio lecciones de vuelo cuando cumplí los dieciocho años.
Me aficioné, que era sin duda lo que ella quería. A su manera Nina era tan astuta
como mi padre. No ocultaba que quería que la sustituyera.
—Y ahora vas a hacerlo.
—Probablemente está en algún sitio por ahí arriba riéndose.
—Perdona que no me sume a la alegría, pero ser tratada como una res preñada
ha mermado mi sentido del humor.
—No creíste que fuera en serio ni por un minuto —la regañó—. Al menos ahora
no niegas que estés embarazada. Ya es algo.
—¡No lo estoy!
—Diría que estamos pero estoy intentando crear una impresión madura y
responsable.
—¿Estás insinuando que estoy siendo inmadura?
La agarró por los brazos antes de contestar.
—Estoy diciendo que tu embarazo cambia las cosas te guste o no —explicó. Y, a
pesar de que aseguraba lo contrario, a él no le gustaba. Nada de lo que había dicho la
había convencido de lo contrario—. Has hecho un gran trabajo criando a Charlie,
pero sabes mejor que nadie que un niño necesita a los dos padres.
—Dos padres amorosos.
—Podemos amar de un modo sensacional.
—No estoy hablando de sexo —replicó débilmente—. ¡Y un sexo sensacional no
es la base para el matrimonio!
—Gracias Rachel. Yo creí que también lo era. A Charlie también le gusto.
—Utilizar los sentimientos de los niños es muy bajo.
—Estoy diciendo las cosas como son, Rachel —aseguró sin rastro de
arrepentimiento—. Yo sería una buena influencia masculina para Charlie. ¡Tienes
que admitir que Fauré no es mucho mejor que una probeta!
—¿No es un poco incoherente? Eres tú el que está defendiendo los derechos del
padre biológico.
—Está casado. Perdió cualquier derecho que podía haber tenido —declaró con
las aletas de la nariz temblando de disgusto—. Quiero hablar con tu amigo sobre ese
punto muy pronto.
—¡No! ¡No puedes hacer eso! —exclamó. Podía imaginar la reacción del pobre
Christophe al pensar que ella estaba contando que él era el padre de Charlie. ¿Y si la
historia llegaba a oídos de Annabel?
—Haré un trato. Me mantendré alejado de Fauré por el momento si accedes a
dejar de fingir. No puedo hablar contigo sobre asuntos prácticos si sigues negando
que estás embarazada.
Quizá sería más sensato darle la razón sólo por aquella noche si eso suponía
evitar que se enfrentara a Christophe. Al día siguiente iría a hablar con Stuart Arden
para hacerle confesar que había estado mintiendo.
—¿Asuntos prácticos?
—Las citas con el ginecólogo. Me gustaría ir contigo.
—No tengo ginecólogo.
—¿No has ido a ver a ningún médico? —preguntó arrugando el entrecejo con
desaprobación—. Bien, primero creo que deberíamos…
—Seguro que tienes razón, Ben pero estoy muy cansada ahora.
No resultaba difícil transmitir lasitud cuando mentalmente estaba cercana al
agotamiento total. Percibió preocupación en su rostro y sintió un ataque de culpa
cuando le tocó la cara.
—¿Mañana entonces?
Ella asintió en silencio. El impulso de apoyar la mejilla en la palma de su mano
era extraordinariamente fuerte. Sus sentimientos eran ambiguos cuando él retiro la
mano.
Después de que se marchara siguió sintiendo la huella de sus dedos en la cara.
Ni la humedad de las lágrimas disminuyó aquella sensación.
Capítulo 8
—Sir Stuart no está en casa.
—Esperaré.
Rachel pasó al amplio recibidor. Sus tacones hacían eco en el suelo de mármol.
Miró a su alrededor con despreocupación. No era el momento de dejarse intimidar
por detalles insignificantes como lámparas de araña del tamaño de su comedor y
cuadros de un pintor que sólo había visto en los museos.
—Me temo señora que no va a ser posible.
Rachel apretó la mandíbula. Para echarla de allí iba a necesitar más que una
cara de desprecio.
—Si le dice que estoy aquí me verá.
—¿Hay algún problema, David?
Rachel miró en dirección a aquella voz levemente musical. Una silueta alta y
esbelta con una coleta de cabello rojo oscuro bajaba las escaleras con elegancia. Iba
vestida para montar a caballo y el pañuelo del cuello era verde como sus ojos.
—Esta persona desea ver a sir Stuart. Le he dicho que no está en casa. No sé
cómo consiguió pasar la seguridad.
Rachel mostró los documentos que llevaba en la mano con el membrete del
bufete.
—Dije que traía un mensaje del despacho.
—¿Y no es así? —preguntó la pelirroja.
—Trabajo allí.
—¿Para mi marido?
«¡Su marido!». Rachel se quedó perpleja.
—¡No puede ser! —exclamó sintiendo como si un puño la golpeara en el pecho.
Cuando se detuvo a pensar se percató de su error. Si Ben hubiera tenido una esposa
difícilmente habría pasado inadvertido públicamente—. Parece muy joven para ser la
madre de Ben —añadió cuando dedujo por eliminación la identidad de la mujer—.
Pensé que sería… —se detuvo. Nada estaba ocurriendo de acuerdo a sus planes.
—Soy Emily Arden. Trabaja para Ben, ¿verdad? ¿Es a él a quien está buscando?
—¡No! ¡No quiero verlo!
El pánico la golpeó al pensar en que pudiera aparecer. No pudo evitar mirar
hacia atrás con nerviosismo.
—Entonces le alegrará saber que no está en casa —contestó. La tensión de
Rachel se alivió un poco—. ¿Es sobre algo personal? ¿Debería preocuparme por algo?
Rachel la miró perpleja antes de sonrojarse notoriamente.
—No se trata sobre ese tipo de asuntos personales.
—Sólo estaba bromeando, querida. Mi marido tiene muchos defectos pero
perseguir a jovencitas no es uno de ellos. Sin embargo hacerse invisible cuando le
conviene sí lo es —añadió.
—¿Quiere decir que no está en casa?
Rachel intentó mantener el tono de voz tranquilo pero falló. Tenía que estar allí.
Tenía que explicárselo a Benedict. Se había preparado para aquel enfrentamiento y la
decepción fue tremenda. De repente se sintió un pálido reflejo de la joven fuerte y
positiva que había decidido presentarse allí.
—¿Por qué no pasa dentro y toma algo de beber, querida? Parece que lo
necesita. Encárgate de esto, David —ordenó quitándole los papeles de las manos a
Rachel y dándoselos al mayordomo—. ¿Podrías llevar café a la salita? Pase.
Rachel se encontró siguiendo dócilmente a la señora de la casa.
—Es una habitación preciosa —comentó Rachel al entrar en el cuarto.
—Sí, ¿verdad? —contestó. Notó que Rachel se quedaba mirando una fotografía
aérea—. Yo nací allí —explicó con una sonrisa afectuosa.
—¿En Connor's Creek?
Cuando Benedict dijo que no se trataba de una chabola no había sido una
broma. Podría haber vivido allí si hubiera estado dispuesta a engañarle.
—Cierto. Aunque me temo que ahora no está tan verde —comentó. Le
sorprendió que Rachel lo hubiera reconocido al instante—. Siéntese aquí. Así. Ahora
dígame por qué necesita ver a mi marido.
—Necesito que le diga la verdad a Ben. Él no me creerá.
—¿Qué no creerá?
—Que no estoy embarazada.
Parpadeó dos veces y apretó firmemente con su mano delgada y cuidada el
brazo del sillón tapizado.
—Quizá sea un poco lenta pero ¿por qué cree que lo está?
—Porque su padre le dijo que lo estoy.
—¡Qué típico de Stuart! ¡Genera el caos y me deja a mí para que lo solucione! —
replicó cruzándose de brazos y frunciendo la boca—. Insiste en inmiscuirse.
Rachel se quedó asombrada. No podía creer que la mujer creyera su historia tan
rápidamente. Ni siquiera había preguntado por qué iba a hacer su marido una cosa
tan extraña.
—¿Me cree? —preguntó con incredulidad—. No sabe quien soy. He entrado
aquí diciendo que estoy…
—Lo sé. Es una sorpresa. Como madre de dos hijos siempre he estado
preparada para que una chica llegara anunciando que está embarazada, ¡pero para
decir que no lo está! No tenía un discurso preparado para esa posibilidad.
—No es una broma.
En aquel rostro bello se dibujó una sonrisa tan dulce que Rachel tuvo que
contenerse las lágrimas.
—Ya lo sé, querida. Perdóneme.
—Es horrible —sollozó Rachel—. Quiere casarse conmigo —le explicó ofendida.
Levantó las cejas sorprendida pero mantenía intacta su expresión serena.
—¿De verdad?
—Sólo por el bebé.
—Pero no hay bebé.
—Intente decírselo. No aceptará un no por respuesta.
Un gesto de enfado asomó al rostro de Emily Arden cuando un sonido de voces
entrando por la puerta abierta del jardín se elevó.
—Sécate las lágrimas, querida —le advirtió suavemente—. Creo que estamos a
punto de que nos invadan. Es mejor que me digas tu nombre antes de presentarte al
resto de la familia.
—Rachel… Rachel French.
—Nat, cariño, no metas a esos animales aquí dentro. Huelen fatal.
—Me gusta el olor a perro mojado —replicó la adolescente alta de pelo oscuro y
miró a Rachel con curiosidad—. ¡Hola!
—Esta es Rachel French. Trabaja con tu hermano. Rachel, esta es Natalie, y este
es Tom, mi hijo mayor —continuó. El hombre pelirrojo que llevaba a una niña en
brazos la sonrió cálidamente—. Y esta es su mujer, Ruth —siguió. La mujer tenía el
mismo color claro de cabello que la niña y una sonrisa preciosa—. Y esta es Sabrina,
una amiga de la familia.
—Te he visto en algún sitio. Ya sé, tú eres la secretaria —recordó lentamente
con tono aburrido—. ¿Está Ben aquí también? —preguntó Sabrina con un tono
repentinamente más animado.
—Me temo que no —respondió su anfitriona—. Una familia unida sin dos de
los hombres de la familia y con dos invitados inesperados es de lo más normal —
observó con filosofía.
—No voy a quedarme —informó Rachel poniéndose de pie. Si sir Stuart no
estaba allí no tenía mucho sentido quedarse, y siempre existía la preocupante
posibilidad de que Ben apareciera—. De hecho creo que debería marcharme ya.
Siento mucho haber sido una molestia.
—Aquí llega el café. Debe quedarse. Insisto.
Detrás de la sonrisa Rachel pudo advertir una determinación férrea. Al menos
sir Stuart no había llegado aún a su casa. Ese pensamiento la reconfortó poco
mientras intentaba desesperadamente pensar en una excusa para marcharse de
inmediato.
—Pero es que viene un amigo a recogerme.
Miró la hora para ilustrar la inmediatez de ese suceso.
—Bien, avisaremos que le hagan pasar cuando llegue. ¿Es un chico?
—Sí. Se llama Fauré.
—¡Francés! —exclamó la hija empujando al perro del sillón para sentarse sobre
él con las piernas cruzadas—. Creo que los hombres del continente son sencillamente
deliciosos. Mucho más seductores que los aburridos británicos —comentó mirando
intencionadamente a su hermano—. Sobre todo los franceses. Todos mis amantes
serán franceses o italianos.
—Muchas gracias —replicó su hermano con sequedad—. Llevaré a Libby a la
cama. Tiene que dormir la siesta.
Le dio una palmadita a la niña en la espalda. Murmuró algo a su esposa y ella
asintió con la cabeza.
—Diles que se acerquen a la verja para llamar al amigo de Rachel, Tom.
—Lo haremos —accedió antes de girarse a su hermana—. Si no puedo destacar
tanto como un amante latino al menos tendré que ganarme mi puesto siendo útil en
casa —afirmó poniendo una pose de héroe y después dejando caer los hombros con
dramatismo—. Nat, quizá deberías esperar hasta que te quiten la ortodoncia antes de
empezar a ligar con los chicos del continente. Un momento de pasión y sus dientes
podrían acabar pulverizados.
—Cállate. No sé como Ruth te aguanta —gritó su hermana—. Tendré unos
dientes preciosos —aseguró señalando el aparato.
—Claro que sí, cariño —confirmó su madre—. ¡Vaya! —exclamó inclinando la
cabeza hacia un lado—. Reconozco ese portazo. Creo que Benedict ya ha vuelto.
—Excelente —comentó Sabrina levantándose lentamente mientras contemplaba
su imagen en el espejo de la pared de enfrente con una sonrisa pretenciosa.
Rachel se puso de pie como una marioneta a la que le han tirado de las cuerdas
con malicia pero no sonreía. Aún se preguntaba si podría salir por la ventana antes
de que él entrara en la habitación cuando la puerta se abrió de golpe.
—Querido.
—Sabrina, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó Benedict y cruzó la
habitación—. ¡Dios mío, Rachel! —exclamó quedándose paralizado.
La tensión de las cuerdas se liberó y empezaron a temblarle las rodillas.
—Ya me iba, señor Arden.
Observó que sus labios formaban una sonrisa cruel. Parecía estar a punto de
perder los nervios.
—«¿Señor Arden?» —repitió burlándose—. «Señorita French», ¡usted no se va a
ningún sitio!
—Ben, estamos en fin de semana. Estoy segura de que la muchacha tiene cosas
mejores que hacer que… lo que sea que hagan las secretarias.
—¡No soy su secretaria!
—¡No es mi secretaria!
Las dos negaciones surgieron simultáneamente mientras sus miradas se
chocaban.
—¿Entonces qué es? ¿Y por qué está aquí? —preguntó la rubia con una
expresión de disgusto. No le gustaban las conversaciones que no la incluían.
Las arrugas de los ojos de Benedict se hicieron más profundas mientras la
miraba.
—Buena pregunta. ¿Qué eres y por qué estás aquí, Rachel?
Él estaba disfrutando con su incomodidad.
—Le traje unos documentos a tu padre para que los firmara.
—¿Qué documentos? ¿Dónde están? —inquirió mirando a su alrededor seguro
de no encontrar nada.
—Supongo que están en el despacho de tu padre, Benedict. Tienes un aspecto
horrible.
Rachel pensó que tenía un aspecto maravilloso pero entendió lo que su madre
quería decir. Tenía los ojos inyectados en sangre y no se había afeitado.
—¿Qué te has hecho?
Rachel le dedicó una mirada de gratitud a Emily Arden. Necesitaba todo el
apoyo que pudiera conseguir.
—He pasado casi dos horas acampado en la puerta de Rachel.
—No puedes cargarme con esa responsabilidad —replicó Rachel indignada—.
Si decides perder el tiempo es asunto tuyo.
—Hablando de asuntos…
¡No iba a hacerlo! ¡Iba a hacerlo! Se le encogió el estómago de tristeza y
vergüenza.
—¿Qué se supone que tengo que hacer, quedarme en casa esperando por si
acaso deseas verme?
—No creo que tenga nada que ver con el deseo.
Su tono amargo no podía malinterpretarse. Sabía en qué estaba pensando
mientras sus ojos la recorrían de pies a cabeza deteniéndose para disfrutar de ciertos
aspectos de su anatomía, ¡y eso hicieron todos los demás! Nunca en su vida se había
sentido tan humillada ni tan furiosa.
—Si no te importan mis sentimientos al menos deberías tener la cortesía de no
avergonzar a tu familia —replicó furiosa. La mirada que recibió como respuesta no
mostraba ninguna señal de arrepentimiento.
—Yo no estoy avergonzada —comentó Natalie alegremente.
—Pero es que está… —empezó a decir Sabrina.
Su nariz perfecta se arrugó por la confusión mientras comparaba en el espejo su
figura esbelta con la más pequeña y redondeada de Rachel.
—Está a punto de marcharse —continuó Rachel. No necesitaba que la rubia le
recordara la diferencia de sus físicos. Y al contrario que Sabrina no había forma de
que pudiera armonizar con la sofisticación de Benedict. Cuánto debía estar
maldiciendo el momento de locura que le había atado a ella.
—Tú no te vas hasta que yo lo diga —ordenó con claridad y frialdad.
Rachel escuchó que a los demás se les cortaba la respiración y una risita
nerviosa pero no percibió de dónde procedía. Tenía la mente ocupada con el palpitar
de la sangre en los oídos.
—Me iré cuando y donde quiera, y si intentas detenerme puedes…
—¿Puedo qué? —retó.
Miró a su alrededor y vio que el público estaba esperando su respuesta. Puede
que a él no le importara montar un escándalo pero a ella sí.
—¿Sabes qué, Ben? Conocerte es como volver a las paperas y al acné. Eres el
hombre más insensible, egoísta, manipulador que… —se detuvo haciendo un ruido
de desagrado —. No me casaría contigo aunque mi vida dependiera de ello.
—¿Qué te hace pensar que no es así?
—Tenías razón, Ruth. Te debo diez libras. ¡Se lo ha pedido! Yo seré el…
—¡Tom! —gritó Benedict sin ninguna muestra de amor fraternal—. Ya lo he
hecho. Se lo he pedido y se ha negado. ¿Estás pensando en darme algún consejo?
El mayor de los Arden contuvo una sonrisa y su rostro se convirtió en una
máscara sombría.
—Venía a decirle a la señorita French, Rachel, que ha llegado su coche —
contestó Tom.
—Dile que pase, Tom —le ordenó Emily Arden—. Que pasen —se corrigió
mientras la puerta se abrió y entró Charlie seguida por su tío.
Charlie observó la habitación con calma sin asombrarse por la gente
desconocida.
—Este sitio parece sacado de la portada de una revista —comentó con
admiración. Sonrió a su madre—. ¡Hola, mamá!
—Debe ser bastante mayor.
El disgusto de Sabrina resultaba casi cómico. Miró indignada a Rachel y a
Charlie y después a Rachel otra vez como si esperara descubrir su edad a golpe de
vista.
Entonces Charlie vio a Benedict.
—¡Ben!
Se le iluminó el rostro y corrió como un misil hacia él.
«Eso es lo que yo quiero hacer». Durante un segundo lo único que Rachel sintió
fue envidia por su capacidad de mostrar alegría con tanta espontaneidad.
La expresión de Benedict mientras se inclinaba para levantarla del suelo la
emocionó. No cabía duda sobre sus sentimientos por Charlie.
Su familia mostró diferentes grados de sorpresa mientras Benedict la lanzaba al
aire antes de dejarla en el suelo otra vez y retirarle el pelo de la cara.
—Me estaba preguntando dónde estabas.
Ben se percató por primera vez de quién había entrado detrás de Charlie.
Estaba proyectando tanta hostilidad que casi se podía ver la corriente de odio que
emanaba de sus ojos.
—Estaba con el tío Christophe —respondió. Charlie se giró hacia el francés que
permanecía en silencio—. Fuimos a nadar.
—Sí, claro, el «tío» Christophe.
Miró a Rachel a los ojos. El desprecio que vio en ellos hizo que apretara la
mandíbula y que levantara la barbilla desafiante.
Evidentemente creyó que había inventado otra historia para evitar las
preguntas embarazosas de Charlie pero no podía desmontar su teoría sin revelar que
le había dejado creer una mentira. Miró hacia Christophe y se preguntó cómo
respondería a la hostilidad de Ben.
—Charlie nada muy bien —afirmó sonriendo a su sobrina.
—Cuando vaya a Francia nadaré en el mar. Allí el agua está templada, ¿verdad,
mamá?
Sin mirar hacia Benedict Rachel asintió débilmente.
—¿Y para cuándo es ese viaje, Charlie? —preguntó Benedict.
Charlie estaba contenta de contarle sus planes a Ben. Rachel escuchó con
resignación.
—¿No sería genial que Ben pudiera venir también, mamá?
—Genial —repitió—. Pero está muy ocupado y para entonces probablemente ya
estará en Australia.
—Mi programa es flexible.
—Mis planes no.
—Nuestra casa está abierta y cualquier amigo tuyo es bienvenido, Rachel.
Hizo un gesto a escondidas de que no en silencio lo que confundió aún más a
Christophe. Deseó haberle explicado aquella mañana la razón de su visita a esa casa.
Con la suerte que tenía y por el modo en que funcionaba la mente de Benedict
probablemente pensaría que Christophe le estaba proponiendo un ménage a trois.
—¿Abierta…? —musitó lentamente. La burla yacía bajo las palabras lánguidas
de Benedict y Rachel se colocó instintivamente delante de Christophe para
protegerlo—. A mí me gustan los límites. En las casas, en los trabajos y sobre todo en
los matrimonios. Reduce la confusión.
Christophe Fauré parecía divertido y Rachel no entendía por qué. Sólo esperaba
que siguiera así.
—¿Por qué a Ben no le cae bien el tío Christophe? —preguntó Charlie. Se hizo
un silencio incómodo mientras la niña miraba interrogante a su madre—. Es muy
agradable, Ben.
—Estoy seguro de que sí, Charlie.
Controló visiblemente su agresividad. Estiró los dedos de las manos.
—Creo que los franceses son muy agradables.
Natalie se levantó y se dirigió hacia Ben. Su madre sonrió con orgullo mientras
su hija le quitaba protagonismo a su hermano.
—Gracias, mademoiselle.
—Me llamo Natalie —se presentó. Sonriendo con seguridad extendió la mano y
le examinó con abierta aprobación. Rió encantada cuando se la besó—. Observad y
aprended, chicos.
—¿Eres la hermana de Ben? —preguntó Charlie con curiosidad.
—Para mi desgracia.
—Te pareces a él.
—Eso dicen —replicó con una mueca—. Pero desgraciadamente es mucho más
guapo que yo.
—Eres muy amable —le respondió su hermano con sequedad.
—¿Te gustan los caballos, Charlie? —continuó Natalie de modo amistoso. Se
inclinó hasta que estuvieron cara a cara—. Ahora mismo iba hacia los establos…
—Antes solía montar —explicó Charlie con los ojos brillantes—. Pero ahora
vivimos en la ciudad.
—¿Te gustaría venir a verlos?
—Me temo que ya hemos molestado bastante —se disculpó Rachel ignorando la
mirada de reproche de su hija—. Christophe tiene una cita en la ciudad esta tarde.
—Sí, desafortunadamente tenemos que marcharnos.
Rachel suspiró aliviada y le sonrió agradecida.
—No hay problema. Podemos llevaros a ti y a Charlie más tarde. Me pilla de
camino.
Se suponía que el miedo agudizaba el instinto y las facultades mentales. «Yo
debo ser una excepción a la regla» , pensó incapaz de apartar los ojos de Benedict. La
insolencia en su mirada era deliberada, estaba retándola a que saliera de aquella. Le
hubiera encantado aprovechar la ocasión pero su cerebro tenía la consistencia de la
papilla.
—Yo… es que…
—Entonces está hecho. ¿Acompaño al señor Fauré a la puerta?
—Es un poco tarde para que juegues al anfitrión perfecto, Benedict —intervino
su madre—. Señor Fauré, permítame el honor y quizá le convenza para que venga a
visitarnos otra vez cuando las cosas estén menos… ¿tensas?
—Vamos, Charlie —dijo Natalie llamando a los perros con un silbido agudo—.
Iremos a ver los caballos —informó acercándose a su hermano—. Esto te costará caro
—le susurró.
—Lo sé.
Nat agarro de la mano a Charlie y la llevó hacia el jardín.
—¿No ibas a enseñarnos las fotos de la fiesta de compromiso de tu hermano,
Sabrina? —preguntó Tom lanzando una mirada de disculpa a su esposa mientras la
levantaba—. Ruth se quedó impresionada cuando le dije quien estuvo allí.
Eso fue suficiente para que Sabrina apartara su mirada resentida de Ben y
Rachel que permanecían en silencio.
—¿Te dije que…? —empezó a hablar de todos los miembros menores de la
realeza y personalidades de los medios que había tenido al alcance de la mano—. Es
mucho más gorda de lo que parece en la tele.
Rachel nunca descubrió quién era. Las puertas de la mansión de los Arden eran
muy gruesas.
—Al fin solos.
—No le he dicho adiós a Christophe. Pensará que…
La expresión de Benedict se volvió severa, apretó la mandíbula de ira y sus ojos
se volvieron de obsidiana.
—Él es historia. Si tiene algo de intuición lo sabe y si no…
Sus labios sensuales se convirtieron en una línea estrecha y desagradable.
—¿Cómo te atreves a comportarte como un… un bárbaro? Y si me tocas
chillaré… —advirtió retrocediendo mientras él se acercaba. Si la tocaba sólo sería
cuestión de tiempo, de poco tiempo, que ella empezara a suplicar y no para pedirle
que no la tocara…
—La rutina matinal de nuestra familia tiende a ser un tanto ruidosa. No creo
que nadie acudiera corriendo.
—No me interesa tu familia.
—Es una pena, parece que a ellos les gustas. Por supuesto no habría ninguna
diferencia si no fuera así pero que les guste mi esposa hace las cosas más fáciles.
—Ben.
—¿Sí?
Una expresión extraña se dibujó en su rostro mientras observaba las manos de
Rachel que retorcían la tela de su camisa. Tenía la cabeza agachada como si no
pudiera soportar mirarlo. La tensión de su cuerpo era evidente.
—No estoy embarazada.
—Lo sé.
—¿Qué has dicho? —preguntó confundida con los ojos abiertos como platos.
—Ya sé que no estás embarazada —afirmó desatándole el lazo que le sujetaba el
moño—. Así está mejor —comentó mientras le esparcía el cabello sobre los hombros.
Apartó suavemente un mechón que tenía sobre la cara.
El aroma cálido, el recuerdo tentador de su sabor la hizo desearlo, separó los
labios para buscar aire. Le rodeó la cara con las manos y la besó con firmeza. Tanta
ternura hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas.
—Localicé a mi padre y admitió que era mentira, bueno, en cualquier caso dio
su propia versión. Sospecho que era una versión censurada. Esquivó la parte que
pudiera dar una imagen más sombría de su persona.
—Entonces no debió quedar mucho.
«Esto es lo que quería», se dijo. Misión cumplida. Eso era todo, había
terminado, podía relajarse. Podía seguir con su vida. ¿Por qué no se sentía mejor? Sin
embargo Benedict sí. Era libre. Ella sabía que nunca quedaría libre de su amor. Era
una sentencia de vida.
—Mi padre tiene el don de la palabra —admitió Benedict con amargura.
—Debes sentirte aliviado.
—¿Debo?
El modo en que la estaba mirando hizo que se le pusiera la carne de gallina.
Apartó su mirada y rió levemente.
—Es bastante gracioso si lo piensas.
—No le encuentro la gracia ahora mismo.
—No seas muy duro con él. Pienso que de verdad creía estar haciendo lo mejor
para ti.
—Siempre lo hace. Pareces muy dispuesta a perdonar considerando el mal rato
que te hice pasar a causa de sus juegos de poder manipuladores.
Ella se encogió de hombros ligeramente y advirtió que se estaba colgando de su
camisa otra vez. Lo dejó estar e hizo una tentativa de alisar las arrugas.
—Lo siento, parece como si te hubieran dado una paliza —se disculpó
preocupada.
Él le agarró la mano.
—Tengo una o dos más.
—Ya.
—Y puedes darme una paliza cuando sientas la necesidad.
—Puedes empezar tu nueva vida haciendo borrón y cuenta nueva. Justo como
lo planeaste. No estás… cargado con un exceso de equipaje.
—¿Hubiera sido tan terrible?
Jugueteó con los dedos en su mejilla. Su amado rostro nadó entre una niebla de
lágrimas no derramadas.
—La juventud no es una excusa esta vez —manifestó ella.
—¿Necesitas una excusa?
—¿Para qué? ¿Para ser imprudente e irresponsable?
—No, para tener un hijo mío.
Deslizó las manos hasta su vientre plano. Ella fijó la mirada en aquella imagen
íntima y cálida. Su cuerpo gritaba de deseo. Las lágrimas que había contenido de
repente empezaron a derramarse.
—No sabes lo horrible que soy —sollozó—. Deseé que fuera cierto —confesó
apoyando la cabeza en su pecho. Su solidez y fortaleza resultaban reconfortantes—.
Estuve tentada a dejarte creer que… —continuó. Se mordió el labio tembloroso y
levantó la cabeza—. Tu padre conoce muy bien a la gente.
—Yo también.
—¿Tú? No comprendo —replicó Rachel.
El suelo le pareció de repente arenas movedizas. Lo que estaba diciendo no
tenía sentido a no ser que…
—Yo también deseé que fuera cierto. Por eso tardé tanto en darme cuenta de
que decías la verdad. Quería que estuvieras embarazada de mí. Pensé que podía
utilizarlo para que te quedaras conmigo. Cada vez que intentaba decirte cómo me
sentía me echabas de tu lado. Me asustaba perderte.
El recuerdo del dolor permanecía como una sombra en sus ojos.
Le agarró la mano y se la llevó a la boca. Tenía los ojos cerrados mientras la
acariciaba con los labios.
—Cásate conmigo, Rachel —pidió con la voz temblorosa de la emoción—. Si no
te gusta Connor's Creek podemos quedarnos en Inglaterra. No importa donde
estemos si estamos juntos. Te quiero, cariño, y quiero que tú, Charlie y yo seamos
una familia. ¿Es Fauré lo que te impide contestar? —preguntó—. Mereces algo mejor
que las sobras de otra mujer —exclamó con apasionamiento—. Dame la oportunidad
y te haré feliz, Rachel, más feliz que él.
Benedict la quería. Estaba dispuesto a quedarse en Inglaterra y vivir una vida
que le ahogaba.
—No puedes quererme. Soy…
—La mujer que aparece en mis sueños —aseguró. La abrazó con tanta fuerza
que apenas podía respirar—. La mujer con la que quiero vivir y envejecer. La mujer a
la que quiero amar si me lo permite. ¿Lo harás? —preguntó lentamente.
Ella le puso una mano temblorosa en la cara. Con ternura dibujó con los dedos
su rostro hasta llegar a sus labios.
—Pero no viniste después de…
—¿Después de que me echaras de tu cama, de tu vida? ¿Te sorprende? —
inquirió elevando una ceja con ironía—. Pensé que podrías echarme de menos más
de lo que creías. Creí que serías más maleable después de una dosis de privación. No
sé cómo estarías tú, pero yo casi he perdido el juicio.
—Pensé que tú y Sabrina…
—A pesar de las apariencias le he explicado a Sabrina que no tengo interés en
resucitar la historia tibia que tuvimos hace un año.
Ella asintió aceptando sus palabras sin reserva.
—Intenté pensar en el futuro, decirme que sólo estabas de paso —recordó—.
Pero cuando estaba contigo no podía protegerme. Nadie me ha hecho nunca tan
desgraciada. Ni tan feliz. Me enamoré de ti a pesar de que sabía que no tenía futuro.
Tienes que comprender que hace mucho tiempo que no hago nada sin medir las
consecuencias. ¡Contigo sabía cuáles eran las consecuencias y lo hice de todos modos!
Si no hubiera estado tan preocupada porque Charlie se estaba enamorando también a
su manera, habría pasado cada segundo contigo antes de que te marcharas. No fue el
orgullo ni el sentido común lo que me hizo echarme para atrás, solo el deseo de
protegerla. Las dos entramos en el trato.
—Siempre tuve tan buen ojo como mi padre para los tratos. Tengo una familia
ya hecha. Además, Charlie me eligió personalmente —le recordó apoyando su frente
contra la de ella y colocando las manos en su trasero—. Hizo que te conociera.
—¡Ben! —exclamó. Después se oyó una risa sofocada que significaba éxtasis y
se perdió en el calor de su boca. Durante algunos minutos no se escuchó ninguna
palabra.
—Podría venir alguien —murmuró ella.
—Sí —afirmó sin mucho interés.
—Estarán… estarán…
Ella dobló el cuello para permitirle completar la tarea de besarle cada milímetro
de su garganta.
—Estarán celosos —afirmó él.
—Necesitas un afeitado —se quejó frotando su mejilla contra la cara de Ben—.
Eso me recuerda a…
—¿A quién te recuerda? —preguntó levantando la cabeza con una mirada
maliciosa.
—Sabes perfectamente a quién. Sentí pena por ti —añadió.
—Y por los demás. Tu interés no era más puro ni elevado que el mío, admítelo.
—Eres muy vanidoso, Benedict Arden.
—Al menos no eres tan deshonesta como para negar que reformarme no era lo
único que tenías en mente —bromeó.
—Y tanto, porque según parece tú eres imposible de redimir —contestó. Se
quedó seria de repente. Tenía algo que decirle—. Hablando de sinceridad…
—Presiento que ahora viene una confesión. ¿Debería sentarme?
—Quizá.
—Es sobre Christophe —adivinó él —. Sé que es el padre de Charlie pero…
—No lo es.
—¿Cómo?
—No es el padre de Charlie. Es su tío, su hermano Raoul era su padre.
—Raoul Fauré —repitió intentando situar el nombre—. ¿El piloto de carreras?
Se frotó la frente. Estaba confuso.
—Sí —confirmó—. Lo conocí cuando estaba trabajando para Christophe y su
esposa como au pair. Creo que se aburría aquel fin de semana. Eso fue todo lo que
significó para él —admitió—. Yo estaba deslumbrada por la fama y ya conoces el
resto —continuó. Era asombroso que todo aquel incidente lamentable pudiera
resumirse en dos frases—. El accidente ocurrió poco después. Christophe y Annabel
nunca lo supieron hasta que Christophe se fijó como tú en el parecido.
—Dios mío, Rachel, yo quería matar a ese tipo. Creí que estaba introduciéndose
en tu vida y lo peor era que creí que querías que lo hiciera. Sospechaba que quizá
estaba utilizado algún truco sucio como conseguir la custodia de Charlie —gruñó—.
No te imaginas lo que me ha estado haciendo pensar que… ¿Por qué dejaste que me
lo creyera?
—Charlie no tenía una verdadera familia porque yo fui una estúpida. No quería
hacerle eso otra vez. Te tiene cariño y continúa lanzando indirectas sobre nosotros…
Creí que ibas a marcharte.
—Como Raoul —dedujo con amargura.
—No es comparable —negó suavemente—. Nunca había querido a nadie antes
que a ti —afirmó agarrándole la cara con las manos—. No había tenido experiencia
como para ser capaz de distinguir el enamoramiento del amor verdadero. Ahora sí.
No hay nada más verdadero que lo que siento por ti. Necesitaba una excusa para
apartarte porque no tenía el coraje de hacerlo por mí misma.
—¿Sabe Charlie ahora algo sobre su padre?
—Sí.
—¿Todo?
—Bueno, no le dije: tu padre no recordaría ni mi nombre una semana después
de haberte concebido.
—Entiendo que no quisieras hacer eso. ¿Se ha convertido ya en un mito?
—¿Te importa?
—¡Importarme! De acuerdo, me importa. Pero a veces la verdad tiene un coste
muy alto. Charlie necesita que la protejan de la versión sin maquillar de la verdad.
—Temí que tú…
—Quiero a Charlie —afirmó tranquilamente—. ¡Pero por supuesto que me
importa lo que te hizo ese bastardo! Y si le dices a alguien que lo he admitido nunca
te perdonaré.
—Mis labios están sellados.
—Para todos los hombres menos para mí —sentenció complacido. La expresión
de su rostro y su mirada la hicieron temblar.
—Cuando pienso en todo lo que debes haber pasado. Esta vez será diferente —
prometió.
—¿Quieres tener un hijo?
—¿Tú no?
Rachel miró al hombre al que amaba.
—Sí, por favor.
—Dejemos que el padre de Charlie sea un héroe. Puedo soportarlo. Si tú me
amas puedo soportar casi todo.
—Creo que a ella le interesa más su héroe real.
—¿Y quién podría ser?
—El que acaba de hablar —susurró con la voz llena de emoción.
—¿Entonces te casarás conmigo?
—¡Sí!
La pareja se giró ante el sonido de un grito de júbilo.
—Nat dijo que ibais a casaros. ¡Tenía razón! —exclamó Charlie bailando por la
habitación.
—Yo siempre tengo razón —replicó Nat con modestia—. ¿Dónde está el
champán?
Benedict miró a su sorprendida futura esposa con una sonrisa en los ojos.
—Ahora tienes que decir que sí.
—Creí que ya lo había hecho.
—Quizá necesite oírtelo decir más de una vez.
—¿Puedo tener un caballo? Sólo uno pequeño. Ben tiene un montón de dinero.
Eso dice Nat. Nat dice que…
—Nat habla demasiado.
—Perdona a mi interesada hija.
—Hizo que te conociera, le perdonaré cualquier cosa —respondió con sentido
del humor.
Rachel suspiró. A Ben le quedaba mucho que aprender.
—Esa afirmación volverá como un fantasma para atormentarte —predijo ella.
—Ya hemos dejado descansar a los únicos fantasmas que me preocupaban.
—Debería haber sabido que eras un problema desde el primer momento en que
te vi —bromeó ella.
—Olvida la primera impresión. Es la última impresión la que cuenta. ¿Te he
causado una última impresión buena, amor mío?
—La mejor —confirmó alegremente.
Epílogo
Rachel cubrió con la fina colcha el cuerpo rechoncho del bebé que dormía.
—¿Está dormido?
Rachel se reclinó en los brazos que la rodeaban.
—Al fin —confirmó—. Enciende la alarma del niño, Ben. Salió bien, ¿verdad? —
dijo felizmente mientras él volvía a su lado.
Miró a su esposa con orgullo y asintió. Había trabajado mucho para organizar el
bautizo de su primer hijo y consiguió mantener un aspecto delicioso durante todo el
día. Comérsela era lo que había estado deseando hacer él todo el tiempo.
—¿No es hora de que descanses? Los demás están en la terraza terminándose lo
que queda del champán. Le han dedicado al bebé tantos brindis para que le duren
hasta que cumpla los dieciocho.
Sonrió a su hijo dormido.
—Sólo voy a…
—De ninguna manera —dijo atrapándola por la cintura con el brazo—. Ya le he
echado un vistazo a Charlie y está completamente dormida.
—¿Tengo que preocuparme cuando empiezas a contestar mis preguntas antes
de que las haga? —preguntó dando un último beso al bebé antes de cerrar la puerta.
Las cosas iban bien con Charlie. Ya había conseguido su pony. Solo esperaban con los
dedos cruzados a las temidas hormonas adolescentes que estaban al acecho.
—No te preocupes, aún puedes sorprenderme. Anoche por ejemplo…
Y dejó salir un silbido sin sonido.
—¡Calla! —protestó poniéndole un dedo en los labios—. Alguien podría estar
escuchando.
Él se lo mordisqueó.
—Eso no parecía importarte anoche.
—¡Ben! —insistió intentando parecer enfadada pero aún sonriendo.
Sonreía mucho. La vida no era una fiesta. Ben trabajaba muchas horas. Podía
entender su fascinación por la tierra y la compartía hasta cierto punto. Pero su
verdadera pasión estaba reservada para aquel hombre que era tan complicado y
exigente como aquel país salvaje. Conocerse mutuamente era una recompensa, una
experiencia que los llenaba por completo. Observar cuánto le gustaba estar allí la
hacía apreciar el sacrificio que hubiera supuesto para él quedarse en Londres y que
había estado dispuesto a hacer por ella.
Salieron en silencio a la terraza. El tibio aire de la noche acariciaba suavemente
sus brazos desnudos. Rachel miró hacia arriba, hacia aquel cielo tan maravilloso.
—Así que Ruth supo que Rachel era la chica en cuanto oyó su nombre —oyeron
decir a Tom. Estaba limpiándose las lágrimas de risa.
—Igual que la mayoría de los abogados de Londres —explicó su mujer.
—¿Así que fuiste al colegio con esa mujer que estaba allí cuando él… ? —
preguntó Natalie con los ojos chispeantes.
—¿Has oído a William? —preguntó Benedict a su esposa—. Estoy seguro de
que…
—No.
Parecía incómodo cuando ignoró su interrupción y se inclinó hacia delante
apoyando las manos en la baranda de madera blanca. Con media sonrisa aguzó el
oído para captar la historia que parecía estar divirtiendo a sus invitados. Los Arden y
los Fauré, que también habían venido al bautizo, habían llenado la casa.
—Sí, fui al colegio con Carol.
—¿Os imagináis a Benedict entrar corriendo en el lavabo de señoras detrás de
una mujer? Me hubiera encantado ver su cara cuando se abrió la puerta y no era
Rachel.
Rachel se giró hacia su marido.
—¿Hiciste eso?
Su voz alertó a los invitados de su presencia.
—Creía que estabas allí. Si te ríes yo…
—No lo haría —susurró. Era demasiado, empezaron a temblarle los labios y se
quedó pálido—. Desearía haber estado allí.
—Yo también —contestó con emoción.
La expresión de su rostro la hizo desmoronarse otra vez.
—Lo… lo siento —se disculpó con hipo.
—Amenazaba con derribar la puerta —añadió Tom.
—No sigas —suplicó Rachel—. Me duele —dijo agarrándose el estómago.
—También duele ser objeto de burla — aseguró su marido.
—Si hablamos de dolores te diré que perdí diez libras contra Ruth apostando
que no ibais a casaros. ¿Cómo iba yo a saber que ella tenía información privilegiada?
—preguntó con un tono disgustado.
Sir Stuart Arden se levantó con cuidado. Había pasado la mayor parte del día
disfrutando del vino Australiano.
—Por Rachel y por Benedict. Siempre dije que era la chica para él, ¿no es así
Emily?
Miró a su esposa y ella miró hacia el techo con los ojos en blanco.
—Yo secundo eso —afirmó Ben agarrando a Rachel por los hombros—. Y si
podéis dejar de reíros de mí durante un segundo haré un brindis. Por sus preciosos
labios.
—¿Sólo un segundo? —protestó antes de que él se agachara. Le hizo tragarse
sus palabras de la forma más bonita.
Fin
No hay comentarios:
Publicar un comentario